(Juan 6, 60-69)
El evangelio de este domingo es la crónica de un fracaso. Sucede en Cafarnaúm, una ciudad donde Jesús había enseñado largamente y dónde había realizado milagros. Es una revuelta que tiene como protagonistas, no a los fariseos o a los enemigos de Jesús, no. Es una revuelta en la fila de sus íntimos. Lo deja claro el evangelista: “Muchos de sus discípulos lo abandonaron y ya no le seguían”.
Murmuran ante la pretensión de Jesús que dice que ha bajado del cielo y que es la salvación del mundo. “La palabra que predica es dura”. Y es dura, no porque proponga escalar otra pared vertiginosa, como por ejemplo “amar a los enemigos”, sino porque invita a romper los esquemas tradicionales, a pensar y sentir de una manera nueva a Dios: un Dios que se hace pequeño como un trozo de pan, un Dios que ama el silencio, un Dios que camina con nosotros sin notársele… ”Este discurso es difícil…¿cómo podemos aceptarlo?”.
Con frecuencia se piensa que este rechazo se refiere, sobre todo, a la eucaristía, a la presencia de Jesús en el pan y en el vino, una presencia considerada imposible, pero el rechazo no se refiere sólo a esto, se refiere a todo lo que el evangelista Juan pone en boca de Jesús en todo el capítulo sexto, del que hoy hemos leído una pequeña parte.
La oferta que hace Jesús de salvación descoloca a aquellos hombres y mujeres que sólo tienen de la salvación una idea mezquina, inmediata – (recuerden que el capítulo empieza con la multiplicación de los panes y la búsqueda de Jesús, porque les ha dado de comer)… No entienden cómo puede proclamarse Hijo de Dios, el hombre aquel, cuyo padre y cuya madre conocen, el hijo del carpintero; no entienden que la existencia haya que transformarla en un don, en un servicio…Todo este discurso es difícil de entender y, no digamos, de practicar.
Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás…”Volverse atrás” es lo contrario de “seguirlo”, un movimiento siempre hacia adelante, en un proceso siempre en crecimiento, siempre tratando de ser cada día más servidores que ayer, pero menos que mañana.
Frente a la incredulidad que afecta el corazón de aquella pequeña comunidad de discípulos, Jesús no cambia ni una sola de sus palabras, no las atenúa en lo más mínimo. Remite, en cambio, a pensar y a dejarse interpelar: a cuestionarse sobre las raíces de la fe, en ese marco misterioso en que se encuentra la gracia del Padre y nuestra responsabilidad como hombres: “Es el Espíritu el que da vida, la carne no sirve de nada”, “La palabra que yo les he dicho son espíritu y vida””, “nadie puede venir a mí si no es atraído por el Padre”… Todas estas frases subrayan, a la hora de creer, la iniciativa de Dios y la apertura del hombre a esa iniciativa…Es lo que llamamos la gracia.
El hombre, por sí sólo, es impotente… (“la carne no sirve de nada”); sólo el Espíritu de Dios es capaz de hacer renacer al hombre y abrirlo a nuevos horizontes – (“El Espíritu es el que da vida”) – Sólo en la medida que el hombre renuncia a su prepotencia y reconoce sus límites, su pobreza, es capaz de abrirse a la palabra de Jesús.
Y, esto no afecta sólo a la gente en general, a los judíos o a algunos discípulos…No. Esto nos afecta a todos, afecta a cualquiera de los que en algun momento hemos dicho sí…De hecho, Jesús, se ditige a la flor y nata de la comunidad, y hace la pregunta también a aquellos, que podrían sentirse seguros, inmunes, vacunados contra la incredulidad… “¿También ustedes quieren irse?”
Pedro, en nombre de la comunidad responde… “¿A quién iremos, Señor?… Sólo tú tienes palabras de vida…” Esta es la respuesta de todo discípulo auténtico, no hay otra respuesta…Tú, Señor, eres el único que ofreces la salvación de Dios, Tú que caminas en medio de nosotros… ¿En quién otro podríamos buscarla?
Escuchemos hoy, también nosotros, la pregunta de Jesús: “¿También tú quieres irte?” Y dejémonos cuestionar por esta pregunta, sintámosla como algo personal…Y ojalá, también nosotros, tú y yo, como Pedro, seamos capaces de responder, de improvisar con todas las consecuencias, como Pedro, una declaración de amor:” ¿a quién iré, Señor? …En ti sólo encuentro razones y fuerzas para vivir…Tú sólo eres para mí quien puede hacerme vivir… ¡Tú tienes palabras que dan vida!”

