A la luz del Misterio de la Sma. Trinidad

Hemos concluido la Pascua. Hoy, como colofón de todo este ciclo, el más importante del Año litúrgico, celebramos a la Santísima Trinidad, 0rigen y meta de toda la historia de la salvación.

Esta fiesta de Dios no es una invitación a la fantasía o a dejar volar nuestra imaginación por lo etéreo…Tampoco es una fiesta para adentrarnos en una teoría o en un teorema de difícil solución. Dios jamás se manifiesta para entretenernos o invitarnos a un viaje a lo imposible.Cuando Dios se nos manifiesta, lo hace para que conociéndole a El, nos conozcamos a nosotros mismos y seamos felices. Por eso el relato sobre Dios se convierte en el relato del hombre y su Misterio nos revela nuestro propio misterio.

Del Misterio de la Trinidad emerge una constatación rotunda: «Dios no es en soledad absoluta», no es un ser solitario que existe más allá de lo imposible. Para Dios “existir” es, ante todo  CO-EXISTIR, en el cielo, pero también con nosotros, aquí y ahora.De hecho, cuando Jesús nos da a conocer la intimidad de Dios, habla de «casa», de «familia», de “Abba”, de «hijos», de Alguien que abraza y a quien abrazamos; Jesús habla de un Padre-Dios, «que vive en relación».

El Espíritu, a su vez, tal como contemplábamos el pasado domingo, es fuerza que cohesiona y tiende a empujarnos al encuentro con los otros; el Espíritu, cuando somos dóciles a su aliento, nos hace descubrir que formamos parte de un todo y encontramos belleza cuando vivimos en armonía con el universo, ese universo que hace germinar y repuebla el Espíritu. Es el Espíritu quien nos asegura que toda vida empieza a ir mejor, a oxigenarse, cuando nos ponemos a la escucha de la vida, cuando la respetamos y nos la tomamos en serio.El Misterio de Dios, por tanto, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos revela el secreto para llegar a ser verdaderamente hombres. Y ese secreto es que todos, absolutamente todos, “vivimos en relación”, «somos» en la medida que “nos relacionamos”, en la medida que “nos abrimos a los demás”, en la medida que nos sentimos inmersos en un mismo movimiento que nos empuja a querernos, a buscarnos, a vivir en comunión.

La Trinidad no es un dogma frío, complejo, que se nos impone para que lo aceptemos sin más, lo entendamos o no. El Misterio de Dios no está fuera de nosotros, está dentro de nosotros, vive en nosotros y genera en nosotros los deseos más sublimes. Si estamos atentos a nosotros mismos sentiremos dentro de nosotros sus pulsiones.
Aquello de “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” del Génesis es justamente eso: El hombre, los hombres, somos réplicas, expresiones, iconos, sacramentos de Dios, que es amor, que es familia, que es comunión. Todos llevamos esta impronta que procede de Dios y forma parte de nuestro “ADN”.

Avanzar por este camino, llegar a ser lo que somos, es nuestro quehacer prioritario… Paso a paso, día a día, porque el amor nadie lo vive en plenitud de una vez para siempre. Por eso hemos de avanzar esperando siempre que el mejor vino está por llegar, pero sin olvidar que Dios no está sólo al final del camino, sino también en el camino que vamos dejando atrás.

¡Cómo impresionan las palabras de S. Juan en el evangelio de hoy! Son palabras pronunciadas por Jesús, durante una conversación que tiene con Nicodemo en la noche de Jerusalén: “Dios ha amado tanto al mundo que le ha dado a su propio hijo”… Jesús define a Dios como “el que ha amado tanto…” Y esta afirmación del Hijo, “el único que conoce al Padre”, ilumina en la noche de Palestina, el rostro y el corazón de Nicodemo; ha iluminado el rostro de multitudes de hombres y mujeres a través de la historia y también quiere iluminar hoy nuestros rostros.

Fijémonos en la frase, el verbo está en pasado: “Dios ha amado y ha dado…”. Son afirmaciones,, Jesús no habla de expectativas, de posibilidades…Es algo que ya ha sucedido: Para amarme a mí, Dios se ha perdido a sí mismo…Esta es la locura de la Cruz, este es el exceso del Viernes Santo…Una locura que se convierte en nacimiento, porque toda criatura nace y renace gracias al corazón que la ama.Los cristianos no somos aquellos y aquellas que aman a Dios, somos aquellos y aquellas que creemos que Dios nos ama a nosotros y que ha pronunciado sobre este mundo su “sí” de Padre, antes que el mundo ni siquiera lo haya solicitado.

CREER en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, nos identifica como cristianos. Y esto significa no sólo CONFESARLO juntos, como haremos dentro de unos instantes al recitar el Credo, sino sobre todo significa ACTUAR como El actúa. Por eso, cuando tendemos puentes, cuando construimos comunión entre nosotros, cuando abrazamos a los otros como Dios nos abraza, cuando abrimos las puertas de nuestra vida a la alteridad, al diferente, al otro…Estamos recitando el Credo, estamos dando gloria a la Trinidad y estamos confesando nuestra fe, porque – como afirma San Ireneo, un Santo Padre de los primeros siglos, en una magnífica frase, – “la gloria de Dios, es la gloria del hombre» – .

Abrámonos, pues, al Misterio: Conocerlo a Dios es conocernos a nosotros mismos, el relato sobre Dios nos remite a nuestro propio relato…Creer en El, es actuar como El actúa, es convertirnos con El y a semejanza de El, en artesanos de comunión.

¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!

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