(Juan 6,51-58)
El texto del Evangelio, que hoy nos propone la liturgia en el vigésimo domingo del Tiempo Ordinario, es breve. Forma parte del capítulo sexto del evangelio de San Juan, que hemos venido proclamando a lo largo de estos últimos domingos. El texto es breve, apenas ocho versículos y, en esos ocho versículos, Jesús repite, hasta ocho veces: “El que come mi carne vivirá eternamente”. Algo importante nos querrá decir Jesús con tanta redundancia, con tanta insistencia. El ritmo que envuelve al oyente, la divina monotonía del texto, al estilo del evangelista Juan, avanza por círculos concéntricos. Avanza como una espiral, como esas ondas que produce en un estanque tranquilo, una piedra arrojada con fuerza, Hasta ocho veces, Jesús insiste en “por qué hemos de comer su carne”: Simplemente, para VIVIR, vivir de verdad y para siempre.
Impresiona el atrevimiento y la certeza de las que hace gala Jesús, presentándose como Alguien que posee el secreto capaz de darle a la vida sentido, de darle sabor. “Quien come mi carne TIENE vida eterna”. Con el verbo en presente: “Tiene,” no dice “tendrá”. ¿Y qué se entiende por vida eterna? Tener vida eterna es vivir una vida libre, auténtica, justa; una vida que nunca se rinde, una vida gastada en hacer cosas que merecen permanecer. “Tener vida eterna”, es participar en la misma vida de Jesús, capaz de amar como nadie ha amado.
“Comer mi cuerpo y beber mi sangre: Dos palabras con las que Cristo resume toda su humanidad. Cuando comulgamos nos identificamos con esas manos de carpintero, heridas por los clavos de un madero, con sus lágrimas, con sus pasiones y con sus abrazos. Nos identificamos con sus pies que recorrieron caminos polvorientos y fueron lavados con un perfume que inundó toda la casa de buen olor y amistad.
Y, aquí, nos encontramos, de pronto, con una sorpresa, con algo imprevisible. Jesús no dice: “Imiten mi inteligencia, coman y aliméntense de mi santidad, hagan suyo cuanto de sublime encuentran en mí”, no. Dice: “Coman mi humanidad, mi modo de ser hombre, mi modo de habitar el mundo; hagan suya y coman mi forma de relacionarme con todo lo que vive, mi modo de vivir. En definitiva, aliméntense de mi modo de ser hombre, como un niño en el vientre de su madre se alimenta de su sangre, como un injerto se alimenta de la savia que recorre el tronco del árbol.
Jesús está hablando del sacramento de la Eucaristía, pero, ojo, el sacramento de la Eucaristía es y expresa toda su vida. Comulgar con la hostia es comer y beber cada gota y cada fibra de Cristo. Por eso, no se entiende, que vayamos a comulgar y por nuestras venas y en nuestro corazón no arda el coraje de Cristo, esa energía capaz de hacernos vivir la vida como Cristo la ha vivido. Jesús se ha hecho hombre, se hace pan, sacramento, para que nosotros nos hagamos Dios.
Ojo con la comunión… La comunión “no se hace” (hablamos de “hacer”, por ejemplo. la Primera Comunión), somos nosotros los que nos hacemos o no, “sacramento de comunión”, comunión con Cristo y con cuantos formamos su comunidad. ”Comer el cuerpo y beber la sangre” y esto no significa sólo creer en la presencia real del Señor en el Pan y en el vino consagrado, significa también “acoger” ese don, que es una persona, sintonizar la vida con El, tratar de vivir en coherencia con lo que hacemos …
Para Juan la relación entre Eucaristía y vida es fundamental y, sobre este concepto, el evangelista insiste tercamente: “El que me coma, vivirá para siempre”. Para Juan no se trata de vivir una vida cualquiera, sino de vivir una” vida eterna”, que en su vocabulario significa una vida, que pertenece al ámbito divino y sin embargo, es compartida con el hombre. De esta forma, nos dice el Evangelista, COMULGAR, comer el pan que da vida, es ACOGER al Hijo de Dios y, al mismo tiempo, es ENTREGA y SERVICIO a los hermanos, es convertirnos también nosotros en pan para los demás.
El movimiento fundamental cuando vamos a comulgar, no es el nuestro, sino el movimiento de Jesús hacia nosotros. Le acogemos, le comemos para identificarnos con El y seguir caminando, seguir creciendo en vida. Lo que importa no son los ritos externos con los que comulgamos – aunque los ritos son importantes como lenguaje… Y, por cierto, no estaría mal, que los realizáramos conscientemente, porque son un alfabeto de mensajes… – Con todo, lo que verdaderamente importa cuando participamos en la Eucaristía, comida y banquete de vida, es saber para qué comulgamos y por qué lo hacemos.
“Tomen y coman”. Ojalá no nos acostumbremos nunca a oir estas palabras como algo ya sabido… Ojalá sean palabras que siempre nos sorprendan, nos conmuevan, despierten en nosotros fascinación, ojalá las sintamos siempre nuevas… No las convirtamos en palabras muertas, en palabras huecas… Cada vez que las escuchamos son una declaración de amor.Jesús nos dice a través de esas palabras: “Yo soy un regalo para ti y quiero estar en tu boca como el pan que comes, quiero estar en lo íntimo de ti, como la sangre que te da vida y quiero respirar contigo, identificarme contigo, quiero ser tu propia vida”.
¡Cuánta grandeza en el Evangelio de hoy! Cuánto amor desbordante… Dejémonos sorprender: A pesar de nuestra fragilidad y contradicciones, también a nosotros nos dice Cristo: “Si comen mi carne, vivirán para siempre”.

