Evangelio del domingo V del T. Ordinario (B)

(Marcos 1,29-39)

El evangelio de este domingo  nos describe un día cualquiera en la vida de Jesús. Es sábado, Jesús está en Cafarnaúm y cuando sale de la sinagoga  va a casa de Simón. Ese día «empieza» la Iglesia. Y comienza junto a una mujer mayor, frágil, “la suegra de Simón estaba en cama con fiebre”. Jesús la toma de la mano y la levanta. La libera, y ella, dejando atrás sus problemas, se ocupa de la felicidad de los otros, que es lo que realmente prueba  estar verdaderamente curado: “Ella se puso a servirles»- Marcos usa el mismo verbo empleado en el relato de los ángeles que servían a Jesús en el desierto después de vencer las tentaciones. Aquella mujer, considerada por la cultura de entonces como un ser inútil, es comparada por el Evangelio a los mismos ángeles, las criaturas más próximas a Dios. Este relato de un milagro menor, poco vistoso, sin ni siquiera una sola palabra por parte de Jesús, nos puede ayudar a confrontarnos con nuestras fiebres y problemas, con nuestras ansias y conflictos. Nos puede ayudar a darnos cuenta de que todo límite humano, por pequeño que sea, es el espacio donde Dios actúa

A la tarde, cuando se puso el sol, terminado el sábado con sus prohibiciones (estaba prohibido hasta visitar a un enfermo), todo el sufrimiento de Cafarnaúm se da cita a las puertas de la casa de Pedro. Todo el dolor de la ciudad delante de Jesús, de pie, entre la casa y la plaza del pueblo, entre la casa y la calle. A Jesús le gustan las puertas abiertas, las puertas que permiten entrar al sol y a las estrellas, las puertas que nos permiten a nosotros entrar y salir. Aquellas curaciones realizadas al atardecer de aquel día, cuando empezaba para los judíos el nuevo día, son una forma de dar la bienvenida a ese mundo nuevo que Jesús anuncia. En el texto, incluso, podemos evocar cierta similitud con el ritmo del tiempo que encontramos en el Génesis: “y atardeció y amaneció.” El milagro aparece  como el inicio de un día nuevo, el día primero de una vida saneada, encaminada hacia la plenitud, hacia la floración total.

Cuando se hizo de noche, se fue a un lugar secreto y se puso a orar. Un día y una tarde para pensar en el hombre y una noche y un amanecer para pensar en Dios. Porque ahí están las dos fuentes de dónde hemos de beber permanentemente: Dios y el hombre, nadie puede vivir sin mojar sus labios en estas fuentes secretas. Primero Dios, y esto lo experimenta Jesús de forma singular: Aún asediado por el gentío sabe inventar espacios para encontrarse con Dios. ¡¡De noche!! Es ese espacio el que  mantiene su alma siempre en paz, el que mantiene su vida siempre en equilibrio.

Simón lo busca, pero no es la búsqueda de alguien que quiere seguir sus pasos, sino alguien que movido por la ansiedad, trata de dictarle su agenda: lo encuentra y le interrumpe en la oración: “Todos te están buscando.” Todos preguntan por ti …Y tú, ahí, perdiendo el tiempo. Has tenido un gran éxito entre mis paisanos – le viene a decir Pedro – no lo eches a perder.

Y Jesús tiene con Pedro su primer choque. El no piensa igual que Pedro…Y le dice: No, vámonos a otra parte. Recorramos otras aldeas y pueblos, porque allí también hay gente que necesita levantarse de sus fiebres,  también allí hay sufrimiento del que liberarse.

Ojo, con nuestras evasiones y nuestras búsquedas egoístas, cuidado con nuestras pérdidas de tiempo acariciando el éxito o entreteniéndonos con aquellos que ya están dentro: Jesús, mientras caminaba…Iba anunciando el Evangelio del Reino y curando todo el mal que dificulta vivir. Más allá de nuestros templos y procesiones, más allá de nuestras novenas y  grupos con los que nos identificamos y nos sentimos cómodos;  nos sentimos en casa, hay vida, hay ancianas que levantar; hay dolores que curar; hay espacios y hay personas donde Dios nos espera.

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