(Juan 1,1_18)
Los cristianos empezamos a contar los años, a contar la historia, a partir de la Navidad. La Navidad es el nudo del tiempo. A partir de la Navidad todo es un antes o un después. Alrededor de ese acontecimiento giran los siglos y también gira tu vida…El evangelio de Juan nos lo recuerda evocando “el inicio”, el inicio de todo, el principio del tiempo y el misterio de Dios. No hay historia que vaya más allá: “Todo fue hecho por El.”
Nunca realizó un milagro para intimidar o castigar a alguien…Y en palabras salidas de su boca “vino para dar vida y darla en abundancia”. Y para eso “clavó su tienda en medio de los hombres”, en el corazón de los hombres, en tu propio corazón. Esta es la profundidad máxima de la Navidad: Dios respira dentro de mi, llevo en mi carne el cromosoma de Dios… A pesar de mi insignificancia, llevo dentro la impronta del Infinito.
“El era el Verbo, era la luz…” El Verbo que genera relación, que hace existir…La inmensa luz que envuelve e ilumina como una inmensa ola a todos los hombres, hasta reunir al Dios de las teorías y de las liturgias con el Dios de la vida y de los gestos…Pero los suyos no le acogieron, no le abrieron la puerta…
Pero a aquellos que le acogieron, que dejaron espacio a la luz, que le dieron la bienvenida, les dio el poder de llegar a ser “hijos de Dios…
¿Hay algo más grande?

