(Jn 15, 26-27;16, 12-13)
La Biblia es un libro lleno de viento y de caminos. Así aparece también el relato de Pentecostés, lleno de caminos que tienen como kilómetro cero a Jerusalén: caminos que recorren el mundo, repletos de ventoleras, que a veces son como una brisa y otras, como un huracán que invade las casas, las llena y moviliza a todo el vecindario: En un caso u otro siempre es viento que transporta el polen de una nueva primavera y llena de fecundidad la tierra.
“Llenó la casa donde estaban reunidos los discípulos”. La casa, un lugar ordinario, como tu casa y la mía…Dios no permite que lo secuestren y lo encierren en los lugares que nosotros llamamos sagrados: “sagrada” puede ser también tu casa y la mía. Y esto pasa, cuando menos lo esperamos, de repente, sin programación previa, porque el Espíritu de Dios es fuente de libertad y no soporta esquemas, no soporta normas de tráfico.
“Aparecieron lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos”. Sobre cada uno, sin excluir a nadie, aquí no cabe hacer distinciones. El Espíritu toca cada vida, las diversifica y las transforma en vidas creativas, complementarias. Las lenguas se dividen y cada una ilumina con luz propia.
¡Qué necesidad tenemos todos del Espíritu! Tiene necesidad este pequeño mundo nuestro, social y eclesiástico, auto-referencial en casi todo lo que decimos y hacemos, encerrado en sí mismo, y tiene necesidad porque es imprescindible que todos nos abramos a todos y seamos capaces de sacar cada uno lo mejor que tenemos para ofrecerlo a los demás, con nuestra genialidad particular y propia. Tenemos necesidad de discípulos con creatividad propia, animosos. Tenemos necesidad de que cada uno de nosotros crea en sus propias posibilidades y que ponga al servicio de la vida sus dones, su coraje. La Iglesia de Pentecostés es la Iglesia que arriesga, que abre puertas, que sale, que inventa. Es la Iglesia que va a lo esencial, que hace confluir lo diverso, lo cohesiona y lo pone al servicio del todo.
Después de que Dios nos crea a cada uno de nosotros, Dios no rompe el molde y nos lanza sin más a la vida. El Espíritu continúa en nosotros la obra pendiente: llegar a ser lo que somos. Y el Espíritu colabora con nosotros haciéndonos únicos en la forma de relacionarnos, en la manera de encontrarnos entre nosotros, en el modo de aportar esperanza, en la forma de consolar al otro y de saborear la dulzura de las cosas, la belleza del mundo. Siempre de forma única, irrepetible. En el fondo, nadie sabe cómo vivimos cada uno un acontecimiento determinado, cómo lo experimentamos, cómo lo saboreamos, cómo repercute en nosotros y cómo lo comprendemos. Somos diferentes, pero todos llamados a construir un solo cuerpo, una sola Iglesia, una misma humanidad, un bien común.
“Cuando venga el Espíritu les irá enseñando la verdad plena”, porque eso es la vida. Jesús no tiene la pretensión de haber dicho la última palabra sobre todo, como muchas veces lo pretendemos nosotros. En adelante la verdad es algo que se va haciendo, es un camino que hay que ir recorriendo. Nosotros, los cristianos, no pertenecemos a un proyecto cerrado, sino a un proyecto abierto, progresivo, inacabado… En Dios, y movidos por su Espíritu, hemos de descubrir nuevos mares y ojalá nunca nos cansemos de desplegar la vela de nuestra vida a su soplo… Ojalá nunca nos cansemos de soñar, de intentar » hacer posible, lo imposible.»
Animo pues. No bloqueemos al Espíritu y rememos en su dirección, sacando lo mejor de nosotros y sumándolo al movimiento de aquellos y aquellas que caminan en en la misma dirección. Se trata siempre de un doble movimiento del Espíritu: Uno hacia dentro, activo,vivo, progresivo, que no consiste en acumular cada vez más conocimientos, sino más bien en un viaje íntimo, personal, hacia el centro de nuestra fe, Jesucristo y al mismo tiempo un movimiento hacia fuera, hasta las periferias del mundo, impulsados por la experiencia sentida, actual, de ese encuentro transformante. Es un viaje, que como en el corazón, ha de articularse y alimentarse mutuamente: Del centro a la periferia y de la periferia al centro; de lo externo a lo interno y de lo interno a lo externo.
Aparquemos, pues, las diferencias y preguntémonos por lo esencial; preguntémonos cómo interiorizamos las palabras de Jesús, qué tiempo le dedicamos, qué papel juega el Espíritu Santo en nuestra oración y en nuestras celebracioes litúrgicas…Y también preguntémonos qué podemos hacer por los demás a nivel individual, pero también a nivel de comunidad, a nivel de parroquia, a nivel de congregaciones religiosas, a nivel de grupos. Pentecostés…Un tiempo para arriesgar: «Soñemos y trabajemos unidos», porque “juntos, somos más…”
Animo, no estamos solos. Dice Jesús: “Yo nos les dejo huérfanos… Les envío al Espíritu que les irá llevando a la verdad plena”.

