(Mc 12,38-44)
Nos equivocaríamos de principio a fin, si creyéramos que Jesús, en el evangelio que nos presenta San Marcos, se refiere exclusivamente a aquellos escribas de aquel tiempo. En realidad, la descripción que ofrece el evangelista es una especie de cliché, cuya finalidad no es otra que poner en evidencia aquellas estructuras que pueden degradar a cualquier hombre religioso, viva en la época y en el país que viva.
Jesús ha llegado a Jerusalén tras su largo viaje; está en el Templo y el evangelista nos presenta una construcción literaria, que se resuelve en dos bloques contrapuestos: Por una parte y en primer lugar, los escribas, poderosos y temidos y, en segundo lugar, en contraposición, una pobre mujer viuda, indefensa y sin palabras que, sin embargo, se presenta como maestra y como sabia. Ella ha sabido encontrar dónde está la verdadera clave de una vida gratificante. En la Biblia, hablar de viudas, de huérfanos o extranjeros, es hablar de los indefensos, esa “tríada de hombres y mujeres” que simboliza el desamparo y la marginación. Y es, ahí, donde Dios interviene poniéndose siempre de su lado, sacándoles de su anonimato y entrando en las estrías de sus heridas. Es una de las dos caras de la misma moneda que hoy nos presenta Marcos.
Una de las caras de la moneda, la ocupan los hombres y mujeres vanidosos, pagados de sí mismo, con un infantilismo que hace sonreir… Ayer mismo me advertía un amigo, hablando de un reloj que lleva en su mano un futbolista conocido, con rubíes y diamantes, que cuesta lo que una familia del tercer mundo, una familia pobre, necesitaría para vivir toda su vida…Vivimos en una sociedad absurda en la que la imagen, la difusión de lo que se disfruta, no existe si no se exhibe.
Y yo pregunto: ¿Un reloj no es para indicar la hora…? Y esto ¿no lo haría también correctamente un reloj normalito, tradicional? ¿Qué se busca entonces? Pasa lo mismo con esos casoplones inmensos de decenas de cuartos de baño o jardines interminables… ¿Qué finalidad tiene todo eso? Y así podíamos recorreré otros ámbitos, incluyendo, por supuesto, los ámbitos más sagrados… Y la denuncia del evangelio de hoy sigue azotándonos sin piedad. ¿De qué sirve ese exhibicionismo absurdo, humillante, de nuevos ricos, cuando a la puerta de la casa hay quien muere de hambre? ¿Es ético exhibir el derroche, lo superfluo, cuando otros pasan necesidad, carecen de los más elemental?
Y, encima, dice Jesús, todos esos que ocupan esa cara de la moneda, los ricos y poderosos, pretenden erigirse en maestros y exigen diferencias, reconocimientos, por la simple posición social que ocupan… De hecho, son los maestros reconocidos en las revistas del cuché, en las páginas de los medios, en la opinión pública y hasta en las legislaciones… Pero lo más grave de todo, advierte Jesús, es que gran parte de lo que exhiben lo han conseguido devorando las casas de las viudas, esquilmando los sencillos y pobres, lo han conseguido a base de oprimir a otros, bajo la excusa de que cuanto hacen lo hacen por el bien de la colectividad, lo hacen por el bien de los demás… “Con el pretexto de rezar por ellos, devoran…” dice Jesús.
Todo se convierte en una doble mentira: Separan el culto a Dios de la justicia a los pobres y se ilusionan con que aman a Dios y aman al prójimo, porque de vez en cuando dan de lo que les sobra… En realidad, lo que hacen es amarse a si mismo, porque incluso lo que dan de los que les sobra, lo dan para alimentar su buena conciencia… Pero el Evangelio es rotundo y su denuncia, cuando obramos así, nos deja desnudos, sin máscaras, sin argumentos: La autoridad moral que se les atribuye, el reconocimiento del que gozan, la doctrina que imparten, las prácticas religiosas que cumplen…Todo, absolutamente todo, está al servicio de su propia ideología, de su propio partido, de su propio interés.
Y, como en una película, Marcos funde la escena primera del texto proclamado con otra escena, es la otra cara de la moneda: Tiene lugar en el atrio del templo, un espacio al que tenían acceso también las mujeres. Allí estaban alineadas 13 cestas o huchas donde los fieles depositaban sus ofrendas. Muchos ricos hacían suculentas ofrendas, que eran acogidas por la voz del sacerdote que pregonaba públicamente la identidad del donante, que, inmediatamente, se sentía envuelto en la admiración de los presentes. Y, de pronto, una pobre viuda, lo más bajo de lo más bajo en aquella sociedad, mujer y viuda, y deja caer en la cesta, con disimulo, unas pocas monedas, todo cuanto tiene…Y no pasa nada, ningún murmullo, ni ningún reconocimiento público. Pero Jesús la observa y reclama la atención de sus discípulos con palabras que el evangelio siempre reserva para las ocasiones solemnes: “En verdad les digo…” Po fin, Jesús ha encontrado en aquel desfile de hombres y mujeres religiosas, un gesto auténtico. Un gesto autentificado con una triple garantía de calidad: la totalidad (lo dio todo), la fe y la ausencia de ostentación.
Aquella mujer no dio cualquier cosa, no dio de lo que le sobraba, dio de lo que tenía para comer, dio todo lo que tenía. Dar lo que nos sobra no es todavía amar. Tampoco es fe. Dar, incluso, poniendo en riesgo nuestra propia vida, eso sí es fe. Y todo realizado con sencillez, sabiendo que, en el fondo, es lo que hay que hacer. Eso es muy propio de los pobres: Dan lo poco que tienen y todavía se excusan diciendo: “Perdona por lo poco…” Los ricos, en cambio… ¿Cuántas veces?, pasan el recibo de una forma u otra, cuando dan algo.
El evangelio nos advierte: No cuenta lo mucho o lo poco que des…Lo que cuenta es la autenticidad de tu gesto… Marcos lo dice con unas bellísimas palabras: “Dio cuanto tenía para vivir…” ¿Ser santo? No busquemos la santidad en cosas raras. Bastan los pequeños gestos hechos con el corazón.

