Evanngelio del domingo IV de Adviento (B)

 

(Lc 1, 26-38)

Hemos llegado al cuarto domingo de Adviento y la escena de la liturgia se centra en un diálogo entre Dios y una mujer, sencilla, creyente, que escucha a Dios con confianza: María. El concilio Vaticano II dice de ella, la madre de Jesucristo, que es “modelo y prototipo para la Iglesia.” Por tanto, como ella, también nosotros hemos de escuchar a Dios; el saludo del ángel es también para nosotros un desafío y un programa de vida.

Estamos en Nazaret, un pueblito perdido y desconocido en la geografía de entonces. Estamos en la región del Norte, no en la gran ciudad de Jerusalén. Estos en una casa humilde y austera, no en el Templo de Judea entre candelabros y humo de incienso. Y ahí, en la cotidianidad de la vida, mientras María realizaba sus quehaceres domésticos , Dios irrumpe en la historia a través del ángel Gabriel.

Abramos, pues, nuestros sentidos y contemplemos la escena…Parémonos en algunos aspectos, escuchemos con el corazón y dejémonos sorprender con las palabras que emergen en este encuentro:

“¡Alégrate!” Es lo primero que escucha María de parte de Dios y es también lo que debemos escuchar nosotros hoy: En nuestros ámbitos eclesiales hay un déficit de alegría, de “ganas”. Con frecuencia nos dejamos contagiar de una iglesia envejecida y gastada. Una Iglesia que no aporta esperanza en medio del desconcierto, no será nunca buena noticia de Jesucristo.

¿Experimentamos, de verdad, la alegría de pertenecer al discipulado de Cristo? Cuando falta alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría y el evangelio se convierte en letra muerta. Todo se hace más difícil…Por todo ello es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades parroquiales, en nuestras comunidades cristianas y recuperar la paz que Jesús nos dejó en herencia.

“El Señor está contigo” Nuestra alegría no puede nacer sino de la confianza en Dios. Vivimos en permanente decepción y, muchas veces, las personas en las que habíamos depositado nuestra confianza nos fallan…Sin embargo no estamos huérfanos. De hecho, cada día invocamos a un Dios Padre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre nuestro bien… Esta Iglesia tan perdida a veces, no está sola…Esta Iglesia que no acierta a volver al Evangelio, no está dejada de la mano de Dios. Jesús es el buen Pastor, camina siempre a nuestro lado y, si nos perdemos, no nos abandona a nuestra suerte….El Espíritu nos está atrayendo y nos está agitando, a pesar de todas las dificultades, de todas las contradicciones. Con él, es posible lo imposible.

“No temas”. Son muchos los miedos que paralizan a los que seguimos a Jesús. Miedo al mundo y a su secularización. Miedo al futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a fiarnos del evangelio, miedo a lo que no podemos controlar, miedo a atrevernos a dar pasos por caminos no trillados, ni recorridos previamente… El miedo nos está haciendo mucho daño, nos impide afrontar el futuro con esperanza y abrazar con resiliencia los nuevos retos. Crecen nuestros fantasmas y desaparece el realismo sano, la sensatez cristiana. Por ello es urgente construir una Iglesia de la confianza, una Iglesia humilde y servidora de la verdad, una Iglesia coherente, siempre en salida…Porque la fuerza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa, sino en una Iglesia humilde, en una Iglesia que apuesta por las periferias del mundo y del hombre. No para sumar prosélitos, sino para servir, para humanizar.

“Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: Contribuir a poner luz en las tinieblas. No estamos llamados a juzgar y a condenar el mundo, sino a iluminarlo. Nuestra tarea no es apagar la mecha humeante, sino espabilar la llama, encender la fe que, en no pocos, parece estar queriendo brotar. La pregunta sobre Dios es una pregunta que humaniza.

Desde nuestras comunidades pequeñas y sencillas, podemos ser levadura de un mundo más fraterno. Estamos en buenas manos…Dios no está en crisis…Somos nosotros los que no nos atrevemos a apostar con alegría, con sentido común, por El.

Esta noche es Navidad…Dios viene…Sigue viniendo: No olvidemos la señal, “encontrarán a un niño recién nacido, recostado en un pesebre de animales y envuelto en unos pañales…” Por tanto, alegrémonos, El es el “Enmanuel”… Esperemos y acojamos a este Dios, “como lo esperó y acogió María, con inefable amor de madre…” En medio de la aridez de nuestros días, El se hace ternura y fragilidad en el rostro visible de un recién nacido…También en la cara deformada o hermosa del que está a nuestro lado.

Está sonando el Angelus… Y, como diría una gran mística del siglo XX, Sor Isabel de la Trinidad, Dios sigue buscando” humanidades de recambio” para seguir encarnándose aquí y ahora.

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