Evangelio del domingo IV de Pascua (B)

(Juan 10, 11-18)

“Yo soy el buen pastor”… Si hay un título, entre los que Jesús se ha dado a sí mismo, que desarma y al mismo tiempo es un título desarmado, es el de “buen pastor”. Una imagen, sin duda, lejana a nuestra cultura urbana e incluso negativa, por la idea gregaria que supone el término “rebaño” para la mentalidad del momento. Sin embargo, más allá de la imagen tal vez lejana culturalmente, lo que se esconde tras ese término de “buen pastor”, no tiene nada de romántico: Jesús es un pastor “bueno y combativo”; no huye, tiene valor y arriesga su vida para defender a sus ovejas de los lobos depredadores.

En contra de lo que hace el mercenario que lo único que le interesa es su beneficio personal, el ”buen pastor” conoce, lucha, se enfrenta al fuerte y al poderoso; defiende al débil, al que se encuentra en inferioridad de condiciones. Todos nos sentimos rápidamente atraídos por alguien así, aunque luego no lo imitemos. Es fácil encontrar belleza en una persona que entiende su vida como una donación, como un servicio al más débil. Es fácil sentirnos atraídos por una persona apasionada y valiente frente a la injusticia, el abuso o la fragilidad humana.

Lo hemos visto a menudo…Por ejemplo en esos profesionales que exponen su vida, que incluso pierden su vida, para dar vida. En esos hombres y mujeres, que dejan todo, y se entregan a un servicio misionero, solidario, para crear condiciones más humanas en otras partes del mundo mucho más frágiles y pobres, mucho más penosas e insalubres, a costa de su propia salud.

El Buen pastor DA su vida. “Dar la vida por sus ovejas” es mucho más que cuidar del ganado. Estamos tocando ese hilo finísimo que recorre y unifica toda la acción de Dios a través de la historia: La obra de Dios es “DAR siempre y para siempre vida.” Tener claro esto es fundamental para entender lo que significa “ser” cristiano.
Jesús no ha venido para ofrecernos un sistema de pensamiento o un código de normas, sino para “darnos más vida”. Ha venido para que nuestra vida crezca y florezca en todas sus formas.

El mundo, nuestra sociedad, tiene necesidad del inconformismo cristiano, tiene necesidad de nuestra aportación. Con frecuencia hablamos de las raíces cristianas de nuestra sociedad europea y, evidentemente, es un hecho, están ahí, pero más que ser las raíces de Europa, que pueden haberse secado o muerto, nuestra aportación cristiana a la sociedad de hoy, tanto en Europa como en el resto del mundo, sigue siendo necesaria: el mundo, nuestra sociedad, tiene necesidad de la savia, de la linfa cristiana.

¿Y en qué consiste la linfa cristiana? ¿En qué consiste la savia divina? En uno de sus discursos San Pedro lo deja claro: Jesús es “autor de vida”, es generador de vida…Es artesano, sanador de vida. Es lo que, dentro de unos momentos afirmaremos en la Plegaria Eucarística III que usaremos hoy: “Tú que, por el Espíritu, DAS VIDA y santificas todo”. Savia divina, por tanto, es todo lo que da vida, lo que ayuda a vivir, lo que genera esperanza.

Sólo así, cuando en cada suspiro nuestro, en cada gesto nuestro, seamos capaces de identificar el gesto y la mirada de Jesús, que nos transmiten su forma de amar y de trabajar por la vida, podremos contrarrestar a los asalariados que no son “pastores,” (aunque se llamen pastores), a los “lobos” del momento, que sólo aportan muerte y humillación. Sólo cuando nosotros seamos capaces de “DAR” y arriesgar por los más débiles, seremos capaces de desenmascarar a aquellos que no sólo no sirven a sus ovejas, sino que se aprovechan de ellas.

Jesús nos conoce y no nos trata de forma gregaria: Nos conoce uno a uno, por nuestro propio nombre. Este es el perfil exacto del buen pastor: Dar la vida y conocer a cada una de sus ovejas. El está dispuesto a dar la vida por cada uno de nosotros y cada uno de nosotros está presente en su corazón con su propia historia. Por eso, nos repite, como un mantra de enamorado: “Tú eres importante para mí, yo cuidaré de tu felicidad”.

Hoy día, hay lobos, muchos lobos…A muchos los identificamos rápidamente, pero otros se agazapan y se travisten incluso de ovejas. Posiblemente son más numerosos que los corderos, pero no son más fuertes. Porque, si nos sentimos atraídos por este “buen” Pastor, si nos sentimos suyos, si conocemos su nombre y nos sentimos parte de su discipulado, podremos resistir y combatir, podremos arriesgar, podremos DAR, porque le conocemos, llevamos dentro un pedazo de su fuerza, porque llevamos dentro un trozo de Dios…Podremos arriesgar, porque vivimos de su misma vida…En la alegoría de San Juan, como vemos, no sólo se describe al Buen Pastor que, sin duda, es el tema principal, sino también se nos describe a nosotros que somos sus ovejas.

“El Señor es mi pastor, nada me falta… En verdes praderas me hace recostar…Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque Tu vas conmigo…Tu vara y tu cayado me sosiegan…”

Es hermoso rezar así con el salmista y es gratificante experimentar, sentir, que estamos en buenas manos, mientras le seguimos por el sendero que nos traza, siendo conscientes de lo que Jesús  nos advierte al final de este texto, que su preocupación y sus pensamientos no terminan en nosotros los que le seguimos y ya le conocemos, sino que, al mismo tiempo y por el mismo título, abarcan también a las ovejas que están fuera y no le conocen.

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