Evangelio del domingo IV del T. Ordinario (B)

(Marcos 1, 21-28)

Estaban “estupefactos” por su enseñanza. El estupor, una palabra poco usada en la actualidad. Según el diccionario de la Lengua española podría traducirse por “asombro” o “pasmo”. Estaban pasmados, asombrados por cómo hablaba aquel joven rabí. Hoy, día, este término lo usamos poco, quizás, porque, actualmente, no nos asombramos de nada o casi nada. Y mira que hay cosas, situaciones, realidades de las que asombrarnos, tanto en el buen sentido, como por todo lo contrario. En nuestra sociedad parece que todo es predecible y, por ello, no experimentamos casi nunca estupor. Y, sin embargo esta es una experiencia que nos produce felicidad y nos saca de la rutina, nos rompe esquemas. Lo novedad, hasta el pasmo o la sorpresa, nos hace respirar mejor y dilata los horizontes, desafía nuestros límites.
Ya que no nos asombramos de casi nada, salvemos, al menos, el estupor ante el Evangelio, que no es otra cosa que escuchar a Jesús “con oídos atónitos” (Regla de S. Benito), maravillados, mirándole como mira un enamorado, escuchándole como escucha un niño, siempre dispuestos a maravillarnos…Porque sentimos que sus palabras tocan el centro de nuestra vida, son palabras que liberan.

Los cuatro pescadores que, el pasado domingo, veíamos según el evangelio interesarse por Jesús y seguirle, no estaban preparados para encajar la novedad de lo que les acontecía, como tampoco lo estamos nosotros…Pero aquellos pescadores tenían una ventaja sobre nosotros: Se sintieron fascinados por el joven rabí, sintieron la experiencia de algo diferente, de algo distinto que les sorprendía…Les pasaba algo parecido a lo que le pasa a alguien que se enamora de un flechazo y vive de pronto como en un éxtasis.

Jesús enseñaba como alguien que “tiene autoridad”. Hasta tres veces el verbo “enseñar” recorre en una sola frase el texto que la liturgia nos propone hoy. Pero de forma extraña, Marcos no se detiene en el contenido de lo que enseña, en las cosas que enseña – lo hará en las páginas siguientes en su Evangelio – sino que se detiene en su forma de enseñar, en cómo enseña, en la autoridad de su palabra: “No olvidemos que sólo tienen autoridad las palabras que están siempre a favor del hombre, nunca contra el hombre. Autoridad sólo tienen las palabras de quien es coherente, creíble, porque “dice lo que es y es lo que dice”… Tienen autoridad, porque el mensajero y el mensaje coinciden…Y esto resulta para aquella gente sencilla una novedad.

Esto que se dice de Jesús, obviamente, nos afecta a todos, también a nosotros que nos decimos creyentes: Si no queremos convertirnos en maestros que nadie escucha, en charlatanes que agotamos con el bla-bla…En testigos que no convencen a nadie, es importante anunciar el Evangelio, sobre todo con los hechos…Porque el Evangelio es Palabra que fructifica sin saber cómo. Decía Pablo VI que el mundo de hoy no necesita maestros, necesita testigos: hombres y mujeres que vivan el Evangelio.Y, el primer gesto que realiza Jesús, manifestando la potencia de su Palabra, es liberar a un hombre de las fuerzas del mal. No predica sobre la liberación sino que lo libera de las fuerzas del maligno que lo tiene sometido: El hombre está allí, en la sinagoga,  y comienza a gritar en medio de la actividad litúrgica… Y Jesús lo manda callar con sequedad: “Calla y sal de él!…” Y el espíritu del mal se ve obligado a obedecerle y a huir, remitiendo a aquel hombre a sí mismo.

Jesús, habla “con autoridad”, no pronuncia un discurso sobre Dios o se pierde dando explicaciones sobre la existencia del mal, sino que se implica en la experiencia de sufrimiento de aquel hombre y lo cura, demostrando así que el Evangelio no es un libro de moral o un sistema de pensamiento, sino una liberación permanentemente actuada.

Los demonios lo saben y le gritan: ¿Qué haces entre nosotros Jesús de Nazaret? ¿A qué has venido?… ¿A arruinarnos?… Pues sí, Jesús ha venido a arruinar todo aquello que disminuye al hombre, a tender puentes, a romper barreras, a levantar a los que viven de rodillas, humillados. Jesús ha venido a destruir los ídolos que devoran nuestra vida: el dinero, el poder, el éxito, el egoísmo…Contra todo ello, Jesús sólo pronuncia dos palabras:” ¡Calla y sal de él!” Y el espíritu huye, no sin antes hacer gritar a aquel pobre hombre, sacudiéndolo con despecho y con rabia…Lo cual nos da entender que el mal contra el que hay que luchar es duro y trata de resistir. En el texto que hemos escuchado, Macos sintetiza la lucha de Jesús contra el mal, contra el espíritu del mal… “¿A qué has venido? ¿Has venido a perdernos?” Aquel poseído no habla en singular, sino en plural. No se trata, por tanto, de una simple y aislada victoria…Marcos quiere dejar claro que se trata del inicio de una victoria global.

Ante este panorama iniciado por Jesús, señal de que el Reino de Dios está cerca, parémonos y tratemos de realizar nuestros mejores sueños: “Que paren todas las tómbolas, que se apaguen todos los guiños publicitarios, que se baje el telón de todos los escenarios de violencia y se imponga el respeto al hombre, sea quien sea; que se multipliquen los arados y se destruyan las espadas; que desaparezca la corrupción y se instale la justicia; que se proteja al débil…El Reino de Dios está cerca…La ruina del espíritu del mal se ha iniciado…

Este es el Evangelio, no hay otro y hay que anunciarlo “con autoridad…” Hemos de creer en el Evangelio, dejarnos fascinar, sorprender por él y hacerlo creíble con nuestros hechos, con nuestra vida…

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