Enfilamos el Tiempo Ordinario que, en este ciclo C de la liturgia, nos presenta la lectura del Evangelio de San Lucas, el evangelio de la misericordia, el evangelio donde la mujer tiene un papel excepcional, empezando por María, “bendita entre todas las mujeres”. Lucas comienza su Evangelio dirigiéndose a un supuesto e imaginario Teófilo (=amado de Dios), que toma como interlocutor y que nos representa a cada uno de los que queremos buscar a Cristo. En realidad, lo que San Lucas se propone con su Evangelio y con el libro de los Hechos, que forman una unidad, es acercarnos a Jesús, facilitarnos el encuentro con El. “Para que conozcas – dice Lucas – la solidez de las enseñanzas que has recibido”. Y, en la cultura semita el verbo “conocer” equivale a experimentar. Te escribo para que vivas y experimentes de verdad el Evangelio.
Y el Evangelio es Cristo. En uno de sus encuentros internacionales con jóvenes, el Papa Francisco decía y subrayaba con énfasis a los miles de interlocutores a los que se dirigía: “La fe en Cristo no es un conjunto de principios, de conceptos, de normas de conducta…no. Es una persona, Cristo.” Con esa persona queremos encontrarnos, estrechar lazos más fuertes a lo largo de este año, caminando de la mano del evangelio de Lucas, que establece una estrecha relación entre Cristo y esta Palabra que escuchamos; entre esta Palabra que escuchamos y la Palabra que “hacemos”. Ya María, nos lo advertía el pasado domingo, en el contexto de las bodas de Caná: ”Hagan lo que mi Hijo les diga”. No basta saber, estudiar. Es imprescindible “hacer”, “vivir”.
Recuerdo no hace mucho, caminando por las calles de una gran ciudad, me tropecé con una gran pintada sobre la pared de una casa, en un barrio emblemático de la ciudad. La pintada decía “Lo vi y lo olvidé, lo oí y lo entendí, lo hice y lo aprendí”. Es una conocida frase de un gran pensador, Confucio, en la que no había reparado hasta ese momento .De esto se trata:: “Hacer vida” lo que escuchamos, para aprender de verdad quien es Cristo.
Comienza la primera la lectura de este evangelio de Lucas, que vamos a escuchar todos los domingos del tiempo ordinario, en este año jubilar, con un relato programático, Es el inicio de la vida pública de Jesús. Jesús vuelve a su pueblo Nazaret por primera vez, después de su Bautismo y ya no volverá más… Todo el pueblo tenía una curiosidad inmensa y se había concentrado en la Sinagoga aquel sábado….”Estaba expectante”. “Mantengamos los ojos – también nosotros – fijos en El.”
Insisto: Estamos en Nazaret, un pueblito de nada. Es sábado y estamos en la sinagoga. No es una masa inmensa. Más bien son pocos, porque no son muchos en aquel pueblito, pero están posiblemente todos y todos están en vilo. Ya han oído hablar de las cosas extraordinarias realizadas por su paisano Jesús en Cafarnaum y les come la curiosidad…Conocen a Jesús desde siempre, conocen a su familia, ha crecido entre ellos, con ellos, y están expectantes. Pero Jesús, está en otra cosa. Y, cuando llega el momento de proclamar la Palabra en la reunión cultual del sábado, Jesús es invitado a proclamarla. Le entregan el rollo del profeta Isaías, un texto amado y leído muchas veces, rezado, familiar y lee: “El Espíritu del Señor me ha ungido y me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor”
Delante de aquella pequeñísima comunidad, Jesús presenta el sueño de un mundo nuevo, es su sueño… Es un texto bellísimo, un texto fundamental el que proclama Jesús, un texto que no cuenta “cómo” nació, sino “por qué y para qué” nació: «Yo he venido a dar fuerza y coraje a los que no cuentan, viene a decir. He venido a liberar al que está prisionero, a devolver la vista al que no ve…He venido para hacer de mi vida una Buena Noticia, especialmente para los pobres». Jesús, tal como vemos, no pretende con su vida ser reconocido, adorado, reparado por estos hijos distraídos, mezquinos y espléndidos, al mismo tiempo. No se pone como finalidad de la historia a sí mismo, sus derechos, sino pone a los hombres para hacerlos fuertes y libres…Hombres curados que miran lejos y miran con ojos profundos.
En el catecismo que aprendimos muchos de nosotros siendo niños, se nos preguntaba: “¿Para qué creó Dios al hombre?” Y contestábamos: “Dios creó al hombre par que lo conociéramos, amáramos y sirviéramos en esta vida y luego gozáramos con El en la gloria.” Pero en el Evangelio de hoy Jesús dice otra cosa: No es el hombre el que existe para Dios sino Dios el que existe para el hombre. La buena noticia de Jesús es que Dios nunca está contra el hombre, sino a favor del hombre, que pone al hombre en el centro y desata toda su fuerza liberadora para que cada uno de nosotros nos liberemos de cualquier atadura interna y la historia llegue a ser otra cosa diferente a la que es: Una historia en la que el hombre, todo hombre llegue a ser verdaderamente hombre y la vida florezca en todas sus formas. Creer en el Dios de Jesucristo es eso. Hacer lo que El hace, actuar como Dios actúa y ser siempre para el otro, en especial para los más débiles, presencia liberadora. ¿Es ahí dónde estamos? ¿Es ahí dónde nos encuentran los que nos ven y nos buscan?
Que la Palabra de Dios, que nos ha convocado, que ha acontecido en medio de nosotros en este día, dedicado a celebrarla y agradecerla de forma especial …Que esta Palabra que, sin duda, provoca en nosotros preguntas, retos, sueños…Nos mantenga siempre atentos, expectantes, lúcidos y «firmes en la esperanza a la que nos llama».

