Evangelio del primer domingo de Adviento (B)

(Mc. 13, 33-37)

Comienza el Nuevo Año litúrgico, comienza el Adviento. Llega como una sacudida, como una invitación a poner la luz larga en el correr lento de nuestros días. Es tiempo de recordar que la realidad no es sólo esto que vemos, sino que el secreto de nuestra vida está más allá de nosotros, nos sobrepasa. Algo se mueve, alguien está en camino y todo en nuestro entorno, dentro de nosotros, espera aparentemente lo imposible, siempre algo mejor.

Todo parece estar a la espera: Espera el grano en la tierra, espera el árbol una nueva primavera…También nosotros esperamos algo diferente. Ayer mismo me decía alguien golpeado doblemente a lo largo de este año por dos muertes muy cercanas: A ver si pasa este año terrible y el próximo año puedo levantar cabeza. Pero la espera no es egocéntrica, no se puede esperar sólo la dicha individual, sólo “mi dicha”, la felicidad que Dios nos promete nos abarca a todos, nos engloba a todos: esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”, Dios en todos, la vida floreciendo en todos. “¡Si rasgaras el cielo y bajaras!” (Is 63,19) Es Isaías el que escribe y se presenta como un maestro de la espera: Es a Dios a quien esperamos…Adviento es espera de Jesús, que es como el beso de Dios caído sobre la tierra, es espera del Señor que ha bajado como una caricia…Es Dios que toma cuerpo para que nuestra esperanza tome forma.

El  tiempo que empieza hoy es un itinerario de fe, una nueva oportunidad, un nuevo Año litúrgico y nos enseña qué tenemos que hacer para que nuestra espera sea activa :” Salir al encuentro.” Si Dios viene, hemos de salir a su encuentro. ¿Cómo? El evangelio nos hace una propuesta con dos palabras: “Atender y vigilar”. En el evangelio nos encontramos con una constante que Jesús repite parábola tras parábola: “Dios es como un empresario que pone las acciones de su empresa en nuestras manos y se va”. Pone en nuestras manos nada menos que la tierra, a los compañeros de viaje…Se fía de nuestra inteligencia, de nuestra capacidad combativa y se va…Se hace a un lado y pone en nuestras manos el mundo. Dios, por tanto, es Alguien que nos toma en serio, deposita en nosotros una confianza magnífica e ilógica y nos reviste de una gran responsabilidad…Ya no podemos delegar en Dios nada, porque Dios lo ha delegado todo en nosotros.

“Estar atentos…” Es lo primero que hemos de hacer, si queremos de verdad ser responsables. Estar atentos significa no dormirnos, no bajar los brazos y al mismo tiempo, soñar, leer los signos de los tiempos, poner las luces largas, escuchar… Muchas veces caminamos pisando tesoros y no advertimos el tiempo que vivimos. Vivir atento es dejar silencio en nosotros para que resuene la Palabra y al mismo tiempo oir el grito de los pobres, de los excluidos, de los que no cuentan. Estar atentos a los pasos del que viene es tambien sentir que no estamos solos, que vivimos en un mundo que no nos pertenece en exclusiva y, por tanto hemos de cuidar y acudir en ayuda del universo herido para curarlo escuchando sus gemidos, esos lamentos de la tierra por el aire, el agua, las plantas…Estar atentos es sentirnos parte integrante, corresponsables de cuanto acontece en el pequeño ámbito social, eclesial, familiar, personal, en que nos movemos.

“Estar atentos” y “Vigilar”. Vigilar es mirar al horizonte, es escrutar en la noche, es espiar el lento amanecer del día, porque a nadie le basta el presente. Vigilar es detectar los pequeños brotes, es valorar y proteger los primeros pasos hacia la paz, es apoyar la reconciliación incipiente entre unos y otros, es valorar los primeros ladrillos que ponemos para construir algo mejor. A todos nos da el evangelio una tarea: ¡Que NO llegue lo que esperamos y nos encuentre dormidos! El riesgo que corremos continuamente mientras vivimos es precisamente no vivir, tratar simplemente de sobrevivir, dormirnos, acomodarnos a la inercia, aletargarnos, y no permanecer atentos a esas pequeñas oportunidades que se nos presentan de mejorar la vida, la familia, la parroquia, la sociedad.

Los cielos no están cerrados sobre nosotros, se abren sobre nosotros como un vientre preñado de futuro…La voz de Isaías grita en la noche que aparece en el Evangelio de Marcos. No sabemos cuándo – si a la mañana o a la tarde, si al canto del gallo o a media noche…Solo sabemos que vendrá. Por tanto, trabajemos, vivamos el tiempo de la demora de Dios con Esperanza y sigamos caminando: Todo está cada vez más cerca. El Señor viene, el Señor vendrá, el Señor está viniendo…Ojalá atinemos a identificar sus pasos.

¡Ven, Señor Jesús!

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