La mujer que amó mucho (Lunes Santo)

 

 (Jn 12. 1-11)

En este texto de Juan que proclamamos en este Lunes Santo, nos encontramos, una vez más, con un momento explosivo del Evangelio. Una situación que rompe nuestros convencionalismos y pone en el centro de nuestra vida, el amor. Eso basta. Estamos ante un evangelio que provoca, contesta, critica y nos lanza hacia adelante. La fe no es un complicado tratado de dogmas y deberes- , Jesús, acabamos de escucharlo, apunta al corazón.

La importancia de este episodio es clara, forma ya parte del relato eclesial de la pasión y, por consiguiente, vendrá proclamado cada vez que se anuncie la muerte de Jesús. Es curioso el apunte que hace Jesús: “Cada vez que se proclame este episodio se hará memoria de esta mujer”, tal como cuenta el evangelista Marcos. La mujer, con su gesto, es puesta en el centro del Evangelio.

Contemplemos la escena que hemos de completar con los textos que nos aportan  los Evangelios sinópticos: Jesús está a la mesa en la casa de Lázaro, de Simón según los Sinópticos y, de pronto entra una mujer, María hermana de Marta según Juan; según los  sinópticos, una mujer sin nombre. Entra con un frasco de perfume  carísimo,  que derrama sobre los pies de Jesús inundando de olor toda la casa.

Los discípulos la critican. En el evangelio de Juan se apunta concretamente a Judas el traidor. Pero Jesús la defiende: Esta mujer ha hecho una “obra bella…” Es decir una obra digna del hombre, una obra que expresa lo mejor del hombre. Obras bellas no son las obras externas: limosnas, ayunos, penitencias… Las obras bellas, según el Evangelio, son las que están descritas en las bienaventuranzas: Obra bella es ser pobre, es decir no tener hipotecado el corazón por el dinero, tener un corazón sencillo, ser artesanos de paz… Lo que ha hecho esta mujer no pertenece tanto a las obras eficaces, útiles, sino más bien a las “obras bellas,” esas obras que cualifican a las personas, gratuitas como las bienaventuranzas, que alimentan las actitudes del corazón.

Baña los pies de Cristo con sus lágrimas, los enjuaga y seca con sus cabellos, los besa. Todos gestos imprevistos, nuevos, más allá de lo lícito o ilícito, más allá de lo que debe hacerse o no debe hacerse y todo cargado de una gran fuerza afectiva. Y Jesús no lo rehúye, sino todo lo contrario, lo aprecia. Bastaba quizás unas palabras por parte de la mujer, pedir simplemente perdón, pero no, esta mujer es excesiva, creativa y su gesto es total, exhaustivo. Esta mujer realiza un gesto que no nace de la norma, de un código social, de algo mandado, sino de un amor creativo, vivo, desbordante, de un corazón agradecido.

Los que observan – Judas en este caso, otros discípulos también, según S. Marcos – sólo ven a una pecadora, Jesús ve a una persona que ama: “Ha amado mucho”. El amor vale más que el pecado. Los errores cometidos no borran el bien que hemos hecho, es “el bien” que hacemos, el que borra los errores del pasado.

“A los pobres siempre los tendrán con ustedes” ¿Esto, qué quiere decir? ¿Que hay que aceptar de forma fatídica la pobreza de nuestro entorno?  Algunos  critican lo que hace esta mujer, son los que no entienden su gesto profético, son los que nunca quieren entender la grandeza de los gestos que se salen de sus expectativas, de sus marcos ideológicos. Son los que siempre entienden lo que hacen, si les sacan rendimiento, si les es útil; por eso, las obras han de ser siempre clamorosas, con segundas intenciones, obras que siempre deben producir un beneficio inmediato, sea el que sea, con tal que sea rentable y, a ser posible, de inmediato.

Siempre es posible el mal discípulo, el  que siempre ve oposición entre el servicio al pobre y la adhesión personal a Jesús. Y, por tanto, siempre hay que elegir entre una cosa u otra. Y Jesús nos dice, acabamos de oirlo, que la solución de los pobres no está únicamente en el dinero, no está sólo en la eficiencia de nuestros recursos sino, sobre todo, en nuestra dedicación a ellos, en nuestro acercarnos a ellos por amor: Sólo en el amor puede generarse y alimentarse el servicio a los pobres.

Es el momento de expresar, ahora, nuestra adhesión a Jesús, eso que llamamos ir a los esencial, y de esa adhesión, de nuestra identificación con Jesucristo, nacerá la vocación cristiana del laico y de cualquier bautizado en lo social, en lo político, en la catequesis, en Caritas, en la oración, en la Iglesia, en la sociedad. Es así como el cristiano encuentra la síntesis de su vida.

No hay oposición, entre participar en la Misa y dedicarse a los pobres, entre la adhesión a Jesús y la opción por los pobres, entre la contemplación y el compromiso…No son dos cosas opuestas, disyuntivas, sino que se retro- alimentan. Para el cristiano el servicio a los pobres nace y se genera en el encuentro con Cristo, se alimenta en la Eucaristía. No lo olvidemos: Un solo gesto de amor, aunque no tenga eco social alguno, es más útil al mundo que la acción más clamorosa, que la obra más genial.

Esta es la revolución de Jesús, y esto está al alcance de todos.

 

Escrito por

es_ESSpanish