Adviento: Evangelio del primer domingo (C)

(Lucas  21, 25-28. 34-36)

Comenzamos un nuevo Año litúrgico, estamos en el primer domingo de Adviento. Dentro de cuatro semanas será Navidad y, de domingo en domingo, nos reunimos como Iglesia para confesar nuestra fe, escuchar la Palabra y fortalecernos en el viaje que nos conducirá al domingo sin fin.
El Adviento nos abre a ese punto nuclear en torno al cual giran los años y los siglos, Jesucristo, que entró en el rio de la humanidad en la primera Navidad de la historia y ahí permanece “en cada acontecimiento, en cada persona” (Pref.).

En el primer día de esta primera etapa del viaje, que abarca las cuatro semanas previas al Nacimiento, la liturgia nos propone un texto del Evangelio que nos habla de gente “enloquecida, angustiada” por las terribles amenazas ligadas a la fragilidad de lo creado: “Todo es efímero, nada es definitivo”. ¿Quién duda de esto? La precariedad de nuestra vida y el caos en nuestro entorno, es un dato objetivo que la experiencia diaria nos pone en evidencia como nunca – pensemos en el Covid o en el volcán de la Palma, en la DANA o en las guerras del momento, por decir algo – Pero el Señor, acabamos de escucharlo, nos anuncia que también los momentos desconcertantes y difíciles son un tiempo de liberación.

En realidad, el evangelio de San Lucas, (Que será el evangelio proclamado en este ciclo C), no quiere contarnos el fin del mundo, sino el misterio del mundo, quiere desvelarnos el sentido de la historia… El texto de hoy con su lenguaje figurativo, nos coge de la mano y nos invita a salir de casa, a abrir las ventanas y a mirar al cielo; a percibir cómo el cosmos se retuerce y sufre como una parturienta (Is 13,8); Se fatiga y sufre, pero para producir nueva vida. Incluso en el caos de la historia y en las tempestades de la existencia, el viento de Dios sigue soplando la vela de nuestra barca.

Y como siempre después de una descripción dramática, sigue un punto de ruptura, hay una curva que abre el camino a un paisaje nuevo, a un horizonte inesperado. Emerge algo nuevo que despierta nuestra esperanza…Todo cambia… ”¡Ustedes, ante esto, levanten la cabeza, porque la liberación está próxima!” ¡Esperar y vivir atentos! Son los dos nombres del Adviento. La tierra resuena como un grito inacabado, pero el Evangelio nos pide que no perdamos el corazón, que no caminemos con los ojos bajos, con la cabeza inclinada. Que levantemos la mirada y encendamos las luces largas, porque sólo así podremos contemplar el sol que se levanta, la tenue luz del nuevo amanecer. ¡Mantengan la esperanza!

¡Y estén atentos! Atentos, ante todo, a ustedes mismos: “¡Que el corazón no se les embote!.” Lo hemos experimentado más de una vez, el descorazonamiento nos amenaza tanto como la pandemia o el ruido de lo que pasa… Pero no permitamos que el desánimo, la rendición, la indiferencia, se sienten a la mesa con nosotros, coman de nuestro plato.

Es cierto, lo creemos, estamos seguros de que la historia, nuestra historia humana, a pesar de todos los tropiezos y desmentidos, es una historia de salvación.
El regalo del Adviento es éste: Liberar el corazón. Adquirir un corazón ligero, no como una pluma movida caprichosamente por el viento, sino liviano como las alas del pájaro o de un parapente que, aprovechando las corrientes de aire para deslizarse con más rapidez, puede llegar más lejos. Prestemos atención al “tic tac” de nuestro corazón…Escuchemos, como escucha la madre, cuando por primera vez siente el latido del hijo que lleva en su seno. “Vivan atentos, a las pequeñas grandes cosas de la vida”. ¡Animo!… Porque “Siempre habrá – dice un poeta – un pequeño trozo de cielo que pueda contemplarse y bastante espacio dentro de cada uno de nosotros para poder unir las manos para orar”.

Los Evangelios de Adviento nos invitan a caminar hacia la liberación total, pero concentrados en lo pequeño, tratando de ser guardianes de la esperanza, vigilantes de los días, peregrinos de lo eterno. La vida no es una construcción sólida, rectilínea, acabada, pero es siempre una “realidad germinante”. Los brotes, las cosas o las situaciones nuevas, no nos dan seguridad total mientras se desarrollan, pero siempre nos regalan un aire de primavera, un sentido de futuro, una aurora de esperanza.

Es Adviento: Un tiempo para mirar al Infinito, para intuir el final feliz de la historia, pero también un tiempo para mirar nuestro propio corazón; un tiempo para concentrarnos en la vida, para liberarnos de lo inútil, para fortalecer lo nuevo, para detectar y custodiar lo bueno que empieza…En definitiva, este tiempo de Adviento es un tiempo propicio para aprovechar las corrientes para volar, para caminar más aprisa hacia aquello, o, mejor, hacia Aquel, al que confesamos e intuimos como la persona que puede dar sentido total y definitivo a nuestra existencia, Jesucristo.

Que nuestra oración, hoy y siempre, sea la que reiteramos cada día en la Eucaristía y cierra, para nosotros los cristianos, la revelación de Dios como última frase de la Biblia:

“¡Ven, Señor, Jesús!”

Imágenes Relacionadas:

Escrito por

es_ESSpanish