Evangelio del Domingo V de Pascua (B)

(Juan 15,1-8)

Estamos en plena Pascua: Domingo V de Pascua. Es conmovedor ver cómo la liturgia de la Iglesia nos presenta cada domingo lo único importante y diferente que los cristianos podemos aportar a nuestra sociedad y lo único importante, no es un sublime código de moral, ni siquiera es el perdón…Lo único importante y diferente es una persona, es Jesucristo.

El pasado domingo el mismo Jesús empleaba una imagen de su entorno rural, la imagen del Buen Pastor que “da la vida”, para que profundizáramos en su identidad…Hoy utiliza de nuevo una imagen del mundo agrícola: Nos habla de la vid, de la cepa y de las ramas de la vid para que le entendamos y nos entendamos también a nosotros…Quizás, como nunca, en nuestras viejas sociedades recorridas por el cristianismo, nos estamos jugando el futuro y no podemos descartar la advertencia de Jesús ante el semáforo amarillo que se ha encendido: “No se separen de mi…PERMANEZCAN en mi…” No hay otra forma de resistir.

Según el relato de Juan, es en la víspera de su muerte cuando Jesús revela a sus discípulos su más profundo deseo: “¡Permanezcan en mi…!” Jesús conoce las cobardías de sus discípulos, su mediocridad. En ocasiones, les ha recriminado incluso, su poca fe…Y les dice: “Si no permanecen vitalmente unidos a mí, no tienen nada que hacer”. Pero Jesús al hablar así, no habla de la dependencia del siervo frente al patrón, sino más bien de la comunión que circula entre amigos, de una relación mutua: “Si permanecen en mí y yo en ustedes.”

En esta sociedad en la que vivimos, que hemos calificado de sociedad “líquida” por la falta de referencias y valores estables; en esta sociedad en la que a muchos les cuesta incluso proclamarse cristianos y en la que todo parece aceptarse por el simple hecho de que se puede hacer; en esta sociedad en la que los principios se confunden con opiniones y donde impera el relativismo…En esta sociedad en la que todo cambia a ritmo de locura, “PERMANECER” no es fácil. Por eso, es importante escuchar a Jesús, que no duda en decirnos también a nosotros: “Si no permanecen en mi…Si no se mantienen firmes en lo que han aprendido de mí, si no hay encuentro personal entre nosotros, no pueden hacer nada”. En resumen:Si no vivimos del Espíritu de Jesús, lo iniciado por Jesús terminará extinguiéndose. Jesús es rotundo a este respecto: “Yo soy la vid, ustedes son los sarmientos…” Si la savia que corre por la vid no revitaliza el sarmiento, esa rama se seca y no sirve sino para el fuego.

Pero Jesús, no sólo les pide a sus discípulos y a cada uno de nosotros “permanecer en él”, sino que les dice y nos dice que es necesario que sus “palabras permanezcan también en nosotros”, que no olvidemos su evangelio. Esa es la fuente donde hemos de beber y la referencia con la que confrontarnos permanentemente…Jesús ya nos lo había dicho: “Mi palabra es espíritu y es vida”.

El Espíritu del Resucitado permanece hoy vivo y operante en su Iglesia de mil maneras, bastaría solo repasar las innumerables personas que se dedican a los más necesitados en las innumerables iniciativas puestas en marcha para paliar las necesidades de todo tipo, en las miles y miles de personas que dedican su tiempo libremente, gratuitamente a los otros, para darnos cuenta cómo el Espíritu moviliza y actúa hoy en la Iglesia. Pero su presencia invisible y callada, adquiere rasgos y voz concreta gracias al recuerdo guardado en los evangelios, textos escritos por los que le siguieron desde el principio y le conocieron de cerca. En los evangelios nos ponemos en contacto con la persona de Cristo, con su mensaje, con su estilo de vida, con su proyecto. Por eso los evangelios deben convertirse para cada cristiano en la fuerza más poderosa para mantener o recuperar nuestra identidad…No hay programación, propuesta pastoral válida para los cristianos, que no pase por ahí.

Hoy hablamos de nueva evangelización y es verdad…Hemos de evangelizar de nuevo y, por eso, no podemos dar por hecho lo que no es cierto, que nuestra sociedad occidental, nuestros cristianos de siempre, están ya evangelizados… Muchos de nuestros ambientes ignoran a Jesús, no lo conocen en profundidad…Pero es posible que tampoco nosotros hayamos tenido una relación personal con Jesús; es posible que sólo conozcamos a Jesús de segunda mano y necesitemos también interpelarnos, preguntarnos: ¿Realmente la palabra de Jesús permanece en mí, es Espíritu que me motiva, que genera en mí compromiso, que me da vida?

Y una última mirada sobre el Evangelio de hoy: Jesús nos habla de Él y también nos habla de nosotros. Nos dice: “Yo soy la vida…Ustedes son los sarmientos”. Pero también nos habla del Padre Dios: Jesús nos dice que Dios es un apasionado agricultor, un enamorado de su viña, Alguien que pone toda su inteligencia en que cada uno de nosotros dé fruto y dé fruto abundante… Dios no es un solterón que vive en la estratosfera, observando desde la grada del Infinito, la historia…No. El Padre nos cuida, nos poda, se ensucia sus manos con la tierra de nuestra vida… Esta es la imagen que Jesús despliega ante nosotros de Dios…En esa imagen, Jesús hace referencia indirecta a unas manos llenas, no a unas manos limpias…En el momento de la vendimia, lo que importa es lo que hayamos cosechado de bueno y bello en nuestra vida, en la Iglesia, en la familia…“Con esto recibe gloria mi Padre, – concluye el Evangelio de hoy- con que den fruto abundante…Así serán discípulos míos”.

¡Qué panorama y qué tarea! Dios nos llama a la movilización, a generar vida, a traducir en obras nuestras palabras…Y es que la moral evangélica – en ello insiste una vez más la Palabra, – consiste en ser fecundos, en dar vida, en producir buenos frutos…No en el simple cumplimiento de unas normas.

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