Evangelio del Domingo XXIX del T.Ordinario (b)

(Marcos 10,35-45)

Jesús continúa su viaje a Jerusalén donde prevé que su vida tendrá un final violento. A pesar de eso, no se distrae de lo que entiende que es lo prioritario en su vida: proclamar el Evangelio del Reino de Dios. Su actitud es casi provocadora, pretende anunciar el Evangelio del Reino en el mismo centro de la religiosidad judía, en la ciudad y en su templo. Pero su actitud no es suicida o masoquista. El no busca la muerte violenta. Lo que elige es el anuncio del Evangelio y lo que sigue lo asume como una consecuencia. Jesús no vino para morir en una Cruz, sino para anunciar el Reino y sanar la vida. Será la violencia de los que rechazan su anuncio lo que dará un rostro trágico e infame al regalo que Jesús hace de su vida. Como acabamos de escuchar, hasta tres veces habla Jesús, durante el camino, del destino que probablemente le espera en la ciudad santa.

Sin embargo, sus discípulos, aunque le siguen, caminan sin entender nada. Después de la segunda advertencia de Jesús sobre lo que le aguarda en Jerusalén, como veíamos hace unos domingos, aquellos se enfrascan en discusiones casi infantiles, sobre quién de ellos es el más importante del grupo. Hoy, tal como acabamos de escuchar, el evangelio retoma palabras que Jesús ya había dicho: “El que quiera ser el más grande de todos, el que aspira ser el más importante, que se haga servidor de todos”. La voluntad de dominar y mandar distorsiona y oscurece la propuesta de Jesús.

En esta ocasión, son dos hermanos, Juan y Santiago, dos de los discípulos más cercanos a Jesús, quienes abren la caja de los truenos. Mateo dice que fue su madre, posiblemente manipulada por sus hijos, la que planteó a Cristo la cuestión de dar a sus hijos dos puestos importantes en su proyecto futuro. Los discípulos, dan la impresión que habían entendido de alguna manera el significado del discurso de Jesús, pero no lo habían asimilado. A la pregunta de Jesús, responden que están dispuestos, incluso, a beber la copa del sufrimiento que eso implicará, y el Maestro parece aceptar su disponibilidad, pero les advierte que esa decisión será un auténtico bautismo, una inmersión en el sufrimiento y en la muerte como fue la entrega abrazada por Jesús. Sin embargo, el destino final de cada uno está en las manos del Padre, origen de todo proyecto de salvación y horizonte de todo hombre y de toda mujer que viven bajo el sol.

El resto de los discípulos, que hasta el momento no habían aparecido en la escena, se indignan con las pretensiones de supremacía de aquellos compañeros. Y se enojan contra ellos, porque ellos también tienen las mismas expectativas: dominar, mandar. Jesús- afirma Marcos – “les convoca y le enseña”: Quienes se creen líderes de los pueblos ejercen la autoridad de arriba hacia abajo, creando súbditos y rompiendo, a través de la violencia personal o institucional, la solidaridad social…”Entre ustedes no debe ser así”. “Entre ustedes no debe ser así”. Hermosa expresión que marca la diferencia. Otros dominan, entre ustedes no. Caminarás al lado de la gente o a sus pies, nunca sobre la gente, por encima de la gente…Y con el delantal puesto. ¡Qué llamada a la conversión y al cambio ! Una llamada a todos, también, evidentemente, a la Iglesia. Una Iglesia que conoce el Evangelio, al menos teóricamente, pero que no acaba de asimilarlo. 

“De ordinario, los que mandan, someten, oprimen…Entre ustedes no”. Ustedes, en cambio, levantarán a las personas, les lavarán los pies…Se sentirán parte del discipulado, no por encima de él… Ni siquiera han de aparentar ser superiores, ser una élite, usando títulos rimbombantes. La historia gloriosa de cada uno de nosotros, no la escribe quien ejerce sobre nosotros el poder y el dominio, sino quien ejerce el arte de amarnos.

Y termina el evangelio de hoy con una frase inquietante:” Yo he venido a servir y a dar la vida por todos”. Es una definición impactante: “Yo he venido a servir y a dar la vida”. Dios, al que en el imaginario colectivo definimos como el “Omnipotente,” se presenta como siervo, como servidor. El salto es cuantitativa y cualitativamente grande: «De omnipotente a siervo». Los grandes oprimen, se sirven del pueblo… “Entre ustedes no…” Y aquí debería estar la diferencia: Ustedes deben servir, darse, ustedes deben gastar la vida para sanarla, como ha hecho Dios en la perspectiva del evangelio. Tu, yo, cualquiera de nosotros, hemos sido creados para ser amados. Tú y yo, niños impredecibles, creativos y frágiles, grandes y precarios al mismo tiempo, resulta que, según Jesús, existimos para ser servidos por Dios, aquí y siempre.
Esta es la dinámica de Dios, esta ha de ser también la nuestra…Por tanto, entre nosotros no, en la iglesia, no…No a la dinámica de poder, de sometimiento, de dictadura sobre las conciencias o sobre las libertades y derechos del hombre…Sí, al servicio, a la participación, a la fraternidad formal y real, a la comunión…

¡Qué horizonte más bello el del Evangelio…! No nos quedemos en admirarlo simplemente, busquemos asimilarlo y vivirlo. «Servir» no es un hecho diferencial de la santidad personal o el resultado de un discurso moral, es una función específica e identificadora del Reino de Dios.

Hoy, Jornada Mundial de la Propagación de la fe, – DOMUND,- el lema de este año “Id e invitad a todos al banquete”, nos remite a la Eucaristía, al banquete de la nivelación social, de la Palabra y del Pan partido por la salvación de todos. Salgamos a los caminos del mundo, anunciemos a todos lo que expresamos en lo que estamos haciendo cada vez que venimos a Misa y, donde quiera que nos movamos, seamos testigos creíbles de Jesucristo, que “ ha venido a servir y a dar la vida por todos.”

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