Navidad

“Alégrense, les ha nacido un Salvador…” En medio de la noche de nuestro día a día, – a veces aburrido y apagado – se nos invita a la alegría. “No puede haber tristeza cuando nace la vida.” (S. León Magno) “¡Alégrense!”

No se nos invita a una alegría insulsa y superficial, tampoco se nos invita a la alegría de quienes ríen y no saben por qué, envueltos en unos villancicos que nacieron un día para adorar a un Dios hecho Niño y hoy permanecen, deformados por la publicidad, en los medios o repetidos hasta la saciedad en las áreas comerciales, sin más finalidad que incitarnos al consumo…Luces que lo invaden todo y no iluminan el interior de nadie; estrellas que guían, pero que no conducen a ninguna parte. Sin embargo, tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena, para la fiesta solemne: “Dios se ha hecho carne y ha venido a habitar entre nosotros”. Hoy se nos invita a vivir alegres y a dejarnos invadir por la cercanía de Dios, a dejarnos seducir por la ternura de Dios, que se manifiesta en este Niño recién nacido: “Esta es la noche de la fascinación”.

Los creyentes tenemos que recuperar el corazón de esta fiesta y descubrir, detrás de tanto aturdimiento y superficialidad, el misterio que da origen a nuestra alegría, una alegría capaz de liberarnos de miedos, desconfianzas e inhibiciones… ¿Cómo vamos a tener miedo de un Dios que se nos acerca como un niño recién nacido, impotente, necesitado de protección y cuidado, como cualquier recién nacido? ¿Cómo huir ante quien se nos presenta frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para someter a los hombres…Todo lo contrario: Se nos ha acercado en la ternura y en la fragilidad rotunda de un bebé, a quien podemos hacer reir o llorar.

Más allá de las nostalgias que levantan estas fiestas, las ausencias de seres queridos que han partido, que no están y sin embargo sentimos presentes más fuertes que nunca en estos días…Por encima y a través de tantos gritos de dolor de las personas rotas por el fracaso, la violencia, las enfermedades, la soledad o la marginación, en esta noche, hay algo que nos afecta a todos y, por eso nos felicitamos, deseándonos lo mejor.

En estos días todos nos intercambiamos saludos y nuestros mejores deseos; compartimos deseos de paz. pero nadie ignora las crisis y las desgracias, las guerras, la violencia en los ámbitos de los afectos y la corrupción…Nos deseamos y soñamos un mundo próspero y feliz, pero el dolor nos envuelve por todas partes y las heridas nunca se cierran… Y es justamente este contraste, entre lo que deseamos y lo que vivimos, la distancia entre la paz que buscamos y las guerras que no cesan, lo que nos hace constatar que el mundo necesita algo, que nosotros solos no podemos garantizar.

La Navidad, es la fiesta que mejor puede compartir todo el mundo. De hecho, es la fiesta que ha hecho cultura a nivel global…Y quizá sea por eso: Nuestra existencia, nuestra precaria condición humana, frágil y desvalida, necesita salvación, pero nosotros solos nos sentimos incapaces de lograrla. Sin embargo, siempre aguardamos algo inesperado, algo contracorriente, algo en el último momento que nos mantiene esperanzados, en pie… Como en Navidad…En Navidad, la virgen da a luz en situación paupérrima a un Niño que es el Salvador del mundo… Herodes, el poderoso y sanguinario, es burlado por una pareja y un niño, que apenas conocen los caminos de la huida; en la densa oscuridad de la noche, la luz rompe el cielo y en el miedo angustioso que envuelve los nacimientos en la casa de los pobres, sobre todo en aquellos tiempos, la noche se llena de música y del canto de los ángeles… Y esa es la salvación, inesperada, oportuna, definitiva, que nos anuncia la liturgia en esta noche y en este ciclo navideño: Este Niño que nace en Belén es salvación para todo hombre que viene a este mundo, para los que creen y para los que dudan, para los que buscan y para los que no lo creen necesario. Este Dios, hecho carne, es mayor que nuestras dudas o esperanzas, es más grande que nuestras blasfemias y gritos. Es “ Dios con nosotros”.

Abramos, pues, de par en par nuestro corazón y contemplemos en silencio la escena del nacimiento de Jesús, Dios hecho carne,.. Posiblemente si supiéramos detenernos en silencio ante este Niño, comprenderíamos mejor el misterio que celebramos y el motivo por el que, en el fondo, todos tenemos en esta noche la palabra “felicidad” en nuestros labios para dársela al otro. Navidad es un tiempo para detenernos, para pararnos y para el silencio…Todo lo contrario de lo que solemos hacer en estos días. Tenemos que detenernos y, en silencio, observar la escena repetida en todos los belenes del mundo, también en el que hemos hecho en casa: Navidad es contemplar, es escuchar, es oler, es ver…

Cuando hablamos de la Navidad no hablamos de un cuento que sucedió en países legendarios. Estamos hablando de algo que está aconteciendo también ahora, aquí; Estamos hablando de algo que se actualiza, de Alguien que se hace presencia para nosotros en los pañales de esta liturgia, en el encuentro con el otro, en el ámbito de los afectos y de los sentimientos, en el ámbito de los sacramentos. Dios no está en la estratosfera, ni está diluido en la inmensidad del cosmos, ni gobierna sobre truenos y volcanes…Dios es este niño recién nacido, frágil y necesitado como cualquiera de nosotros, que se hace compañero, – mi compañero, tu compañero-´ y quiere compartir con nosotros el pan duro de la existencia y el pan caliente y sabroso de nuestras fiestas.

¡No lo olvidemos, Navidad es esto: El es “En-manuel”, “Dios con nosotros!” ¡Feliz Navidad!

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