Domingo de Ramos. Semana Santa

Jesús aclamado en su entrada a Jerusalén es una historia y una metáfora viva: Comienza la Semana Santa, la semana mayor de la historia y de nuestra fe. En estos días que llamamos santos, ha nacido el cristianismo y ha surgido del escándalo y de la locura de la Cruz. Ahí está todo cuanto tiene como singular el cristianismo. Por ello, en estos días, cambia el paso de la liturgia y se multiplican las ocasiones en las que se nos invita a acompañar con calma, casi hora a hora, los últimos momentos de Jesús. Son días especiales, son los días en los que se juega nuestro destino.

En estos días, mientras los creyentes de todas las religiones gritan a Dios para que los salve de sus sufrimientos, los cristianos vemos a Dios sufrir con nosotros: “La esencia del cristianismo se concentra en el rostro de Cristo crucificado”, afirmaba el cardenal Martini. Es una semana para contemplar la Cruz, estar junto a ella sintiendo la sombra de todas las cruces de la tierra, donde Cristo sigue crucificado en toda carne que vive herida. Dice un gran teólogo del siglo XX: “Dios no salva del sufrimiento, sino en el sufrimiento; no protege de la muerte, sino en la muerte. No libera de la Cruz, sino en la Cruz” (Bonhoeffer). Entrada triunfante de Jesús en Jerusalén. Llama la atención, Jesús, sobre un humilde asno, convoca y provoca a la población con su gesto, porque Jesús necesita nuestra acogida, la desea, la reclama.

«¡Bendito el que viene!» Y viene, en un asno, pobre, desarmado, prestado…Y sigue viniendo, y atravesando nuestra ciudad, humilde… Anónimo.

La liturgia del Domingo de Ramos, – un domingo que empieza alegre y festivo y concluye con el relato del proceso, condena y muerte de Jesús, es bellísima. De la alegría y la algazara de la entrada a la austeridad y al silencio, para volver el próximo Domingo, del silencio del sepulcro a la vida y el canto del Aleluya. A Jesús no le bastó entregar su cuerpo en la Eucaristía, lavar los pies a sus discípulos, pasar por la vida haciendo el bien, sudando sangre en el huerto, sino que llega hasta el límite. El camino que inició en Galilea, hace tres años, concluye ahora en el Gólgota… No puede ir más allá, pero ese gesto rompe para siempre el velo del Templo y nos facilita de forma definitiva el acceso directo a Dios.

El Crucificado es un hombre sin figura humana, ante quien se vuelve el rostro; el hombre que ama hasta el final, desnudo y envilecido, deshonrado, cuelga del patíbulo. Está en la Cruz, pero no para satisfacer a una divinidad ansiosa de sangre. No es una divinidad sedienta de sangre la culpable de este homicidio… El mismo Dios lo ha dejado claro…:” Yo no bebo la sangre de los corderos, ni como la carne de los toros…lo que yo quiero es amor, no sacrificio”.
Jesús entra en la muerte por amor, para estar con nosotros también en nuestros límites, para ser con nosotros, para atraer a todos y hacerse carne de nuestra carne, para transformarnos a todos con su resurrección.

Semana Santa, días para reflexionar, días para pensar en nuestro destino, días para acompañar, orar, caminar, esperar y seguir caminando. La justicia de Dios no se expresa haciéndonos pagar a cada uno lo que hemos hecho, sino dándose a sí mismo…Semana Santa, días para el silencio.

Dios nos ha amado hasta el límite: La Cruz de Cristo es la prueba más contundente

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