(Lucas 3, 15-16. 21-22)
Con este domingo se cierra el ciclo de la manifestación del Señor, conocido como ciclo de la Navidad. En él celebramos el Bautismo de Jesús, que según el evangelio de Lucas, nos revela, a través de una investidura impresionante, la identidad de Jesús, su filiación divina y su destino mesiánico.
La escena, tal como nos la describe la tradición lucana, es casi cinematográfica, grandiosa. En ella confluyen cielo y tierra; el Espíritu aparece como el que conecta ambos polos y una voz define e interpreta lo que acontece…Mientras, el pueblo observa expectante. Juan, el Bautizador, es quien hace de presentador y de telonero de lo que se avecina: “Detrás de mí viene Alguien que es más fuerte que yo”.
Jesús más fuerte que Juan. ¿En qué consiste la fuerza de Jesús? Jesús es más fuerte, porque, al contrario del resto de profetas y de predicadores, habla al corazón. Su voz no viene de fuera, su palabra suena en el interior de cada uno y es germinadora de vida. “Él les bautizará…” Su fuerza consiste precisamente en eso, en bautizar, es decir en “sumergir” al hombre en el mar de lo absoluto para que se impregne de Dios, para que respire con su mismo aliento y se convierta en hijo suyo: “A cuantos lo han escuchado les ha dado el poder de llegar a ser hijos suyos” (Jn 1,12). Su fuerza es energía, vitalidad, liberación, creatividad. Es como una brisa que impulsa la vela de un balandro o como una ráfaga de fuego que deja un calor inesperado. Es una energía que me empuja a ser portador, al mismo tiempo, de libertad, de energía y de luz para los demás: “El les bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
Pero volvamos a la escena. ¡Contemplémosla…! Es de una belleza particular: Mientras, Jesús está concentrado en la oración, de pronto “se abre el cielo”…Ese cielo que se creía ya cerrado, porque ya no había nada nuevo que decir después del último profeta… “No hay nada nuevo bajo el sol” musitaba fatalmente Qoheleth… ¡Ese cielo, se abre! ¡Hay Esperanza! El cielo se abre y se ha abierto definitivamente, también para nosotros que muchas veces actuamos y vivimos como si el cielo se hubiera cerrado para siempre…! ¡Se abren los cielos y, a partir de Jesús, nuestro acceso a Dios, nuestro encuentro con El, siempre tiene las puertas abiertas… ¡Cómo nos evoca este texto y nos avanza, esa constatación que hacen algunos de los evangelistas después de la muerte de Cristo, cuando afirman que “el velo del Templo se rasgó de arriba a abajo…” Dios ha irrumpido en Cristo, ha tomado nuestra propia carne y vive con nosotros para siempre. En Cristo el acceso a Dios es totalmente libre…Podemos pasar sin tocar el timbre… ¡Cómo deberíamos aprender obispos y servidores del pueblo, de esta disponibilidad !
“Y del cielo desciende una voz: Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me complazco…” Esta voz expresa tres cosas sobre Jesús y sobre cada uno de nosotros, bautizados en su nombre- Son tres palabras, que no debemos obviar: La primera palabra que escuchamos es ” Hijo”. Dios es fuerza que genera y lo primero que genera es vida. Todos somos hijos en el Hijo, todos llevamos el ADN de Dios.
“Amado” es la segunda palabra que escuchamos. Antes de que tú actúes, antes de que puedas contabilizar el más diminuto de los méritos, lo sepas o no lo sepas, cada día y cada noche, tú para Dios tienes un nombre: “el amado”. Es un amor inmerecido, incondicional, unilateral, asimétrico. Dios te ama. Dios me ama, con un amor que se anticipa y que prescinde de todo.
“En él he puesto mi complacencia…” Es la tercera palabra. Dios encuentra su gozo y su alegría en que yo exista, en que tú existas, en que tú seas…Es como si dijera, como si te dijera:” ¡Hijo mío, te miro y me siento feliz…!”
Les invito a imaginar cada día esta escena…A contemplarla. Hemos sido bautizados, sumergidos en Dios como el pez en el agua…Cuando estemos desorientados o despiertos; Cuando vivamos serenos o experimentemos la frustración o el desánimo, imaginémonos siempre esta escena: Los cielos que se abren sobre nosotros, sobre ti o sobre mi, como un abrazo de Dios, como una ola de vida, como una ráfaga de calor que nos acaricia. Es el Padre que nos dice – que te dice, – que me dice: “Hijo mío, te amo…Vive sereno, siéntete tranquilo en mis manos… ¡Tú eres mi gozo y mi alegría!.” “¡En ti me complazco!” Dios se siente feliz, encuentra su gozo en amarme… Y yo me siento amado por Dios… ¿Podría aspirar o soñar con algo mejor? Pablo lo experimentó, por eso afirma: “ ¿Si Dios está con nosotros, quien puede estar contra nosotros?”
Si esto es así, sigamos caminando y vivamos como testigos creíbles de esta fe que profesamos, en la que se fundamenta nuestra Esperanza. Bautizados en Cristo para ser luz…Para ser réplicas, aquí y ahora, del Dios en que creemos.

