(Lc 1, 39-45)
Estamos a las puertas de Navidad. Y, a pesar de las dificultades del momento, de las guerras o catástrofes naturales, lo notamos en las calles, en los centros comerciales, en el ir y venir de la gente ocupada como nunca a lo largo del año; las luces, la machacona publicidad, las compras…Todo nos habla de que este año, a pesar de todo, también hay fiesta. ¿Pero es ésta la verdadera fiesta de Navidad?
El evangelio de este último domingo de Adviento, nos habla de nombres concretos, de pueblos, de tiempos, de sentimientos. Lo que acontece en Navidad no sucede en un país de cuento, sino aquí, entre nosotros. Todo es real como la vida misma; Todo aconteció de forma menos bulliciosa e idílica, pero más determinante para la historia y para nuestra vida de creyentes. Veamos:
Hoy el Evangelio nos presenta a dos mujeres, las dos son madres primerizas que han concebido en una situación fuera de lo común. La Navidad está a la puerta, Dios viene, estás cerca, y el Evangelio nos ofrece como modelos de acogida a dos mujeres que esperan. “Esperar”, “acoger” ambos podríamos decir que son el infinitivo del verbo “Amar”.
El texto de Evangelio de hoy es un texto para orar contemplándolo: En él, Lucas pone de manifiesto el genio, el talante femenino, la complicidad entre dos mujeres, María y su prima Isabel. Solas no saben si podrían llevar adelante todo el peso del Misterio que llevan dentro, pero juntas, harán que la Casa de Dios se llene de vida.
María “se puso en camino” y fue “a prisa”, como empujada, a la casa de Zacarías e Isabel… A la montaña. La reacción inmediata de María a la Palabra de Dios que le dirige el ángel Gabriel es “levantarse” y “partir” “a prisa”. Camina empujada, en parte, por el futuro que se ha abierto ante sus pasos y, en parte, por el fruto que lleva dentro, que le da alas; no sólo para caminar ligera desde Nazaret a In-Karin en Judea, sino también porque hace nacer en ella el canto, la alegría. María aparece como una mujer joven que emana alegría, libertad, frescura.
Entrando en casa de Zacarías saludó a Isabel y la anciana, capturada también por el Misterio de Dios, bendice a María y la declara bendita entre todas las mujeres…Mientras su esposo Zacarías, sacerdote del Templo y profesional de lo sagrado, permanece mudo, Dios se deja acariciar por una mujer laica, anciana…, por lo aparentemente pequeño…por lo que no cuenta. E Isabel bendice a María…” ¡Bendita tú!”: A donde llega Dios, siempre llega la bendición, una fuerza que nos hace crecer y multiplicarnos.
Las primeras profetas del Nuevo Testamento, son dos mujeres, y del abrazo de estas dos mujeres surge el canto sublime del Magnificat: Es en el espacio de los afectos, en el corazón de las relaciones humanas, en el ámbito de la ternura, donde Dios se hace Sacramento.
“Mi alma le canta al Señor”, entona María…Es el canto más revolucionario del nuevo Testamento. Todo se vuelve al revés, los poderosos, los ricos, los engreídos caen por tierra y los que no cuentan, los hambrientos, los buscadores y artesanos de paz, son reivindicados por Dios.
Es hermoso constatar que la presencia de Dios tiene el efecto de una música, de una energía gratificante, que hace cantar a María, bailar a Juan en las entrañas de su madre y a ésta, Isabel, gritar agradecida, agitada por el Espíritu…Es magnífica la escena, contemplémosla: “Isabel empieza a batir el ritmo y María entona la melodía, hace de solista. Y en el centro, en la pista de baile que son los vientres de aquellas mujeres, los niños danzan”.
Mientras la mayoría de nosotros entendemos la venida de Dios como la visita de un inspector, como un examen a superar ante el tribunal de turno o como un dedo que nos apunta…María siente a Dios como una bocanada de aire fresco, como un paso de danza a dos, como una energía que la moviliza y la empuja a servir sin reparar en distancias de cualquier tipo.
En este domingo, el Evangelio, presentándonos la visita de María a su prima Isabel, nos dice que todas nuestras visitas, todos nuestros encuentros, todos nuestros caminos hacia el otro, todos nuestros empeños por tender puentes, son siempre bien vistos por Dios, bendecidos por El, llevan siempre el sello de lo divino.
La Navidad significa justamente esto: Todo cuerpo, todo hombre y toda mujer, todo gesto portador de vida, cargado de ternura y de atención al otro, son una ventana del cielo por donde Dios se asoma.
Para encontrarse y acoger a Dios es importante acoger al hombre: En toda carne, en el interior de todo ser humano, late un corazón, late una presencia que nos hace divinos. Por encima de nuestro pequeño corazón, late otro corazón mayor, como en toda madre gestante. Esa madre gestante es Dios y ese corazón diminuto somos cada uno de nosotros. Ser conscientes de esto cambia nuestra mirada, da belleza a nuestros encuentros; una belleza que nos hace a todos únicos.
Ser cristianos, es eso: Creer que la presencia de Dios nos habita y nos hace sagrados, nos hace sacramentos de ese Dios «en el que vivimos, en el que estamos y en el que nos movemos». Ese Dios, que se llama Enmanuel y se hizo carne, se hizo fragilidad, se hizo hombre para hacernos a todos nosotros Dios…
Esto es Navidad.

