El evangelio nos presenta a diez hombres marcados por la enfermedad y la marginación, diez leprosos. Se agrupan y se apoyan mutuamente…Vivir, actualmente con la lepra, es todavía un tabú insoportable, en tiempos de Jesús era todavía peor: Expulsados de la comunidad, sin esperanza de curación y con el sambenito de «castigados por Dios», vivían como muertos vivientes entre tumbas y descampados…
El sufrimiento, sin embargo, les une…Y notemos el detalle: Jesús, “viéndoles a lo lejos”, a penas los divisó, movido por la prisa de quien quiere hacer el bien y quiere hacerlo cuanto antes, les dice: “Vayan al sacerdote y muéstrenle que están curados”. En aquellos tiempos, la única forma de poder integrase un ex-leproso de nuevo a la comunidad, era acreditar que estaba curado, que ya no era un peligro para la sociedad y, cuando sucedía, – lo cual era muy raro – quien tenía que acreditarlo era el sacerdote; sólo con su acreditación, sólo con ella, el curado de la lepra podía incorporarse de nuevo a su casa, a su trabajo, a sus quehaceres o acceder al Templo.
Los diez hombres se ponen en camino y lo hacen todavía enfermos, cubiertos de llagas. Sin duda se mueven por un acto de fe en la palabra de Jesús, no están sanos y, sin embargo hacen lo que Jesús les dice. Se fían de su Palabra, antes de verla realizada…Y mientras iban de camino se sienten curados…Sucede siempre así…La salvación entra en nosotros a partir del primer paso que damos, el futuro nos visita, antes incluso, de que acontezca. Como la semilla, como una profecía, como una noche cuando se enciende la primera estrella, como la primera gota de agua que brota de un manantial… Todo comienza con el primer movimiento.
Y se sintieron curados…El evangelio está lleno de hombres y de mujeres curados…Son el cortejo festivo que acompaña el anuncio de Jesús: Dios se hace presente en medio de nosotros, como el que sana, y está presente en el cortejo de estos hombres curados y, sobre todo, en el estupor y el gozo del que vuelve, saltando, alegre, glorificando a Dios.
A éste, le dice Jesús: “Tu fe te ha salvado…” Pero también los otros nueve han tenido fe en la palabra de Jesús, por eso se pusieron en camino…Ahora bien, ¿Dónde está la diferencia entre el que vuelve agradecido y los que no vuelven? Ambos se han fiado de Jesús y han creído en su palabra, pero al que vuelve no le basta el regalo, el don recibido, busca al que lo ha curado, ha descubierto que el secreto de la vida no está tanto en la curación como en el que lo ha curado, en el encuentro con un Dios que pisa el fango donde se mueven los más frágiles y pequeños, un Dios que no deja de mirar nuestras heridas y vuelve.
¿Ninguno más ha vuelto a dar gracias? ¿Ninguno ha vuelto a dar “gloria” a Dios?..” ¿Y qué es lo que le da “gloria” a Dios? Dice S. Ireneo que la “gloria” de Dios es la “gloria” del hombre que vive…Y ¿Quién está más vivo que ese hombre samaritano que vuelve brincando, bailando, alabando a Dios? A este hombre, doblemente excluido por ser samaritano y encima leproso, no le basta volver a su casa, a su familia, a su trabajo, a su comunidad…Quiere volver también a la fuente de donde ha manado todo lo que ha recibido. No sólo agradece la salud, busca al sanador, quiere remontar el río y llegar al naciente. En la sanación se ha curado la enfermedad de la piel, ya es un hombre como el resto, pero al encontrarse con el Sanador se encuentra con lo que le puede dar sentido a su vida, con quien puede salvarlo y hacer florecer su vida en todos los aspectos. Todos fueron curados, pero él que volvió no sólo fue sanado, fue también salvado.
Al volver, siente que encontrarse con el que le ha curado, puede convertir su vida en una alabanza permanente a Dios; vuelve, no sólo porque le ha dado la salud, sino también, porque intuye que aquel joven rabí, puede hacerlo cada vez más hombre, más agradecido y, por lo mismo, más agraciado, dado que ha descubierto que Dios actúa más allá de las distancias y exclusiones que nosotros, también leprosos, insensibles a la fatiga y a las heridas de los otros, imponemos a los más frágiles.

