A la sombra de la Cruz del Viernes Santo

En el momento en que Cristo muere en la Cruz, todo lo que El había sembrado parece reducirse a la nada. La muerte triunfa aparentemente sobre Aquel que decía: “Yo soy la vida”. Sin embargo, todo empieza precisamente en ese momento a clarificarse: Si el grano de trigo no muere, no produce fruto…Sin la Cruz no entendemos el cristianismo.

El Viernes santo es para los cristianos, la celebración de una espera. Reviviendo los sufrimientos y la muerte de Jesús aguardamos su Resurrección. Esperamos la Pascua, porque queremos acoger la vida del Resucitado en nuestro ser crucificado por el pecado, el fracaso, la debilidad, las contradicciones e incoherencias, por la enfermedad, la muerte. La muerte, confesamos hoy, a pesar de las apariencias, no es la última palabra sobre nuestra fragilidad, sobre nuestra terrible y permanente precariedad. La muerte es el paso a la vida. No vivimos para morir, morimos para resucitar.

Cuando fuimos bautizados, la Iglesia nos entregó en el momento de la acogida, la señal de la cruz, distintivo de los cristianos. Desde entonces hacer la señal de la cruz sobre nuestro cuerpo no es sólo un signo que indica nuestra pertenencia religiosa, nuestra identidad, es también un signo de esperanza. Llegada la hora de pasar de este mundo al Padre, Cristo nos incorpora a su marcha, nos invita a seguirle para que, por la fuerza del E.S. experimentemos y vivamos para siempre la vida que brota del Corazón de nuestro Padre Dios que le resucitó a El y también nos resucitará a nosotros, sacándonos de nuestros sepulcros: llámense apatías, desgana, complejos, depresiones, egoísmo, insolidaridad… De todos nuestros sepulcros nos sacará el Señor.

La Pasión que proclamamos en la celebración hoy, nos hace a todos testigos de un motín de odio contra el Mensajero de la ternura de Dios. Pero el mensajero de esa ternura no se ha hundido ante tanta injusticia, ante tanta sin razón, sino que le ha hecho frente. El se ha batido hasta el límite contra el mal y le ha vencido con el bien, incluso en el mismo patíbulo, donde pende entre el cielo y la tierra. De su boca sólo hay palabras de perdón, de misericordia, de confianza en Dios…

El dolor, la enfermedad, la traición del amigo, nuestras mediocridad, la envidias, la violencia, el escándalo de aquellos de los que esperábamos buenos frutos y sin embargo han dado agrazones… cruzan permanentemente nuestra vidas… Pero ¿qué o quién nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? Si el Crucificado ha descendido a todos nuestros infiernos particulares para asociarse e identificarse con nosotros en todo, es para arrastrarnos con El, levantarnos, asociarnos a su victoria… Si morimos con él, viviremos con El… ¿Dónde está, entonces, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?

¡Victoria tu reinarás! ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!

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