(Jn. 18, 33 – 37)
Hemos llegado al último domingo del Año Litúrgico. Ya el domingo próximo iniciamos el Adviento. Y llega el tiempo de la evaluación. Recorrer un Año litúrgico, domingo tras domingo, es ir recorriendo un itinerario de fe que nos debe ir llevando a vivir con mayor intensidad nuestra opción por Jesucristo. En ese camino de fe hay una meta y esa meta no es el vacío, la nada…Esa meta es Cristo recapitulador y clave definitiva de esa humanidad nueva, que el profeta y el mismo Jesús define, definiéndose a sí mismo, como Hijo del hombre. Volvamos sobre la Palabra que hemos proclamado:
Es El, el que habla y el que define su misión, tal como acabamos de escuchar. Jesús está en un juicio, probablemente en el palacio que Pilatos habitaba cuando acudía a Jerusalén. Allí se encuentran el representante de la primera potencia política, militar, económica y cultural de entonces y un reo indefenso, desarmado, llamado Jesús ¿Es posible que ese hombre de mirada directa y serena sea el cabecilla de una revuelta política, sea un peligro para Roma? No, en realidad, es un peligro para las tramas del Sanedrín, para los juegos interesados de los políticos de todos los tiempos, para las maniobras manipuladoras de la religión de todas las épocas…” Te han entregado a mi… ¿Qué has hecho?”.
El evangelio de Juan nos narra el diálogo entre Pilatos y Jesús. Como todo el relato de la pasión según San Juan, el ritmo es lento, majestuoso. En realidad, más que un interrogatorio parece un discurso de Jesús para puntualizar y esclarecer algunos temas especialmente queridos por el evangelista. En un momento determinado Jesús hace esta solemne afirmación: “Yo para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.” Este reo nos conmueve y levanta un viento de libertad y de dignidad en el pretorio.
Su declaración recoge algo básico en la trayectoria profética de Jesús: su voluntad de vivir en la verdad de Dios. Jesús no sólo dice la verdad, sino que busca la verdad y sólo la verdad de un Dios que quiere un mundo más humano para todos. Y su palabra es verdadera precisamente, porque está desarmada, sin más fuerza que la luz que genera y la fascinación que su persona produce, porque en él las palabras más bellas del mundo se han hecho carne y hueso.
Hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey, pero este título nos puede llevar a equívocos. Hoy no celebramos la entronización de un rey amo del mundo, sino a un siervo autor y sanador de la vida, que muere en la Cruz, terrible patíbulo de tortura y de muerte, bajo un letrero escrito en hebreo, griego y latín, como Rey. Una burla de Pilatos que se convierte en profecía de ese mundo nuevo que anuncia ese joven rabí. En la Cruz, muere dándolo todo, sin recibir nada.
En su camino hasta ahí ha hablado con autoridad, pero sin falsos autoritarismos. Y sigue hablando ante el poder humano con sinceridad, pero sin dogmatismos. No habla como un fanático que quiere imponer su verdad. Tampoco como unfuncionario que defiende por obligación la verdad, aunque no crea en ella. Habla como testigo de la verdad, no como guardián o dueño de esa verdad. No convierte la verdad de Dios en propaganda, ni la utiliza en provecho propio, sino que pone esa verdad al servicio de los necesitados, de los artesanos de la paz y de la justicia, de los libres de corazón…. No tolera la mentira ni la encubre, no soporta las manipulaciones de la verdad, sino que se convierte en voz de los que no tiene voz y en voz contra los que tienen demasiada voz.
Evocar esto hoy no es superfluo… Vivimos atrapados en una sociedad cruzada por mil heridas que adquieren rostros amenazadores, – uno de ellos es la guerra…otro, es la DANA con su reguero de víctimas o los prófugos e inmigrantes que llegan a cientos a nuestras costas… o la llegada al poder de los países que deciden el futuro del mundo, de hombres que niegan lo que tanto nos ha costado darnos cuenta. – Vivimos en un mundo en el que las amenazas que nos asedian tienen cientos de rostros y la ocultación de la verdad o las falas verdades (fake news) se han convertido en un arma de los poderes económicos y financieros. Hoy se nos quiere convencer de que la verdad se identifica con todo aquello que defiende el sistema establecido, aunque para ello haya que cambiar lo que significan las palabras o se busquen eufemismos para ocultar la crueldad de lo que pasa: hoy a la crisis se le llama desaceleración; a la coyuntura de costes insoportables de gastos primarios, (como la luz, la comida, el transporte, recortes de servicios básicos…), se le llama reajuste; a las víctimas inocentes de la guerra, a la gente sin trabajo o excluidos por el sistema, daños colaterales; al aborto se le denomina interrupción del embarazo y a la eutanasia, muerte digna. Sin embargo, las cosas son lo que son, por mucho que barnicemos las palabras o las travistamos con elegantes términos.
Es urgente humanizar la vida, la historia, las crisis, poniendo en el centro la verdad, sobre todo la verdad de los que más sufren y cuya situación se agrava por momentos. Es lo primero que tenemos que hacer. Lo previo a todo. “Mi reino no es de este mundo” dice Jesús a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo” donde luchamos, abusamos, engañamos, nos devoramos. En mi reino lo importante no es ganar, sino servir. “A esto he venido…A dar testimonio de esta verdad…” No nos podemos acostumbrar a la exclusión social, a la desesperanza.
El Evangelio de estos días no nos habla del fin del mundo, nos habla de “la finalidad” del mundo, que no es otra que generar y acoger una humanidad, tal como Dios la ha soñado y Jesús la ha vivido. “Quien es de la verdad escucha mi voz”. ¿La escuchamos? ¿Buscamos la verdad? ¿Somos testigos y gestores de ese Reino nuevo que pedimos a Dios cada vez que rezamos el Padre Nuestro? ¿Trabajamos en la noche intensa del mundo, en la noche de la Iglesia, en medio de las lágrimas y de la fatiga del presente para forzar un nuevo amanecer?

