Jueves Santo: A la luz del Cenáculo

Les invito a subir a esa sala de arriba, acondicionada para la Pascua. Observemos: Todo llama la atención, la mesa dispuesta, los asientos disponibles, pero, sobre todo, adquiere protagonismo una simple palangana. Está allí, en el comedor. No es su sitio: Debería estar en el baño o en la entrada de la casa por si el invitado, el viajero o el dueño llega con los pies o las manos sucias… Una vez más, nos sorprende el evangelio, no por ser trasnochado, sino por todo lo contrario, por su capacidad de provocar, por su capacidad de sorprender.

La palangana como metáfora de la vida. En todas las culturas el lavado de pies se hace en solitario o bien en la intimidad. En las culturas mediterráneas, donde era habitual la relación amo-criado, el siervo, el esclavo – ese individuo comprado por el dueño como se compra un mueble y que está al servicio absoluto de su señor, en realidad, una no-persona – era el que realizaba esta tarea de lavar los pies. El dueño de la casa jamás lavaría los pies a otro. Por eso el gesto de Jesús, se convierte en un gesto profético…Y. como todo gesto profético, sorprende a Pedro, le escandaliza… Por eso, Pedro rompe su silencio y dice ¡Basta!

Pero se estrella ante la radicalidad de Jesús…”Si no te lavo los pies no tendrás parte conmigo.” Jesús no busca humillar a nadie, ni a Pedro, ni a nadie…Tampoco le mueve el postureo como a esos famosos que después de una riada se acerca una hora a colaborar limpiado la calle de escombros para sacarse la foto…No. Jesús va mucho más allá, pretende abrir una alternativa a la forma de entender la vida como dominio, como cultura de muerte, como poder…Desea abrir una senda que nunca antes, profeta alguno había abierto: Hacer lo que hacen los que viven de rodillas y enseñar a sus discípulos a hacer lo mismo…Jesús, el siervo de Yavé, se pone en el lugar de los esclavos, no en el de los señores. El mundo al revés…El amor abre sendas inéditas y el ser humano más débil, más bajo, puede volver a sentir lo que significa ser persona.

La toalla. El evangelio nos dice que Jesús se ató una toalla a la cintura y que con ella secaba los pies de sus discípulos. No es un atrezzo de teatro, sino que forma parte del vestido habitual del discípulo. Jesús no se avergüenza, se la ciñe a la cintura y el mismo seca los pies al otro. Acababa de decir a sus discípulos: Si se aman les reconocerán como discípulos míos. “Si yo, el Maestro y el Señor, les lavo a ustedes los pies, también ustedes deben lavar los pies a los otros.”

Por último, la inclinación: Nadie puede lavar los pies a otro y menos secárselos, si no se inclina…El amor hace que nos inclinemos. Los altivos, los prepotentes, las personas que se creen superiores no se inclinan nunca ante nadie. Jesús, sin embargo, se inclina, dobla todo su cuerpo ante el que tiene delante. El sacramento de la Eucaristía es sacramento de postración, de entrega amorosa. Jesús se nos da para que tengamos vida plena, pero antes. se arrodilla ante nosotros lavándonos los pies. El no se queja, no se pregunta por la suerte que le espera, simplemente, se inclina, lava y seca.

Hoy es el día del amor fraterno. «Ámense como yo les he amado». Es el día de la Eucaristía, «tomen y coman» y es el día del servicio humilde:  «Lávense ustedes también los pies unos a otros».

La vida cristiana no se entiende sin este trípode: el amor, la eucaristía y el servicio concreto y compasivo al otro. No son tres cosas diferentes, las tres están íntimamente unidas y, vistas desde nuestra condición de creyentes, se exigen unas a otras.

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