Semana Santa: Domingo de Ramos

(Lc 22,14-23,56)

Estos son días extraordinarios, los días supremos del Año. El aliento profundo cambia de ritmo y la liturgia se ralentiza, acompaña con calma, paso a paso, los últimos días de Jesús: desde la entrada en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena en el jardín junto al Gólgota, cuando vio la piedra del sepulcro rodada y el hueco habitado por ángeles.

Hoy, domingo de Ramos, entramos solemnemente en la Eucaristía: Levantamos nuestros brazos con ramos de olivos y palmas – dos árboles muy presentes en la Biblia – como signo de oración al ritmo del Hosanna.

Entramos en la Semana Santa cabalgando sobre la curva de los muertos en Ucrania, las víctimas de la Covid, las náufragos sin nombre, hundidos en los mares que nos abrazan y nos tienden sus playas para nuestro ocio. El sufrimiento que se manifestó, como nunca, en la pasión de Cristo, estalla ahora en las cruces anónimas o con nombres, de miles y miles de crucificados. Esta es la semana del dolor en la que se nos confronta, a través de la Liturgia, con el llanto, la fatiga y la injusticia de un mundo inacabado. Es la semana de la Resurrección y del futuro: Porque el amor es terco.

La Cruz es la rúbrica del cielo ante el destino humano. Dios escribe su respuesta con el alfabeto de sus heridas, el único que no miente. No reclama nada para sí, sufre con los que sufren, llora con los que lloran y se acuerda del que está a su lado: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.”

La Cruz es éxtasis para la belleza, es donación hecha sacramento. “Cuando sea levantado, todo lo atraeré a mi”.

Y sucede ahí, en las afueras de la ciudad…Mientras las tinieblas cubrían la tierra. Es la semilla que cae en el surco y aguarda desplegar la vida que lleva dentro.

“Se abajó, se hizo esclavo hasta la muerte y muerte de Cruz…Por eso, Dios lo levantó y le dio el título que sobrepasa todo título… (Filip 2,8-9).

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