Evangelio del domingo XXIV del T.Ordinario (B)

(Marcos 8, 27-35) 

El evangelio que acabamos de proclamar es el centro del evangelio de Marcos, es como la bisagra que cierra la primera parte de su evangelio y abre la segunda parte, por lo mismo, es un texto clave. “Por el camino, preguntó”…Da la impresión de que Marcos habla de una acción continua, prolongada, diríamos, que habla, ante todo, de un “estilo de vida”. Para Marcos seguir a Jesús es “ponerse en camino y preguntarse”: Jesús, no como respuesta sino como pregunta, no como línea de meta sino como parrilla de salida, no como pódium de éxito, sino como fuerza que pone alas a los pies.

Sus preguntas nos afectan a todos y con ellas, no busca definiciones; lo de hoy, no es una simple encuesta que Jesús hace para medir su popularidad… Lo que Jesús pretende es llegar al corazón de sus seguidores, ayudar a sus discípulos a interiorizar el seguimiento que están haciendo y encontrarse consigo mismos y con El… En definitiva, Jesús, con esa pregunta con la que se cuestiona a sí mismo – exponiéndose a la evaluación siempre peligrosa de los demás, –  lo que desea es que sus discípulos “piensen”…Que sean capaces de captar  lo que de su mensaje ha tocado su corazones.

Decía el cardenal Martini que “la diferencia profunda entre los hombres, no es ser creyentes o no creyentes, sino ser hombres que “piensan o no piensan”. Las preguntas de Jesús siempre encienden en nosotros una luz, nos ponen en camino… Hay gente que nunca se pregunta nada, todo lo asumen desde el criterio ajeno… Chesterton un gran escritor inglés, un gran polemista convertido al catolicismo, decía que a los católicos nos enseñan a” quitarnos el sombrero cuando venimos a la iglesia”, pero la mayoría de los católicos – afirmaba – no sólo se quitan el sombrero cuando entran a la iglesia, sino que se” quitan también la cabeza”. En evangelio de hoy Jesús lo deja claro: Aquellos que quieren seguirle deben ser “ hombres y mujeres que piensen”. “Pensar” es la  gran “penitencia” del hombre moderno.

En la encuesta que hace Jesús, la respuesta del pueblo no es capaz de captar la novedad del Evangelio y sus respuestas sitúan a Jesús en la lista de los otros profetas. Jesús – para la opinión pública de entonces –  sólo es el eco de viejos  mensajes ya escuchados. Pero Jesús no es algo que vuelve entre las cosas de ayer: Es novedad en el camino. Y, por eso, la pregunta continúa y se vuelve directa. Jesús se expone, porque se necesita valor para someterse a la evaluación de los demás y pregunta a aquellos que le siguen más de cerca: “¿Ustedes qué piensan de mi?”

Pedro, como siempre, responde rápido, de forma clarísima y arriesgada…”¡Tú eres el Mesías! Tú eres el Cristo!… “ Tú eres el que le das significado a mi vida, tú eres el que le das sentido a la esperanza de Israel. La respuesta de Pedro se acerca a la realidad de Jesús y sin embargo, Pedro debe dar otro paso:  Decir que Jesús “es el Cristo, es el Mesías,” es exacto, pero es una respuesta incompleta. Siempre existe el peligro de entender el mesianismo de Cristo en términos de poder, en términos humanos; distorsionar  la via de Dios y sustituirla por nuestras  vias …Por eso,Jesús cambia de registro hablando de un Mesías que sirve, que sufre, que lo da todo hasta el  límite… Y la historia que sigue en el texto de Marcos, se vuelve inquietante: ¿Qué Mesías esperaba Pedro? ¿Cómo se puede entender un Mesías derrotado?..”. Y Pedro se lo lleva aparte y comienza a increparle.”

Es la historia de Pedro y es nuestra historia, al menos la historia de muchos de nosotros: Discutimos entre nosotros, los que decimos seguirle,  y nos construimos otras historias, alimentamos otras expectativas con el Evangelio y reducimos a Cristo a una proyección de nuestros mezquinos sueños. La respuesta y la reacción de Pedro es la voz de todas las ambigüedades que recorren la historia del cristianismo, la historia de la Iglesia y nuestra propia historia. Es como un río después de un aguacero torrencial, lleva de todo: barro, ramas secas, cadáveres, pero también lleva vida…Es como un torrente que atraviesa zonas sombrías y zonas soleadas hasta descansar y remansarse en un pantano para los tiempos de sequía.

Aclarada su identidad y desenmascarada la tentación de reducir todo a una elaboración táctica, Jesús se vuelve a sus discípulos, se vuelve  a cada uno de nosotros y con mucha claridad nos dice: ¡Síganme! 

Este es nuestro desafío como creyentes, “Ponernos  en camino y preguntarnos, asumir con todas las consecuencias nuestra condición de buscadores,  hombres y mujeres inquietos  (inquirere=buscar)”.  Decía Aristóteles que una vida sin preguntas no merece ser vivida. Ser cristiano es asumir un determinado  estilo de vida.

Jesús no es la respuesta, es la pregunta: ¿Qué dices tú de mí? – . Jesús es el viento que sopla la vela de nuestra vida y que nos hace avanzar por la línea incierta de la historia, con nuestras contradicciones y con nuestras heridas, siempre inquietos, buscadores de plenitud, siempre sedientos de humanidad y de Infinito. No temamos  preguntarnos, mientras haya preguntas, nada está perdido.

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