Evangelio del domingo XII del T.Ordinario (B)

(Mc 4, 35-41)

En el comienzo del texto proclamado, encontramos  una frase aparentemente inocua, que Marcos pone en boca de Jesús; “Pasemos a la otra orilla!”. No es una frase banal. Es justamente pasando a la otra parte del lago que los discípulo van a comprender la dura realidad de la vida: Anochece y cuando sobreviene la tempestad, el pánico lo invade todo: ”¿No te importa nada que nos hundamos?” Jesús, dice Marcos, dormía.

Varias preguntas recorren el relato de la tempestad calmada: “¿No te importa que perezcamos?» «¿Quién es éste?» «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Las dos primeras preguntas proceden de los discípulos, la tercera la formula Jesús.“¿No te importa que nos hundamos?” Es un lamento fácil de encontrar en la boca de muchos… Posiblemente lo hemos dicho muchas veces también nosotros: Ah, si Dios existiera no habría tantas miserias, estas guerras aquí y allá, estos crímenes, estas injusticias, tanto sufrimiento… ¿Dónde está Dios? Preguntamos en el silencio… Y las preguntas se acumulan…También en el texto.

Comienza con una frase, que es casi un eslogan:” ¡Pasemos a la otra orilla!” Si aceptáramos pasar a la otra orilla, incluso cuando cae la noche, si cortáramos nuestros viejos hábitos, nuestros miedos paralizantes, posiblemente afrontaríamos los problemas que nos acosan con más resiliencia, con más confianza…Se trata, al fin y al cabo, de afrontar los problemas sin bajar los brazos, dar la cara ante la dificultad sin falsas huidas, asumir la realidad como se presenta y tratar de reaccionar en lugar de lamentarnos…¿Por qué tienen miedo…? Jesús parece dormir, guarda silencio, pero está ahí. Su presencia se localiza en el mundo, en nosotros, dentro de ti. El actúa, pero no según nuestros cánones. El está en la fuerza de los remeros, en la seguridad del timonel, en la mirada del que escruta el horizonte, en las manos que achican el agua que amenaza con inundarlo todo. Todo hombre está provisto de inteligencia, de habilidades, de capacidad de discernimiento para que no nos sintamos desasistidos. Dios quiere salvarnos, pero no suplantándonos: No interviene en mi lugar sino conmigo. No me protege del miedo, me acompaña en el miedo. No nos ha salvado de la Cruz, nos ha salvado en la Cruz.

Toda nuestra existencia puede ser descrita como una travesía peligrosa, como un pasar a la otra orilla, como _ un ir pasando (pascua) a la orilla de la madurez, al ámbito de la responsabilidad, de la bondad, de los sueños que llevamos dentro… A la orilla de una fe adulta, madur. Una travesía es el matrimonio, una travesía es el futuro que se abre ante un niño; una travesía accidentada es recomponer heridas, crear nuevos lazos con nuevas personas; superar el miedo, acoger emigrantes y pobres, mantenernos serenos y confiados en esta Iglesia inacabada y tantas veces batida por los elementos…
¡Sin duda, hay tantos riesgos en una travesía! Las había en aquella travesía del lago…Pero las barcas son para eso, para navegar a pesar de las dificultades, no están hechas para estar amarradas en los diques del muelle.
Es ahí, en la dificultad, donde los discípulos se sienten interpelados y comienzan a intuir la identidad del que está con ellos…¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?

Probablemente el evangelista, al recoger este episodio en su evangelio, ha querido lanzar un mensaje a la comunidad cristiana de entonces, enfrentada a persecuciones y quizá desconcertada por el silencio de Dios. Por tanto es un texto que, sobre todo, interpela y remite a la densidad de nuestra fe. Jesús, con la pregunta que hace – «¿Por qué tienen miedo?» – pasa del asombro de los discípulos a la fe madura y adulta que debe habitar el corazón del discípulo.

Esta es, sin duda, la pregunta clave: Ante el poder de Jesús, es normal maravillarse y es lógico que se pregunten, fascinados por la fuerza de su palabra: ¿Quién es éste? Pero eso no basta para conocer a Jesús: Los milagros realizados por Jesús manifiestan su origen, su mesianismo, pero no son suficientes para captar hasta qué punto Jesús ama y hasta dónde ama…Para captar estas dimensiones rotundas y claves de la vida del Señor, es preciso mirar a la Cruz.. Sin duda Dios se manifiesta en la fuerza de los milagros, pero sobre todo se manifiesta sin equívocos en el amor y en la entrega de su vida hasta lo imposible.

“¡Hombres de poca fe…!” Se puede ser un “hombre de poca fe”, porque uno no se atreve a dejar nada, a comprometerse en nada para seguir a Jesús, pero también se puede ser “hombre de poca fe”, porque incluso, habiéndolo dejado todo, tratamos de que Dios se convierta en un salvoconducto, en un seguro contra todo riesgo…Pretendemos manipularlo, porque sólo aceptamos una presencia del Señor siempre potente, activa, victoriosa, consoladora y verificable… Y esta es también una fe inmadura, porque confunde el silencio con la ausencia.

Como afirma un gran teólogo: “Dios no libra de la tormenta, sino en la tormenta; Dios no libra de la Cruz, sino en la Cruz… «

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