Evangelio del Domingo III de Adviento (C)

“Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, gózate de todo corazón…El Señor se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”

Que necesidad tenemos de palabras así. Palabras que nos animen y nos mantengan esperanzados. Nuestra autoestima la tenemos con frecuencia por los suelos y sentimos, a veces, que vivimos en el peor de los mundos, que Dios debe estar permanentemente airado, cuando no, indiferente a nuestras fatigas. A esto colaboran casi siempre los que no nos quieren, contabilizando y echándonos en cara los fallos. Pero no, en las palabras del profeta Sofonías que acabamos de escuchar, “ Dios baila de alegría por nosotros”. Dios es feliz con los hombres y las mujeres. Su grito de júbilo atraviesa la densidad del Adviento y de la historia, para repetirnos a nosotros, a ti y a mí: “Tu me haces feliz…!” Este es el gran descubrimiento que hoy nos hace la Palabra: “¡Tu eres una fiesta para Dios!” Estamos acostumbrados a contemplar a Dios en la Biblia susurrando, advirtiendo, hablando, tronando…Pero, hasta el momento, nunca había aparecido para invitarnos a gritar… «Dios se goza y se complace en mí, me ama…!»

Y, como contrapunto a tanto gozo, como tierra sólida donde descansar nuestros pies para que la alegría sea auténtica, solidaria, la liturgia da paso, como hacía el pasado domingo, al Bautista: A él acude la gente: Son gente común, personas que quizás no asisten al templo y, entre ellos, también acuden funcionarios públicos y soldados… Todos van a aquel hombre, que les resulta creíble, con una pregunta. Es una sola pregunta que no toca la teología o la doctrina, pero afecta al corazón, a la vida…”¿Qué tenemos que hacer?” Son gente del pueblo, pero gente que intuye que la vida tiene que ser algo más que comer y trabajar, dormir y volver a trabajar…Intuyen que nuestro secreto está más allá de la rutina diaria, que dentro de cada uno de nosotros hay como un sueño, una inquietud, una llamada que va más allá de nosotros…Y piden al hombre del desierto que les enseñe el camino…» ¿Qué tenemos que hacer para lograr apagar esa sed que nos devora?»

Y Juan el profeta, austero y directo, responde con tres propuestas sencillas, al alcance de la mano, que introducen en la vida de cada uno, al otro. Primera propuesta: “Los que tienen dos túnicas, den una al que no tiene”. Aquel que vive, se alimenta y va vestido austeramente, dice que el que tenga algo que comer o con qué vestirse que dé al otro. Una regla que por sí sola sería suficiente para cambiar la cara del mundo. Con esta frase Juan abre la brecha de un nuevo mundo. Es cierto que si comparto mi abrigo y mi pan no voy a cambiar las estructuras injustas de la sociedad, pero, al hacerlo, estoy apostando por un futuro donde no haya hambre y por una forma de entender lo que tengo como algo sobre lo que pesa el dolor ajeno y está gravado con una hipoteca social (Vaticano II). En el engranaje del discurso del Bautista subrayamos, como en todo el evangelio, el verbo “dar”, indispensable siempre a la hora de construir un mundo alternativo.

También acuden y preguntan los funcionarios públicos, ellos tienen un rol social, una autoridad y Juan les responde con tres palabras: «No roben, no extorsionen, no acumulen” Tres verbos para un mismo programa: construir un mundo diferente, una tierra en la que haya justicia, honestidad. No les pide nada de otro mundo, simplemente les convoca a la insurrección de la honestidad.

Y, por último, los militares, la policía de Herodes: ¿Y, nosotros, qué? Y Juan les indica la tercera consigna: «No abusen de la fuerza, no se aprovechen de su posición para humillar, para herir o hacer llorar a la gente».

Como ven, ante la pregunta clave «Qué hacer?», respuestas sencillas, soluciones al alcance de todos. Juan sabe que la forma de tratar a los hombres llega a Dios y la forma de tratar a Dios tiene que ver con los hombres. El no dice: “Dejen todo y vengan al desierto”. No. Sólo invita a sus interlocutores a mirar en su entorno y a pasar de la mirada auto-referencial, centrada en sí mismos e introducir a los otros en el mundo de cada uno.

Y termina el evangelio de hoy con Juan mirando al cielo: “Detrás de mi viene otro más fuerte que yo, que les bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. El es más fuerte, pero no porque se imponga y gane, sino porque habla al corazón, “bautiza en el fuego” y es capaz de incendiar la vida; ha venido a contagiar una alegría que, a partir de nuestros pequeños rescoldos, de las cerillas de nuestros gestos cotidianos, tiene potencial para incendiar el mundo, para darle un talante distinto.

¡No lo olvidemos! ¡El Señor está en medio de ti…Se complace en ti, te ama…! (1-º lect.) Y para empezar, compartan lo que tienen, sean honestos en su profesión y no abusen de la fuerza para humillar, imponerse o hacer llorar al otro…(Evangelio). ¡El Señor está cerca!» (2ª lect.).

Imágenes Relacionadas:

Escrito por

es_ESSpanish