Lucas (1, 26-38)
María, modelada por el Espíritu de Dios, es referencia para todo creyente; es la mujer que escuchando la voz del Señor, intenta poner su corazón en la hora de Dios. Con su “Sí” hizo posible que Dios tomara cuerpo y se hiciera visible en el rostro de un muchacho de Nazaret. Ella es la aurora, el amanecer de la plenitud de los tiempos; el último eslabón de una larga cadena de hombres y de mujeres que mantuvieron la esperanza de Israel a través de los siglos. Por todo ello, “Dios la preservó – como diremos en el prefacio de la Misa de hoy– de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia, fuera digna madre de su hijo y comienzo e imagen de la Iglesia”.
Nos acercamos a la Navidad, a la fiesta del nacimiento de Jesús y en este marco, leemos el evangelio. Detengámonos ante el diálogo que nos transmite el Evangelista y dejémonos sorprender por cuanto leemos o escuchamos. Es el evangelio del anuncio de la encarnación de Aquel, que pronto veremos hecho niño recién nacido, un bebé frágil e impotente como cualquier recién nacido. Este texto es ya, prólogo hermoso de la historia magnífica de quién es este Niño y cómo actuará.
La primera sorpresa que emerge del relato de Lucas es el lugar que Dios elige para actuar. No estamos en el Templo de Jerusalén, ni en la Sinagoga del pueblo…Estamos en una humilde vivienda de un villorrio desconocido y menospreciado del Norte de Palestina, llamado Nazaret: Allí vive una muchacha, una adolescente sencilla y piadosa, María. Posiblemente, aunque el arte y la tradición nos la presenten orando y concentrada, realizaba sus cotidianas y elementales labores domésticas en aquella casa simple y pobre. Y, allí, en medio de lo cotidiano, en medio de lo de todos los días, irrumpe Dios que lo trastorna todo y actúa contra todo pronóstico…
En ese escenario, detengámonos en la primera palabra del Ángel. Llama la atención que la palabra primera de parte de Dios dirigida a los hombres, cuando el Salvador se acerca al mundo, sea precisamente esta: «Alégrate!” Es la primera palabra que escucha María y es también la primera palabra que hemos escuchado o leído nosotros al inicio del relato, conocido como La Anunciación.
“La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios – dirá un importante teólogo del siglo XX – no es una palabra de “odio o de condenación», sino una palabra que nos invita a le “alegría”… Cristo nace de la alegría de Dios y morirá y resucitará para contagiar la alegría a este mundo triste y absurdo”.
El poeta alemán Herman Hesse, premio nobel de literatura, explica los rostros atormentados, nerviosos y tristes, de tantos hombres, de esta manera: “…La felicidad sólo puede sentirla el alma…No la razón, ni el vientre, ni la cabeza, ni la bolsa…”
La alegría que el ángel le transmite a María es la alegría de alguien que encuentra sentido a lo inesperado, a lo que le sobrepasa y se entrega confiada a ese Dios que “no se olvida de los perdidos de este mundo, que derriba del trono a los poderosos y levanta a los pequeños…Un Dios que colma de bienes a los hambrientos y despide con las manos vacías a los engreídos y satisfechos…!”
María es la mujer creyente, habitada por la alegría, que sabe que, a pesar de todo, Dios cumple lo que promete… “Como hizo con nuestros padres.”
En el comienzo del Adviento, detengámonos, pues, es esta palabra que marca la puerta de entrada del Año Litúrgico. Es una llamada a ser felices, a caminar alegres…»Canta y camina” nos dirá San Agustín… “Canta y camina”…Todo un programa para la vida.
Ahora bien, no olvidemos la clave que recorre todo el Evangelio: Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a los otros…Cuando nos preocupamos de la felicidad de los demás, Dios se ocupa de nuestra propia felicidad.

