Jueves Santo

 

“Yo he recibido una tradición que viene del Señor y que a mi vez les transmito”. En esta tradición de la que habla San Pablo en elc capítulo 11 de su primera Carta a los Corintios, nos insertamos nosotros hoy, tarde del Jueves Santo:

“En esa tarde, Jesús tomó pan y dijo: esto es mi cuerpo entregado y luego tomó el cáliz lleno de vino y dijo: esta es mi sangre derramada…. Hagan esto en memoria mía”.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía respondemos a esta orden. Nos congregamos como pueblo de Dios para recordar, es decir, para “pasar por nuestro corazón” (que esto significa la palabra “recordar”), lo que aquel gesto expresado en la Última Cena significa y debe significar para todos los cristianos.

Aquí estamos en esta tarde del Jueves Santo de 2022 para actualizar toda la fuerza salvadora de aquel acontecimiento único en el tiempo que, de forma ritual, Cristo ha introducido en el corazón de la historia como sacramento de su amor sin límites: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.”

Hoy, el corazón de Cristo y el corazón de la Iglesia laten al unísono en el Cenáculo, y es al Cenáculo, a esa “habitación de arriba, bien adornada – como advierte el evangelio – a donde nos remite la liturgia de esta tarde, para que sintamos todos ese doble movimiento que rima todo corazón: «sístole y diástole», un ven y va, un movimiento de concentración y dispersión, confesión de nuestra fe y misión, que ha de rimar también nuestra vida, si queremos de verdad ser cristianos.

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