Evangelio del II domingo de Cuaresma (B)

 (Marcos 9,2-10)

Avanzamos en el camino cuaresmal: Del desierto de piedra del pasado domingo, la liturgia nos lleva hoy a la montaña de la luz. De las tentaciones del desierto a la transfiguración.

Los dos primeros domingos de cuaresma ofrecen una síntesis del recorrido de la vida espiritual, son como una de esas oberturas de ópera que realizan un repaso de la trama de la ópera que luego se desarrollará ampliamente. La Liturgia hace algo así en estos dos domingos primeros de Cuaresma: “Conviértanse y crean en el Evangelio”… “Dejen que las zonas oscuras de sus vidas sean evangelizadas y liberen la luz escondida en su interior”. En realidad todo se resume en eso: asumir la fatiga de la vida, dejarnos llevar por el Espíritu de Dios, cruzar el desierto (1º domingo) y subir, alcanzar la plenitud del Tabor, la luz de la Pascua (2º domingo).
Este Evangelio, conocido como el evangelio de la Transfiguración, fue desde el principio muy popular entre los cristianos. No es un episodio más en la vida de Jesús. Se nota a simple vista en la forma de describirlo. La escena es grandiosa, está recreada con diversos elementos simbólicos extraídos del lenguaje del Éxodo: Montaña, nube, voz, Moisés, esplendor, escucha… Pedro, Santiago y Juan que acompañaban a Jesús quedan sobrecogidos. Están en un lugar aparte, como si se nos quisiera advertir que las cosas realmente importantes suceden siempre en el corazón.

La escena transcurre en una montaña alta. La montaña es tierra que penetra en el cielo, es el lugar donde se posa el primer rayo de sol a la mañana y es el lugar donde descansa el último rayo de sol al atardecer. Tanto en la Biblia como en otras religiones, es el lugar más cercano al cielo, el lugar que Dios elige para revelarse y hablar.
“Y se transfiguró delante de ellos y sus vestidos resplandecieron blanquísimos”. En la montaña, el rostro de Cristo, el “no rostro” de tantos “a quienes no se ve,” adquiere luminosidad, presencia y hasta la materia – el vestido – se transforma en luz.

Los discípulos se sienten seducidos por todo aquello que contemplan y Pedro, atónito, toma la palabra: “¡Qué hermoso es estar aquí, Rabí!”. Impactado por la belleza del momento, Pedro quiere congelar la imagen y detenerse para siempre en aquel momento perfecto: “¡Hagamos tres tiendas!”…¡Hay un Dios para disfrutar, para ser feliz! ¿Qué más necesitamos? Pedro lo siente, lo vive y quiere atraparlo.

El entusiasmo de Pedro, su estupor, nos ofrece la ocasión de comprender que la fe para que sea auténtica, fuerte, nos debe fascinar, nos debe “hacer sentir gusto”, debe hacer experimentar belleza, pero nunca debe detener la vida. La vida es infinita y el Infinito trabaja y se hace presente en la vida frágil, el Infinito siempre está en camino. Por ello hay que descender, no olvidar lo vivido, disfrutarlo, cuando se dé, sin miedo, pero seguir caminando, transitando, “pasando”…
Tal como hemos escuchado en el relato, Jesús despierta a Pedro y a sus compañeros, los devuelve al río de la vida: La felicidad es una caricia de Dios, pero no se puede encerrar en una cabaña, no se puede congelar. Cuando la luz se apaga y se va, déjala ir sin remordimientos… Emprende de nuevo la marcha fatigosa, pero guarda siempre la memoria de la luz vivida.

Jesús, el Maestro, hace ver a sus discípulos, entre dos anuncios de su pasión, lo que se esconde tras su duro camino de esfuerzo. Como en un laboratorio, les hace experimentar que aquella imprevista y rápida visión es la meta, pero todavía no es el final, sino sólo un anticipo profético de esa meta. Al discípulo le toca dar crédito a esa visión, darle crédito con tozudez y seguir. También esa experiencia gozosa forma parte del viaje. Pedro pretendía eternizar la visión, pero el camino no había terminado y Jesús les apremia a continuar.

Aprendamos de ello, es la pedagogía del Espíritu: No tengamos miedo de la felicidad, nosotros, a los que el eterno fariseísmo nos hace desconfiar de la alegría. Jesús no la rehúye y en nuestro camino de fe no faltarán momentos claros, gloriosos, a pesar de la fatiga del día a día, es necesario retener esos momentos. Conviene saber leer esos momentos de luz, ser conscientes de ellos, pero no olvidar su carácter fugaz y provisional…La vida sigue y la cruz, nos saldrá al encuentro de un momento a otro…Entonces será necesario buscar en los archivos del alma esos rastros de gozo, la memoria de esos días claros, lúcidos, para resistir, para avanzar, sabiendo que el futuro está asegurado.

“SUBIR y BAJAR”, “subir a la montaña y descender de ella”, dos actividades que aparecen destacadas en el texto y que el creyente debe saber conjugar al mismo tiempo. Se ha dicho que una de las mayores tragedias de la humanidad es que los que oran no hacen la revolución y los que hacen la revolución no oran. Lo cierto es que unos buscan un mundo sin Dios y otros pretenden ser fieles a Dios sin preocuparse del mundo. No nos damos cuenta, como le ocurrió a Pedro, encandilados por la idea que nos hacemos de Dios, que “sólo puede creer en el Reino de Dios quien ama a Dios y ama a la tierra en un mismo movimiento”.

Pedro quiere detener el tiempo e instalarse en lo sublime, pero Jesús le hace bajar al quehacer diario, donde se encontrarán con el resto de los discípulos luchando por liberar a un muchacho de un demonio, que se les resiste. Al pie de la montaña hay hombres que sufren, sometidos a fuerzas no siempre identificables, excluidos, invisibles, que también buscan transfigurarse, también buscan visibilidad, tener un rostro.

Desde la montaña, desde la contemplación y la escucha de Dios, el mundo se ve con nueva perspectiva. Nuestra comprensión e inteligencia no basta. Las cosas alrededor nuestro no son claras y los caminos hacia el futuro nos son evidentes. También nosotros, como Pedro y los otros discípulos, somos mendigos de luz, de sentido y, por eso, necesitamos ver el mundo desde la montaña de Dios, desde la oración, desde el futuro que anhelamos y seguir construyéndolo con entusiasmo.

Escrito por

es_ESSpanish