Conmemoramos en este día 2 de noviembre a todos nuestros fieles difuntos. Ayer contemplábamos a todos los santos, a todos los que ya gozan de la presencia de Dios, hoy oramos y le pedimos a Dios por todos aquellos a los que hemos amado: Han muerto y caminan hacia la casa del Padre. Ya están salvados, pero si a su paso por la tierra quedaron machados por algo, pedimos que la misericordia de Dios los purifique y vista del traje de fiesta para el banquete final.
Son muchos: En mis años al frente de esta parroquia, son numerosos aquellos y aquellas que nos han dejado para ir a la casa del Padre: Entre ellos hay sacerdotes, niños, ancianos y jóvenes. Religiosas y madres de familia. Unos cercanos, asiduos a nuestras asambleas dominicales y algunos comprometidos en los diversos ministerios comunitarios – en catequesis, en liturgia, en cáritas, en la Cofradía o en el ámbito laboral – Unos servidores generosos, otros más alejados, más anónimos.
La mayoría han vivido una larga vida, otros apenas habían empezado a vivir. Unos murieron después de una larga enfermedad, otros murieron mientras caminaban por la calle o víctimas de un accidente. Todos han pasado a lo definitivo y todos han dejado en muchos de nosotros un vacío difícil de llenar.
Hoy estamos aquí para orar por todos. Sin ellos, nuestra vida, sin duda, habría sido diferente. Lo que somos, lo somos también gracias a ellos; al morir no se diluyen en la nada, ni los succiona el vacío, sino que su memoria permanece en nosotros, a veces incluso con más fuerza que cuando estaban nuestro lado. Por eso, hoy estamos aquí, para hacer memoria de sus vidas y para darle visibilidad a nuestro agradecimiento. ¡Gracias, Señor, por todos ellos!
Han muerto, pero no se han perdido para siempre. No sólo perviven en nuestra memoria o en nuestro ADN, sino también perviven para siempre, en el corazón de Dios: “Dios es un Dios de vivos y llama a la vida para siempre… “La vida no termina – diremos en el prefacio – sino que se transforma”.
Si miramos hacia atrás, todo nos parece un sueño. Todo nos parece que ha ocurrido en un abrir y cerrar de ojos. Y es cierto. Porque la vida aquí abajo es eso: un parpadeo entre la oscuridad y la luz…
Se puede y se debe aprender de la muerte, porque si nuestro tiempo es limitado, tenemos que saber en qué queremos gastar el tiempo. En estos momentos en los que la muerte es, como siempre lo ha sido, un tema recurrente, que intentamos maquillar de una u otra forma para ignorarla, las turbulencias del momento, llamémoslas guerras, catástrofes naturales, accidentes, pateras o cayucos hundidos en el Atlántico, se encargan de sacarla del anonimato y ponerla sobre la mesa casi a diario. Por eso, no podemos dejar de preguntarnos, si nuestra vida es tan fugaz y tan frágil, si la muerte lo condiciona todo…¿Qué sentido tiene mi vida…? ¿Qué busco? ¿Qué es para mi lo apremiante, lo esencial a la hora de determinar mis prioridades? ¿Si todos llevamos desde que nacemos, fecha de caducidad, es acertado vivir cono si la muerte no existiera?…
No matemos el tiempo e intentemos gastar la vida tratando de mejorar sus condiciones: Perdonar, acoger, compartir, dar cariño, remar en favor de un mundo más fraterno y humano, hacer este mundo más bello y habitable, es una forma de vivir con sentido el tiempo y son posibilidades al alcance de todos. No las desaprovechemos y empecemos a construirlo en los pocos metros cuadrados en los que nos movemos.
“Recordemos” – es decir, pasemos por el corazón – lo mejor de aquellos y aquellas a los que hemos amado y seguimos amando. Mantengamos la esperanza en que el bien que hacemos, tarde o temprano se abrirá camino, aunque nosotros no lo veamos o no alcancemos a experimentarlo de forma inmediata y miremos siempre hacia adelante con un corazón agradecido.
Estamos en la Eucaristía y la Eucaristía es un punto de encuentro. Aquí, en torno a una misma mesa, confluimos unos y otros: Los que todavía peregrinamos y los que, salvados, caminan hacia el final o ya han llegado. Unos y otros somos propiedad del Señor Resucitado…Unos y otros estamos en El, en El nos movemos y en El nos sentimos en comunión unos con otros. ¡Bendito sea Dios, que nos regala la oportunidad de este encuentro!
Que nuestra oración vuele siempre ligera al encuentro del Dios de la vida y que todos nuestros difuntos alcancen para siempre la luz y la paz que han deseado… ¡Dales, Señor, el eterno descanso y que tu luz ilumine para siempre sus rostros!

