Evangelio del Domingo II del T. Ordinario (B)

Juan (1,35-42)

Hemos comenzado el llamado tiempo ordinario, ese tiempo tan nuestro que nos habla de lo inmediato, de la rutina diaria, de los días que llenan prácticamente nuestra vida. Y, ahí, en el espesor de estos días cruzados por avatares de todo tipo, el evangelio de este domingo nos plantea la pregunta del siglo, la pregunta clave entre todas las preguntas: ¿Qué buscas? ¿Qué quiero realmente? “Preguntas – dirá un conocido pensador – que son como una mano que nos retuerce las entrañas y nos hace parir-”

Jesús, Maestro del deseo, intérprete del corazón, nos pregunta a cada uno de nosotros hoy: ¿Qué deseo mueve tu vida? ¿Cuál es tu mayor deseo? ¿Qué buscas realmente? ¿Qué sueño empuja tu día a día? Situémonos en el marco que nos presenta el evangelio de San Juan: Ante todo, emerge en ese contexto, un hombre de mirada penetrante, honesto: Juan el Bautista y junto a él, dos discípulos, dos jóvenes inquietos que no se sienten a gusto, cómodos, a la sombra de aquel profeta excepcional. Sus nombres son Juan y Andrés. De pronto descubren a otro joven que pasa junto a ellos. No saben de él más que lo que ha dicho el Bautista con una imagen deslumbrante: ”Aquí está el Cordero de Dios”. Y los dos muchachos se sienten fascinados por Aquel desconocido e inician una búsqueda nueva, un camino diferente. Una historia bellísima de libertad y de valor.

Y Jesús, al sentir sus pasos, se vuelve y les pregunta: “¿Qué buscan?” Siempre el mismo verbo, “buscar”. Lo encontrábamos hace poco cuando hablábamos de los Magos “que buscaban”, lo volvemos a encontrar hoy y lo encontraremos, tres años después en el jardín junto al sepulcro vacío, cuando el Resucitado pregunta a María, la Magdalena: “Mujer ¿A quién buscas?” Toda la vida cruzada por el mismo verbo, somos “buscadores”, rastreadores de la vida agitados por el Espíritu. Este es el verbo y la actitud que nos define: “ Buscar”…“¿Qué buscan?”. Con esta pregunta, Jesús, desciende a nuestras profundidades, al tejido íntimo de la persona, como descendió a las profundidades de aquellos dos muchachos, para sacar a la luz lo que les motivaba, para engancharlos, partiendo de lo que germinaba dentro de ellos.

Dios no empieza imponiendo una agenda, adoctrinando…La agenda la dictarán los dos muchachos. La pregunta les remite a lo que realmente se mueve dentro de ellos, a lo que les habita y motiva a la hora de seguirle. “Rabí… ¿Dónde vives?” “Vengan y vea”, les responde. En un breve diálogo, el Evangelio nos resume en qué consiste la evangelización. Con frecuencia discutimos y gastamos tinta y tiempo en definir lo que es evangelizar y cómo hay que hacerlo. Nos preguntamos cómo tengo que evangelizar en casa o cómo me las arreglo para convertir al que está a mi lado. Y el Evangelio nos muestra en este hermoso relato que la Buena Noticia, el anuncio cristiano, más que de palabras, se construye de miradas, de testimonios, de vivencias, de encuentro, de proximidad. En resumen, de vida. Y esto es lo que vino a traer Jesús: No teorías, no lavados de coco, no ideologías, sino vida y vida plena, rebosante, en plenitud.          

Y se van con El. La conversión es esto: Dejar la comodidad de un Dios y de una fe que nos asegura contra todo riesgo para encontrarnos con un Dios que es sorpresa y deseo. Dejar el ayer trillado y aburrido por un futuro abierto y siempre nuevo, asombroso. Estos dos muchachos, eran discípulos del mayor de los profetas, pero fueron capaces de ir más allá. El Bautista les había entrenado en la búsqueda. Perfecto maestro que sabe educar y aceptar las decisiones de personas que quieren crecer y volar. Juan el Bautista, el profeta salvaje, rudo y austero, que vivía en el desierto y ahora bautizaba junto al Jordán, educa para no parar, para ir cada vez más lejos, para avanzar.

Muchas preguntas emergen de este texto…Pero es prioritaria la pregunta que preside todo el relato: “¿Qué buscan?” ¿Qué buscas? Muchos quizás “nada”, sueñan sólo con un futuro que les permita estar en casa, pasar el resto de la vida con el pijama puesto, inmóviles y ajenos a cuanto cae fuera. Sin duda sería lo peor que les puede pasar, que nos puede pasar: Sentir que estamos aquí, en este mundo, porque nos han puesto y no podemos ni queremos aportar nada a la sociedad; que vivimos descolocados y no sabemos si hemos nacido demasiado pronto o demasiado tarde…Por eso sólo nos queda ponernos las zapatillas y abandonarnos al sofá como inútiles. Es lo peor que nos puede suceder: El evangelio de hoy, nos lo afirma y el testimonio de estos dos primeros cristianos lo confirma: Lo peor que nos puede pasar mientras vivimos es acomodarnos, no buscar, creer que ya hemos llegado y mirar la vida desde el balcón. Y eso es, repito, lo peor que nos puede pasar, porque estamos hechos para no parar, para crecer, para vivir siempre abiertos a las nuevas preguntas, para progresar de forma consciente y activa en esta vida que sólo viviremos una vez…Vivir como “buscadores”, porque todos somos mendigos de algo, de Alguien, que siempre está un poco más allá…

¿Qué le dirías a Jesús en este momento, si El, dirigiéndose a nosotros como a aquellos primeros discípulos, si dirigiéndose a ti, te preguntara: ¿Qué buscas?

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es_ESSpanish