Evangelio del domingo IV de Cuaresma (B)

(Juan 3,14-21)

“Dios ha amado tanto al mundo que le ha entregado a su Hijo.” Esta frase es el centro y la clave para entender la historia entre el hombre y Dios:”… “Dios ha amado” un verbo que habla de un pasado que sigue realizándose en el presente y de un amor que lo abarca todo: La historia humana, recuerda un teólogo, empieza con un” eres amado y termina con un amarás”. Es la alegre noticia que hoy nos trae el evangelio y que debemos repetirnos cada día cuando despertamos; es el sentimiento, la convicción, que jamás deberíamos olvidar cuando nos visita la dificultad o nos reta un serio desafío: “Dios me ama”. Soy cristiano, no porque yo amo a Dios, sino porque Dios me ama. Somos cristianos, no porque amamos a Dios, sino porque creemos que Dios nos ha amado. El es el que ha tomado la iniciativa, el que nos ha amado primero.

Vivimos en una sociedad líquida. Nos cuesta hacer pie en algo firme y duradero. Los valores ya no sabemos ni lo que son y se detectan signos cada vez más graves de desamor a la vida; en una sociedad, en la que la indiferencia asume rasgos patológicos y se hace global, emergen colectivos de personas cuyo único recurso es el conformismo, el aislamiento y hasta el pietismo egocéntrico…En una sociedad así, no es fácil captar lo que puede decirnos una declaración como ésta: “Dios nos ha amado.” Nos cuesta creerlo y la mayoría de las veces nos sentimos ante Dios como uno de esos concursantes que compiten con otros concursantes y salen al escenario a demostrar quién es el mejor. Todos se sienten obligados a agradar al jurado que les mira tras un gesto adusto, impasible, distante, porque saben que su actuación se cortará tan pronto no se ajuste a lo que aquel jurado considera correcto… Vivir la vida ante un Dios así, distante, frío, exigente, controlador, no es fácil… ¿Ante un Dios así quien podría resistir? Pero Dios no ha enviado su hijo al mundo para “juzgar” al mundo, sino para que el mundo “se salve”: Dios no vive interesado en la instrucción de atestados o en la incoación de procesos, que evidencien si merecemos o no, ser condenados o ser perdonados. No lo está, ni ahora, ni en el último momento. La vida, nuestra vida delante de Dios, no vale en proporción a nuestros méritos, sino en proporción y en la medida de nuestro amor…Recuerden aquello que dijo el mismo Jesús cuando le criticaban por dejarse lavar los pies por una mujer pecadora…” A esta mujer se le perdona por que ama mucho”.

Otro signo de nuestro tiempo, además de la globalización de la indiferencia y la inestabilidad de nuestras convicciones, es el endurecimiento del corazón: Las personas cuyo recurso es aislarse, mirar para otro lado, creen no necesitar de nadie, viven congeladas afectivamente y se desentienden de todo, defendiendo así su pequeña felicidad, cada vez más precaria y cada vez más triste, porque estamos hechos para abrirnos a los otros, para comunicarnos y vivir intensamente. De ahí la búsqueda en nuestra misma sociedad del contacto personal íntimo, la búsqueda del encuentro con la naturaleza o el rastreo permanente de experiencias siempre nuevas que nos ofrezcan argumento, emociones, respuestas oportunistas, para “sobrevivir”. ¿Pero, cómo sobrevivir? Todos necesitamos algo más que motivos puntuales o reduccionistas para sobrevivir y para darle sentido global a la vida.

Es triste para nosotros creyentes que no descubramos y no experimentemos nuestra fe como una fuerza, como energía, como vida. ¿De verdad, estamos convencidos de que creer en Jesucristo es fuente de vida, de vida eterna? ¿Vivimos ya, desde ahora, algo definitivo y nuevo, que no está sujeto ni siquiera a la incidencia de la muerte?
Con frecuencia olvidamos a ese Dios cercano que anima y sostiene nuestra existencia, que nos urge ya, desde ahora, a una vida más plena. Sin embargo ser cristiano es eso: “Sentirnos queridos por Dios”. Todos lo experimentamos, lo hemos experimentado alguna vez: Cuando nos sentimos amados, la vida se redobla, aumenta la fuerza y crecen las ganas, somos felices. Cuando nos sentimos amados de Dios, entonces cada gesto de ternura, de servicio, cada minuto que doy a los demás lleva la impronta de Dios, multiplica el amor, abre una ventana al infinito.

“Dios nos ha amado y también nosotros hemos de amar…”No para salvar a nadie, que Dios es el que salva, sino simplemente para amarlo, para reconocerlo, para experimentar la alegría. Sólo desde la experiencia de sentirnos amados y amar, podemos hablar de Dios, entre otras cosas, porque nadie da lo que no tiene. Hermoso mensaje el de hoy…No lo olvidemos y en este ecuador de la Cuaresma, hoy domingo laetare, pongamos en fiesta nuestro corazón: “Dios nos ha amado tanto que nos ha entregado a su hijo, no para juzgarnos, sino para salvarnos”.

¡Qué suerte hemos tenido!

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