Evangelio del domingo: «Corpus Christi»

(Mc. 14.12- 16.22-26)

Estamos celebrando la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo del Señor y acabamos de escuchar, en palabras de Marcos, el relato de la última Cena. Todo lo que nos dice el evangelista – «el partir el pan, las palabras con las que comenta ese gesto, etc.» – todo, absolutamente todo, está encaminado a dejar claro que para Jesús su vida consistió en entregarla, su vida fue darse a los demás. El gesto eucarístico nos desvela la verdad de Jesús, es decir, nos manifiesta la tensión que padeció toda su vida desde el principio, su «deseo de darse». En el amor de Jesús no hay excluidos o marginados, no hay primeros y últimos. En la eucaristía, de la que hemos escuchado uno de los relatos litúrgicos más antiguo, los primeros cristianos percibían la presencia de Dios, pero no una presencia cualquiera, sino una presencia bien concreta y precisa. En la Eucaristía es necesario descubrir y celebrar que el Dios que se manifiesta en Jesús, se revela como donación, como servicio y amor, como «Pan que se parte para compartirse».

El gesto eucarístico, Marcos lo sitúa en un contexto de traición (la de Judas) y de abandono (la negación de Pedro y la huida de los discípulos). Este es un elemento común que encontramos en todos los evangelios, pero Marcos lo subraya con fuerza especial. Está tan presente este clima de traición y de desconcierto del discipulado ante lo que se venía encima, que Marcos lo prolonga hasta el prendimiento en Getsemaní y el arresto de Jesús. Esto es importante tenerlo en cuenta. Marcos trata de contrastar, por una parte, el gesto de Jesús que parte el pan como signo y sacramento de su vida, vivida como donación y, por otra parte, la traición y el egoísmo  de los hombres.Aquella comunidad primera de discípulos y seguidores a los que se dirige Marcos, es consciente de la grandeza de ese gesto de Jesús que, a pesar de la reacción de los hombres,- absurda y negativa,- se empeña en darse, en entregarse gratuitamente, sin esperar nada a cambio,se da casi obstinadamente.

Sin embargo, es posible que Marcos vaya incluso un poco más allá: La comunidad no debe escandalizarse porque descubre en su propio seno el pecado y la traición. Es una experiencia que el mismo Jesús ha vivido y que ha previsto para su Iglesia. Deja claro desde el principio que no es motivo para abandonar la iglesia el pecado en la Iglesia…Que no podemos justificarnos diciendo que abandonamos la Iglesia o dejamos la Misa, porque esta iglesia ya no es la iglesia de Jesucristo, ya no es la Iglesia que Dios quiere. Pero, al mismo tiempo, Marcos invita a la comunidad a no endiosarse, a no vivir en el engreimiento, en las falsas seguridades o a presumir de sí misma, (como lo hizo Pedro…” Aunque todos te abandonaren…”). El pecado, la infidelidad, siempre es posible y, por tanto, no hay que sentirse mejores que los demás, ni fiarse de nuestras propias fuerzas.

Por todo esto, la Eucaristía es, al mismo tiempo, juicio y consolación, pone en evidencia el amor terco de Cristo y, al mismo tiempo, manifiesta también el pecado y las divisiones de la comunidad, nuestro propio pecado (1Cor XI)… Desgraciadamente forma parte de nuestra frágil, pero ante eso, no vale decir: «Si son inevitables, ¿Para qué esforzarnos?…» Cuando estas divisiones aparezcan, no abandonemos, no huyamos, sino más bien concluyamos: “A pesar de nuestras divisiones, el Señor nos ama, el Señor nos salva. El Señor cuenta con nosotros y se hace viático, pan para el camino,medicina para nuestra debilidad…Por eso, no basta mirar, contemplar desde la lejanía este Pan, festejarlo en las procesiones…Este es  un Pan que, como todo pan, debe ser comido y como todo  vino ser bebido: «Tomen y coman». La vida del maestro debe ser compartida por el discípulo. No basta afirmar la presencia de Cristo en la Eucaristía, es necesario compartir lo que esa presencia sacramental significa.

Cuando comulgamos, también nosotros hemos de convertirnos en pan para los otros. La Eucaristía es presencia de Jesús y proyecto de vida para cada uno y para toda la Iglesia. De la primera comunión que es la que Dios hace con nosotros, debe surgir la segunda comunión, la de cada uno de nosotros con los demás. Lo que hacemos en la Misa – actualizar la vida de Cristo, una vida dada, entregada como don por todos…-   debe clarificar nuestro camino.

“Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”…”Tomen y beban esta es mi sangre derramada por ustedes…” Este es el núcleo del texto evangélico de hoy. Palabras sencillas, rotundas…Jesús habla siempre con palabras sencillas, comprensibles, directas… Jesús es hombre hasta en su forma de hablar, hasta en su manera de comunicar y hablar de Dios: Nos habla de cómo es Dios a través de gestos familiares, comunes…Tomar, comer, beber… En primer lugar “tomar”…y se refiere a nuestras manos, manos que se abren, que acogen, que curan, que acarician, que bendicen, que cierran compromisos, encuentros…

Jesús no nos dice “adórenme, contémplenme, venérenme…” Este Pan partido pide mucho más: “Quiero que me acojas como un don, quiero estar en tu boca como el pan, quiero llegar a lo más íntimo de ti como la sangre, quiero hacerme uno contigo…Quiero ser tu propia vida.” “Señor que nos convirtamos en lo que hemos recibido” (Oración de post-communio). Este es el gran milagro de la Eucaristía…Y este milagro acontece más en cada uno de nosotros que nos acercamos a comulgar, que en el Pan y el vino del Sacramento. A un Dios así, que se da, que no se merece, SE ACOGE y lo único que importa es dejarnos amar y, por supuesto, permitir que esa presencia en nosotros realice el milagro de amarnos, de servir, de darnos, sobre todo, a los que más lo necesitan. 

En esta Solemnidad del Corpus, celebramos la Jornada  Nacional de Caritas y realizamos una colecta especial apoyando el trabajo de esta Institución eclesial…No es pura coincidencia, sino la traducción directa, profética y verificable, de lo que significa «Proclamar» que Cristo es «presencia infinita,»  presencia «creida»,  «venerada», pero sobre todo presencia  «comulgada», por eso hacemos nuestro el dolor, las carencias, el camino, el hambre y la sed de cuantos buscan a Dios, pero   también compartimos nuestros recursos dando lo que podemos, porque  la fatiga y la pobreza de cuantos viven excluidos, ignorados, prófugos de cualquier tipo de esperanza en los arcenes de nuestros caminos, es también nuestra fatiga y el desafío que implica comulgar con Cristo.  «No separemos lo  que Dios ha unido». 

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