Evangelio del domingo 19 del T.Ordinario (B)

(Juan 6,41-51)

 

Frente a la afirmación de Jesús “Yo soy el pan bajado del cielo” los judíos se ponen a murmurar y reaccionan protestando. Jesús, insiste, “Yo soy el pan bajado del cielo…Yo soy el pan de la vida”.Sus paisanos y vecinos no alcanzan a entender el origen divino del joven Rabí y su aspecto terreno, aquel rostro y aquel perfil que conocían de sobra, porque habían crecido juntos, les parecía irreconciliable con tamaña pretensión. A pesar de todo, Jesús insiste: “Yo soy el pan bajado del cielo”.

Jesús no discute, afirma y reafirma su pretensión. No esquiva el escándalo que producen sus palabras y no atenúa lo más mínimo su afirmación: “Yo soy el pan bajado del cielo”; es decir, Yo soy la revelación, la Palabra y la sabiduría que tu buscas, que pone en movimiento tu vida. Más adelante se comprenderá que ese Pan al que se refiere es también la Eucaristía, pero por el momento, en este punto de su discurso, la insistencia de Jesús se concentra en la Palabra. Todo el Antiguo Testamento es una búsqueda inquieta de la Palabra que esclarece el camino de la vida y le revela su sentido.

Dios ha “bajado”, “ha descendido del cielo”. El mundo, el universo entero está invadido por Dios. Está dentro de mí, está dentro de ti, está diluido en cada uno de nosotros como la sal en la comida. La clave de la historia, el acontecimiento que lo ha cambiado todo, es la bajada de Dios a la tierra: Jesús resume en sí mismo toda las esperas y búsquedas humanas y pone al alcance de todos la respuesta, en su propia persona: “Yo soy…” Eso que buscan, eso que anhelan, eso que les mueve…Eso, lo encontrarán en mí: “Yo soy. Al que lo acoge… Si lo acoges, habitará tu corazón, tu mente, cargará de fuerza tu palabra y te nutrirá del cielo.

Si hay algo que buscamos en la vida es realizarnos en plenitud, sentirnos llenos, vivir, pero vivir de tal modo que podamos decir de verdad, esto sí que es vida. ¿Y, dónde está el secreto? Todos lo buscamos por activa y por pasiva, lo buscamos en todo lo que anhelamos y soñamos…Pero no es fácil encontrar el secreto para llenar la vida. Hoy el evangelio nos dice que ese secreto desconocido, ese secreto existe y Dios nos lo ha revelado: Es un alimento que sacia nuestra hambre de vida y de felicidad.
Para llegar y descubrir ese secreto, no hemos de buscar o leer libros profundos o planificar caminos teóricos, sino más bien hemos de abrirnos a ese Misterio que está ahí, que nos inunda, que está a nuestra puerta… Es cuestión de dejarnos llevar por El, de discernir y de atrevernos a lo inédito.

En el texto que acabamos de proclamar encontramos el verbo COMER expresado de todas las formas posibles. COMER es un gesto ordinario y común, pero lleno de significados y quiere decirnos algo… Ante todo, quiere decirnos algo muy evidente: “Comer o no comer” es cosa de vida o muerte. (De la muerte a la vida, va la comida). Dios que desciende del cielo es, por tanto, una cuestión vital para nosotros. Dios nos lo dice expresamente…Ha quedado impreso en el libro del Deuteronomio: “Delante de ti, está la vida y la muerte – dice el libro del Deuteronomio – elige pues la vida.

Lo que comemos nos hace vivir y estamos llamados a alimentarnos de Dios. No sólo a ser más buenos, sino a alimentarnos de un Dios que nos transforma en lo más íntimo, dulcemente, pacientemente. Y mientras, nos transforma, nos humaniza…Por eso cuanto más divinizados, más nosotros mismos, más yo mismo soy. Cuanto más Dios, más yo. “Comer el pan de la vida” no es solo comulgar, no se reduce a un rito, sino que es una liturgia que abarca toda la vida, es un proceso permanente de transformación, de identificación, de encarnación de Cristo en cada uno de nosotros. Pablo lo expresó con una hermosa frase que ojalá se convierta para todos en una grata experiencia: “No vivo yo, es Cristo el que vive en mí.”

Preguntémonos: ¿De qué alimento mi vida, mis pensamientos, mi mundo interior? ¿Entre mis alimentos descubro la belleza, la generosidad, la profundidad o descubro más bien, entre los sentimientos que me identifican, el egoísmo, la intolerancia, la estrechez y miopía de espíritu, la insatisfacción de vivir, el repliegue sobre mí mismo, el miedo? ¿Qué es aquello que alimenta mi vida, de qué me nutro para crecer como persona, como creyente?
Si nos alimentamos de Cristo, El nos habitará y su palabra actuará en nosotros e irá trabajando nuestra persona (1 Tes 2,13). El irá transformando nuestra manera de pensar, de sentir, de amar.

Si nos alimentamos, si escuchamos la Palabra, si comulgamos con el sacramento, pero favorecemos pensamientos degradados, bebemos, al mismo tiempo, en otras fuentes contaminadas de muerte, estos pensamientos y estos recursos nos irán modelando y nos irán minando, deformando… En definitiva, nos harán como ellos. Si alimentamos pensamientos nobles, si buscamos y nos abrimos a la belleza y a la ternura, estos pensamientos nos harán hombres y mujeres grandes, tiernos, bellos.
Las dos únicas fuerzas capaces de cambiar el mundo son: la ternura y la belleza. Alimentarse de Cristo, comulgar con Cristo, es apostar por ellas. Es dejarnos seducir por la llamada del Padre – “nadie puede venir a mí, si no es atraído por mi Padre” – y, por nuestra parte, simplemente ser dóciles. El movimiento de la fe es un don a acoger.

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