Todos los Santos

(Mat 5,1-12a)

Celebramos la fiesta de todos los santos. Y nos reunimos para evocar la memoria de todos aquellos y aquellas que siendo en sus vidas coherentes, sencillos, solidarios, se dejaron seducir por Jesucristo y gozan ya de la plenitud de Dios. En definitiva, nos reunimos para celebrar la memoria del Señor, fuente de toda santidad.

Los santos son innumerables. A algunos de ellos los hemos conocido, incluso nos hemos relacionado con ellos, porque formaban parte de nuestro círculo más intimo. Son, los que el Papa Francisco llama “los santos de la puerta de al lado”. No son santos de primera, diríamos. Santos “oficiales”, reconocidos por la Iglesia y puestos en los altares. Más bien pertenecen a la clase media de la santidad y con frecuencia sólo hemos notado su santidad cuando han desaparecido. Son todas esas personas que han estado junto a nosotros y han dejado en nosotros un poso de bondad y de saber hacer bien las cosas, que nos ha alentado y nos ha hecho mejores. No han desaparecido para siempre y seguimos notando su fuerza y su impronta en nosotros.

En todos ellos celebramos a Jesucristo de quienes fueron imitadores fieles, – unas veces de forma explícita, otras de forma menos explícita, – pero siempre, hombres y mujeres que durante sus vidas empujaron el mundo un poco más hacia adelante. Con su alegría, su servicio, su amor, su entrega, su resistencia, nos hicieron más comprensibles las “bienaventuranzas”, el evangelio que acabamos de escuchar.

La “bienaventuranzas” son la columna vertebral del Evangelio. Un código abierto a todos lo que quieran seguirlo, cristianos o no. Vivirlas es apostar por la santidad y, curiosamente, nos dice Cristo, es apostar también por la felicidad que, en definitiva, es darle un sentido a la vida, a esta vida que tenemos y que sólo vivimos una vez.

Ciertamente no es fácil ser feliz. Porque no se logra la felicidad a cualquier precio, ni es algo que podamos comprar. Por eso importa saber en qué estamos invirtiendo y qué estamos arriesgando a la hora de conseguir plenitud, realización personal, paz interior; en definitiva, sentido y significado. En el fondo, se trata de saber si  hemos programado bien o mal nuestra búsqueda de felicidad…Si tenemos la vida bien o mal planteada. Hoy, la liturgia nos ofrece una oportunidad para pensarlo y para evaluarlo.

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Ofertas de felicidad las tenemos de todos los colores y afectan a todos los campos. La mayoría de ellas suenan así: «Dichosos» los que tienen una buena cuenta corriente, los que se pueden comprar el último modelo de lo que sea, los que siempre triunfan a costa de lo que sea, los que son aplaudidos, los que disfrutan de la vida sin escrúpulos, los que se desentienden de los problemas, los que gozan de poder …Jesús, sin embargo ha puesto esta programación cabeza abajo y, ha dado un vuelco total a nuestra manera de entender las cosas, advirtiéndonos que, a menudo, corremos en dirección contraria.

Hay, por tanto, otra forma de entender la felicidad y tiene como motivación última el seguimiento sencillo de Jesús. Ser cristiano no es vivir fastidiándose más que los demás, sino todo lo contrario, es buscar ser felices, pero no a cualquier precio o en espejismos que sólo alimentan nuestra angustia y nuestra frustración. En definitiva se trata de elegir: entre vivir amando, gastándonos por los demás, dando vida, aunque suframos por ello o no amar e inevitablemente también suframos por ello, porque nos gastamos inútilmente, estérilmente.

Hoy, uno de noviembre, es un día para eliminar programaciones equivocadas ¿Qué sucedería en mi vida si yo acertara a vivir con mayor limpieza de corazón, si prestara más atención a los que sufren, si creyera un poco más y me fiara de Dios, de un Dios que percibo y siento, que me ama a pesar de mis fallos? Los santos, todos los santos, no son una élite de hombres y mujeres perfectos, de superhombres o supermujeres. Perfecto no hay nadie. «Santos» son aquellos hombres y mujeres que, a pesar de reconocerse con defectos y limitaciones, siempre dejaron su puerta abierta a Dios, siempre creyeron en el amor gratuito de Dios y trabajaron, a pesar de sus debilidades, para hacer el mundo un poco mejor, empezando por lo más inmediato.

Hoy, todos ellos,  permanecen en la memoria de Dios, son los “justos” y viven para siempre en la Casa del Padre…En este uno de noviembre los recordamos de modo especial, sentimos que son de los nuestros y percibimos nuestra comunión con ellos – ”la comunión de los santos;”-  ellos son la prueba de que vivir el Evangelio es posible. Hoy, acudimos a ellos para que intercedan por nosotros y proclamar a los cuatro vientos, que no los hemos borrado de nuestra memoria…Que no los hemos olvidado.

Los santos son muchos. Hoy, a la multitud de sus voces que cantan el cántico inacabado de la plenitud, queremos unir nuestras voces, como diremos dentro de unos minutos en el prefacio de la Plegaria Eucarística, para dar gracias y para cantar, también nosotros con ellos, a una sola voz; cantar a  Dios, fuente y origen de toda santidad, porque también a nosotros, a pesar de nuestras fragilidades y contradicciones, Dios nos llama a ser santos…

«Sean santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo”.

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