Evangelio del domingo V de Cuaresma (Ciclo B)

(Juan 12,20-33)

“Queremos ver a Jesús”. Esta es la motivación y el deseo de todos los buscadores de siempre…En el Evangelio son unos griegos los que expresan abiertamente esta demanda, pero también es mi deseo como creyente y, sin duda, también el tuyo. ”Si lo hubiéramos visto”, pensamos con frecuencia, todo sería más claro y más accesible. Y es que cuando expresamos el deseo de verlo, esperamos un flas de luz…Una atracción imparable que se convierta en signo de su fuerza, de su poderío.

Esto nos pasa, más o menos a todos, “queremos ver a Jesús…Y, sin embargo, cuando hacemos lo imposible para “verlo”, Jesús nos remite a concentrar nuestra mirada en la humedad de la tierra, donde una semilla diminuta se descompone y a mirar a lo alto de una colina donde un relámpago acaricia una Cruz que se convierte en punto de encuentro y de convocación…

El texto que acabamos de proclamar forma parte del último discurso público de Jesús y aquellos griegos, probablemente paganos, se convierten en símbolo de la universalidad que pronto nacerá de la Cruz. Aquellos hombres quieren “ver” a Jesús, y no es simple curiosidad, es deseo de “creer”, de “conocer” de verdad, que es lo que Juan entiende por “ver” en su Evangelio.

Hagamos silencio para poder comprender… La palabras de Jesús requieren una mirada profunda, detenernos…“Si quieren entenderme…Si verdaderamente desean saber quién soy yo…Si quieren “verme”, – dice Jesús,- miren el grano de trigo, miren la Cruz.” De esta forma convierte el grano de trigo y la Cruz en síntesis, en resumen humilde y vital de su vida.

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo; pero, si muere, PRODUCE mucho fruto.” Es esta una frase difícil e incluso, puede ser peligrosa, si se entiende mal. Peligrosa porque, si se entiende mal, puede justificar una visión infeliz y mortificante de la religión; una visión simplemente fatigosa de la vida, entendida como un fracaso. Por eso, digo, que es importante detenernos y dejarnos habitar por la fuerza de la Palabra, advirtiendo que Juan en su Evangelio, habla siempre de la Cruz en términos de gloria…”Cuando sea levantado, todo lo atraeré hacia mí”…La Cruz como fuerza de atracción, como amor hasta el límite, como comunión y solidaridad con todos los crucificados del mundo, como prueba contundente que cohesiona el sentido de la vida y como muerte que genera futuro.

“Si el grano de trigo no muere, se muere” Pero, “si muere – y aquí aparece otro verbo potente, decisivo…- PRODUCE mucho fruto”. El trigo cuando “muere” en tierra “produce…” El acento, por tanto, no está en la muerte, sino en la vida. Lo que da gloria a Dios no es la muerte, sino la vida, el abundante fruto bueno que emerge de aquel grano muerto, gastado hasta el límite.

Las paradojas de Dios- Nunca nos acostumbramos a ellas: “Perder para encontrar, dar para poseer, morir para dar vida”
Así actúa Dios, desplegando una rara belleza, pero belleza, al fin y al cabo. La belleza de un Dios que se pone en el último puesto para proclamar la dignidad de todos y levantar a todos…”A un Dios así nunca se acostumbra uno,” dirá el Papa Francisco. Nosotros buscamos a Dios en lo que llama la atención, en lo que nos supera, en lo grande y El nos cita en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo injustamente excluido…

Así actúa Dios, envolviendo lo grande en lo diminuto, el universo en el átomo, el árbol en la semilla, el hombre en el embrión, la eternidad en el instante, el amor en el corazón, El mismo en nosotros…

Resumimos: El Evangelio de hoy nos presenta a unos griegos que quieren ver a Jesús…Nos representan a todos, también a ti, a mi… Y Jesús se deja “ver”: Es como una humilde semilla y su punto de encuentro y convocación es la Cruz, límite del abatimiento y de la entrega…Su fuerza y su atracción nace de darse, de gastarse, del servicio … En ese movimiento hay belleza y hay futuro…Y ese dinamismo, como el de la semilla, es productivo, porque cualquier gesto de amor siempre es bello, siempre es efectivo y simpre atrae…

Entonces, una voz, venida del cielo, nos dice el evangelista, ratificó la opción de Cristo, lo proclamó para siempre y lo dejó escrito en el viento de la historia para que no nos quedara dudas de qué lado está Dios y cómo actúa…

“¡¡Lo he glorificado y en adelante lo glorificaré!!”

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