Evangelio del domingo III de Pascua (B)

 

(Lc. 24,35_48)

Comienza el Evangelio aludiéndonos a Emaús. Una aldea cercana a Jerusalén que se convierte para nosotros en un símbolo de todos esos caminos que emprendemos en la vida y terminan remitiéndonos al punto de partida, a nuestra casa de siempre, cargados con nuestros sueños desvanecidos y nuestras decepciones. Pensemos en tantas parejas rotas, en tantas ilusiones o proyectos fracasados.

Los que caminan hacia Emaús son una pareja de hombres jóvenes que huyen de Jerusalén con el propósito de poner tierra por medio con un pasado que, de pronto, se les ha hecho añicos y ha terminado de forma trágica…Y, de pronto, todo cambia: Vuelven sobre sí mismos y, a pesar de haber alcanzado la meta que pretendían, retornan de nuevo a Jerusalén. ¿Qué ha sucedido? Han reconocido al Resucitado en el gesto amical de partir el pan con ellos de aquel peregrino, que les ha acompañado en el camino y ha aceptado sentarse a la mesa para cenar y acogerse a su hospitalidad: Partir el pan, compartir el tiempo o un caro frasco de perfume, como en Betania y luego compartir camino y esperanza, este es el Evangelio.

Aquel encuentro lo cambia todo y, obviamente, cambia también el recorrido y la forma de afrontarlo: Vuelven a Jerusalén y para ellos ya no importa la noche que se ha echado encima, ni el cansancio, ni el miedo a los judíos que les había conducido a encerrarse en una casa. Ahora el corazón está cargado de pasión y la vida es pura llama. Ya no padecen, ni sienten la fatiga del camino…Más bien la gozan, la respiran, respirando a Cristo: Se convierten en profetas. Y ahí están, hablando de El al resto de discípulos, cuando Jesús en persona aparece en medio de ellos y les dice: “Paz a ustedes”.

Jesús se encuentra con el grupo e inmediatamente les llama a la serenidad. El Resucitado es Alguien que entra en nuestra vida, en mi casa y me transmite y da paz: paz a mi corazón y paz para los demás; paz para los que están cerca de mi y paz para los que están lejos.

Llama la atención el lamento de Jesús: “No soy un fantasma”. Es normal, Jesús quiere ser acogido como Alguien concreto, personal, real. El Resucitado no es una idea, es un ser real. Es evidente en los pasajes pascuales la insistencia de Jesús, ante la incredulidad de sus discípulos, ofreciendo pruebas cada vez más tangibles: se aparece a los apóstoles reunidos, les saluda, les enseña sus heridas, invita a Tomás a tocarle, se sienta a la mesa con ellos, come.

No es fácil creer en la Resurrección y en el evangelio se levanta acta de ello. Es algo, que también nos consuela de alguna forma: la fatiga que sienten aquellos hombres, su lucha contra ellos mismos, sus dudas, nos demuestran que la Resurrección no es un invento para consolarse, sino una experiencia inaudita que los conduce a un nuevo nacimiento.

Se nos describen las reacciones internas de los discípulos. Traducen su estado de ánimo: miedo, desconcierto, dudas, estupor… Incluso la alegría que sienten, en el evangelio de Lucas, aparece como una dificultad: “ Lucas concluye el texto, dejando claro, a partir de su referencia a las Escrituras, a la conversión personal y estructural, a la apertura a los demás y a la universalidad, cuáles son las líneas fundamentales del auténtico discípulo de Jesús e incluso, cuáles son las características de una verdadera comunidad cristiana: El Cristo Resucitado no sólo hay que predicarlo, anunciarlo, hay que testimoniarlo, hacerlo creíble con nuestra vida:.
Quien ha resucitado no es un fantasma, tiene un cuerpo que se puede tocar, que se puede ver. El Resucitado no es una idea, es un ser concreto con manos y pies, es alguien a quien podemos identificar.

Posiblemente el evangelista Lucas, más que el resto, insiste en que la resurrección ha supuesto un paso real de la muerte a la vida: Una vida que viene de Dios y afecta al hombre en toda su complejidad, también en su concreción, en su corporeidad.

Por eso la Resurrección, al Resucitado, no sólo hay anunciarlo, confesarlo en el Credo, sino que, como decía hace un momento, hay que testimoniarlo, hacerlo creíble con nuestra vida. Y esto ha de ser progresivo, en un proceso, muchas veces rodeado de dudas e interrogantes, que puede durar años…Pero un proceso que nos va transformando, “haciendo nacer de nuevo” como hombres y mujeres resucitados, hombres y mujeres que viven tratando de identificarse, a todos los niveles, con Jesucristo, el viviente.

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