Evangelio del domingo XXX del T.Ordinario (b)

No olvidemos el escenario donde transcurre el evangelio que Marcos nos ha transmitido: El camino hacia Jerusalén. Jesús ha concluido su predicación del Reino en Galilea y ahora se acerca a la ciudad de Jerusalén. Desde Galilea, el evangelista nos lleva progresivamente a sus últimos días en la ciudad santa: A Jesús no sólo hay que conocerlo, también hay que seguirlo, asumiendo cuanto va a acontecer en la ciudad santa, su pasión y muerte. Recordemos cuanto ha ido sucediendo: al anuncio de su pasión, la reacción de Pedro rechazando ese horizonte que Jesús les presenta al discipulado; luego, esos mismos discípulos, sin entender nada se enfrascan en discusiones pueriles de poder y de supremacía y hoy, en el episodio del ciego curado de su ceguera, culmina el camino de la iluminación y de la enseñanza a sus discípulos y al pueblo.

¿Qué quieren que haga por ustedes? Preguntó Jesús, como ya veíamos el pasado domingo, a Santiago y a Juan. Hoy repite la misma pregunta al ciego. Jesús hace preguntas, no porque no sepa lo que quieren los que se acercan a él, sino para remitir a cada uno a su propia responsabilidad y así poder tomar las riendas de su vida con decisión y seguirle por el camino con libertad.

El relato de hoy es más que un simple milagro, es casi una parábola, porque su significado trasciende lo que aparentemente se ve: Un ciego, un hombre casi muerto, tirado en el arcén, invisible a la masa que camina. Por otra parte, un colectivo demasiado acostumbrado a ver a hombres y mujeres excluidos, segregados, tirados en la cuneta de los caminos.

Jesús sale de Jericó, una ciudad de encuentros, donde las caravanas se recomponen en sus peregrinaciones al Templo de Jerusalén y donde abundan los mendigos esperando una limosna de aquellos viajeros. Estamos a pocos kilómetros del Mar Muerto, estamos en la ciudad asentada en el llano más bajo a nivel del mar de todo el mundo. Es la ciudad de las palmeras, la ciudad más verde de toda Palestina y en ella tenía Herodes su palacio de invierno. Todo es evocador. Jesús entra y sale de la ciudad asumiendo todo su mal asfixiante. Y, es entonces, en las afueras, donde acontece cuanto hemos escuchado en el anuncio del evangelio de hoy: Es una historia de transición, la próxima transcurrirá ya en Jerusalén, y de lo que se trata, más allá de los hechos, es fortalecer la fe de los discípulos, abrir los ojos al don que Jesús hace de su vida y a estar disponibles para seguirlo hasta el límite.

El relato es como una parábola del itinerario de la iluminación bautismal : El ciego oye que pasa Jesús – Bartimeo era ciego, pero no sordo – y grita; tratan de impedírselo (con frecuencia no facilitamos el encuentro con Jesús, actuamos como muros), pero él reacciona gritando más y más su llanto, su angustia esperanzada y lo hace con la oración litúrgica, “ Kyrie eleison: Señor, ten piedad”; la gente insiste en callarlo, pero Jesús lo llama y el grupo más próximo colabora llevándolo hasta Jesús. Se realiza el encuentro. Jesús lo cura y el ciego comienza a ver. Luego, con la luz ya en los ojos de la carne y del corazón, decide incorporarse y seguir a Jesús por el camino.

El relato, es sugerente: Tiene una gran carga simbólica y así ha sido interpretado por los grandes exegetas. Es verdaderamente una parábola en acto de las etapas del camino de la iluminación bautismal, del itinerario a recorrer como discípulos, como cristianos. Quedémonos con la actitud de Bartimeo, el ciego y, como él, dejémonos también nosotros sacudir por el escalofrío de saber que Jesús también está pasando ahora. Nos acostumbramos fácilmente a todo y apenas si nos afecta el hecho de saber que Dios está pasando; Sin darnos cuenta, toda nuestra praxis cristiana, especialmente la praxis cultual y sacramental, se convierte en simple rutina y nos quedamos en un vacío cumplimiento que nunca se hace encuentro. Aprendamos del ciego: Levanta la cabeza, revive, comienza a gritar su dolor, no se avergüenza de ser el más pobre de todos. Más aún, su desparpajo se convierte en su fuerza, en su salvación.

Todos somos mendigos. Mendigos de amor, de afecto, de luz, de significado, de sentido. Y nuestra pobreza, nuestra mendicidad es el origen de nuestra oración “Kyrie eleison”: La oración litúrgica más antigua y más humana que tantas veces recitamos por pura inercia y sin embargo, una petición que surge de la necesidad que sentimos de nacer de nuevo; “Kyrie, eleison,” no es tanto una petición de perdón, cuanto una oración para pedir luz para nuestros ojos apagados, una oración para pedir al Dios de la vida insertarnos en la colada que arranca del corazón de Dios, esa colada que es vida, siempre vida.

La multitud le manda a callar…La multitud pretende poner muros, vallas, insonorizar los gritos de ciego…Terrible…Pensar que el dolor ajeno puede perturbar, molestar…Y no sólo que nos puede molestar a nosotros, sino que también puede molestar a Dios…es terrible. Es la forma más terrible de alienación religiosa…
Pero el pobre, grita y se defiende como sabe y como puede, grita cada vez más…Es su forma de luchar. El Nazareno escucha el grito y lo llama…Y aquí entra en acción la pedagogía de Dios, sorprendente, creativa: Pide a los que trataban de bloquear al ciego que se lo traigan…Dios siempre cree en la capacidad del hombre, se fía…A pesar nuestro, a pesar de nuestros muros y fragilidades quiere contar con nosotros…Y esto nos reconforta.

¡Animo, levántate que te llama! “¡Levántate…!” Ese primer movimiento para ponerte en pie, depende de ti…Confía. El está ahí, no estás solo. Dios no está ciego, ni mudo, puedes recuperar tu vida. Incluso, puedes ayudar, puedes, a pesar de tus límites, colaborar, hacer algo por la comunidad, por el Evangelio. Libera esa energía reprimida que llevas dentro y no te reduzcas a recibir, trata también de dar, no seas un simple espectador de lo que otros hacen…Implícate…

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