(Marcos 10,2-26)
Jesús camina hacia Jerusalén y hacia la Cruz y es, en este contexto, en el que Marcos reagrupa gran parte de su enseñanza a los discípulos. Después de su instrucción sobre el servicio, sobre la acogida y sobre el escándalo, nos presenta en este texto proclamado, una instrucción sobre el matrimonio y los pequeños.Algunos fariseos se acercaron a Jesús para ponerlo aprueba: “¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer?” Evidentemente sabían perfectamente que era lícito…y no sólo lo legitimaba la tradición, sino que la misma Palabra de Dios parecía legitimarlo. Jesús, entonces, hace y dice algo que nos escandaliza, nos desconcierta…Y como siempre que pretenden encerrarlo en un debate, Jesús supera los términos estrechos en los que los hombres acotan el problema y va a la raíz.
En su respuesta, Jesús se distancia de la ley bíblica: “Moisés escribió esta norma por la dureza de vuestro corazón.” Jesús hace algo terrible, afirma una cosa enorme que verdaderamente pocos se atreverían a decir. Con sus palabras viene a decir que no siempre las leyes, que incluso atribuimos a Dios, tienen su origen en Dios…hay leyes que atribuimos a Dios, pero que en realidad son leyes que nacen de la dureza del corazón humano: “Por la dureza de vuestro corazón, Moisés dictó esta ley”.
En las leyes hay algo más que la letra escrita. Simone Weil (Una mística, buscadora de Dios, del siglo pasado) llegó a escribir: “La esencia de la blasfemia consiste en poner la ley por encima de la persona”. Es, justo lo que no hace Jesús: es infiel a la letra de la ley para ser fiel al espíritu de la ley…” Nos enseña a usar nuestra libertad – como afirma un poeta – para mantener el fuego, no para adorar las cenizas.” La Biblia no es un fetiche, requiere cabeza y corazón.
Jesús, lo que quiere no es sustituir unas normas con otras normas. No quiere regular la vida, sino inspirarla, renovarla…por eso nos toma de la mano y nos invita a entrar dentro del sueño de Dios, de su sueño originario, Dios no legisla, crea: “al principio de la creación Dios hizo al hombre y a la mujer para que fueran una sola carne”. El sueño de Dios es que nadie esté solo, que nadie crezca sin apoyos, sin seguridad, sin afecto. La obra de Dios es crear y contagiar comunión.
La respuesta de Jesús, curiosamente, no provoca la reacción de los fariseos, sino la reacción de sus discípulos a los que parece inaceptable el lenguaje de su Maestro. Pero Jesús, en lugar de corregirse, remata su discurso, subrayando aún más, la distancia entre lo que El piensa y lo que defiende la legislación judía: “Y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, también comete adulterio”.
En la ley judía no había paridad de derechos. La mujer no podía repudiar al marido. El marido podía repudiar a la mujer, pero la mujer no podía hacer lo mismo con el marido…Como de costumbre, Jesús, se pone en el lugar del más débil, en este caso la mujer, y la eleva a la misma dignidad del hombre. Y es que para Jesús el adulterio se genera en el corazón y el corazón es igual para el hombre y la mujer. El verdadero pecado, no está en transgredir una norma, sino en trasgredir el sueño de Dios. Si no te empeñas en el encuentro con el otro, si no eres capaz de tender puentes, si tu relación es dura y violenta, ya estás cometiendo adulterio en tu corazón…Estás rechazando el sueño de Dios.
Pero ahí no termina el Evangelio de hoy. En el texto de Marcos, Jesús a diferencia de sus discípulos acoge a los niños, no se siente incomodado. De esa forma, Jesús, no sólo se opone a la mentalidad de su tiempo, sino también a la mentalidad de sus discípulos. Marcos, no sólo nos informa de un hecho, sino que nos dice que aquel hecho produjo un encontronazo entre Jesús y sus discípulos…”Ellos intentaban espantar y hacer huir a los chiquillos… Pero, Jesús, al advertirlo, se indignó…”
Jesús acoge a los niños, a los que no cuentan, a los últimos, y gasta su tiempo con ellos. La dramaticidad del camino que está recorriendo Jesús y la oscura meta a la que le conduce aquel viaje, no le desvía, ni le aleja de los más pequeños.
En realidad, Jesús se comporta como si no tuviera otra cosa que hacer más importante o más urgente.

