(Macos 3, 20 – 35)
Lo que Jesús hace y dice, crea adhesiones entre los que escuchan, pero también suscita rechazo. Es la eterna historia que nos divide y nos enfrenta; la vida es un discernir permanente que crea en nosotros la necesidad de elegir o no, lo que se nos propone o vamos descubriendo. La libertad es eso.
El texto del evangelio que hemos proclamado está compuesto de tres momentos o partes. San Marcos, después de recordarnos el éxito inicial de Jesús, dejando constancia de cómo las multitudes le escuchaban y de cómo los primeros discípulos se adherían a él, nos ofrece dos testimonios negativos del rechazo que también suscitaba: Uno era de su familia, a la que Marcos define como “los suyos,” el otro era de los escribas, llegados de la ciudad santa de Jerusalén; el tercer episodio afecta a su familia carnal.
Vayamos por partes: Hasta tal punto la muchedumbre asediaba al joven rabí, llegado de Nazaret, que “ni siquiera tenían tiempo para comer”, así nos pinta Marcos la situación. Ante este panorama su familia vive preocupada, – Marcos habla de los” suyos” y posiblemente se refiera a sus amigos y a sus parientes en el sentido amplio del término. –
Los “suyos” piensan que ha perdido la chaveta, que está chiflado y pretenden que se tome un descanso; posiblemente actúan con la mejor voluntad del mundo y, siendo como son sus amigos, se preocupan de su salud, pretenden incluso con la fuerza, obligarlo a volver a su casa, traerlo de vuelta a su pueblo. El juicio de sus conocidos y amigos de toda la vida, es durísimo. No entienden para nada su actividad; su dedicación gratuita y total a los demás no les cabe en la cabeza; no entienden su predicación y les parece exagerada su disponibilidad incondicional …
Nos pasa con frecuencia a todos…Cuando vemos a alguien que se entrega sin fisura a un ideal o a una causa noble que, para más inri llamamos causa perdida, solemos hablar de fanatismo, locura, ingenuidad o buenismo útil…Y, por supuesto, si en nuestra familia o en nuestro círculo personal descubrimos a alguien vocacionado hasta ese punto, eso lo percibimos como una mala noticia, como algo negativo que, si está en nuestra manos, intentamos no apoyarlo o “quitárselo de la cabeza…Aunque luego resulte que son los que han abierto en la historia caminos nuevos
Es la historia de los grandes hombres: De un Ghandi, un Luther King o un Francisco de Asís…Es la historia de los que, de pronto, se buscan problemas con sus acciones contra lo gregariamente impuesto o la domesticación institucional.
Nos pasa también con el Evangelio, nos pasa con Dios, y nos pasa a nosotros, que nos decimos religiosos… Pensamos y defendemos que, incluso, el Evangelio hay que entenderlo con cautela y que no hay que exagerar las cosa: «De acuerdo, debemos servir, pero sin exagerar, sin romper el término medio en el que cada uno situamos la virtud… Debemos ser generosos y solidarios, pero sin traspasar los límites del sentido común…»Aunque no sepamos muy bien en qué consiste el sentido común
El otro grupo crítico ante la actividad y la enseñanza de Jesús es más sibilino. Son los escribas, los teólogos del momento, los peritos en la Palabra de Dios. Como no pueden negar la oposición rotunda y clara de Jesús frente a la actividad del demonio, tratan de descalificarle y de desacreditar su actividad sanadora. Sus exorcismos, arguyen, son pura magia destinada a seducir a las masas: “Expulsa a los demonios por el poder que le da el mismo demonio”.
Frente a esta explicación de los especialistas en derecho religioso, que sin duda introduce la inseguridad y las dudas entre las muchedumbres que se arremolinan en torno a Jesús, el Maestro recurre al sentido común («Satanás no puede hacerse la guerra a sí mismo») y añade a continuación la explicación que cualquier persona de buena voluntad entiende que es la más lógica y obvia: “Si el demonio es expulsado y es vencido”, es porque ha llegado uno que “es más fuerte” que Satanás, e inmediatamente, Jesús emite un juicio sobre la forma maliciosa de actuar de los escribas, dejando claro para siempre la gravedad de su forma de proceder: Es el pecado contra el Espíritu Santo, pecado que es imperdonable, afirma Cristo, porque es un pecado que nace de la obstinación y el engreimiento de quien rechaza la evidencia de lo que no quiere ver. Este no es un pecado de débiles o de personas que buscan, sino todo lo contrario, es el pecado de quien cree tener siempre la verdad, de hombres prepotentes y endiosados que no escuchan, ni aceptan nunca cualquier aportación que ponga en peligro su seguridad.
La última secuencia del guión que Marcos nos ofrece, detiene el foco sobre la gente, que sentada en torno a Jesús escucha su enseñanza. La actitud es evidente. Imagínenselo y reconstruyan visualmente la escena: La gente está sentada, escucha, la mirada fija en el maestro…Los familiares, en cambio está fuera, de pie. Ya la simple imagen, nos está hablando: Unos dentro expectantes,atentos a la Palabra y otros fuera, de pie, ocupados en lo suyo….
De la escena emerge una simbología que va más allá de las palabras…Jesús nos dice: No basta pertenecer a su familia de sangre para sentirse automáticamente parte de su discipulado…Y esto afecta a todos, no excluye a nadie, también afecta a sus familiares y a su misma madre…Todos. (evidentemente, también su madre y hermanos, pueden estar incluidos en los que cumplen estas condiciones) deben ser oyentes y dóciles a la Palabra de Dios.
Jesús con su pregunta y con su respuesta establece una línea divisoria entre su verdadera familia y la familia de sangre, dejando claro qué es aquello que constituye la identidad de “su” nueva parentela. Obviamente las palabras de Jesús no pretenden crear polémica, ni contraponer una familia a la otra, tratando de despreciar a la familia de sangre. Lo que Jesús trata de subrayar es la primacía del Reino de Dios frente a cualquier otra situación, también frente a la familia de sangre…Y esto nos afecta a todos, también a Jesús, también a sus seguidores, también a la familia natural: La escucha de la Palabra y la vida han de ir siempre de la mano.
Ante la persona y la actividad de Jesús, también nosotros nos sentimos provocados a definirnos… ¿Qué haremos? ¿Qué hago?

