A la luz del Evangelio,Ascensión del Señor (c)

Celebramos la «Ascensión del Señor», la hemos proclamado en la primera lectura, un relato muy elaborado, como todo el libro de los Hechos de los Apóstoles con el que Lucas completa su evangelio.

Para evocar lo indescriptible, el evangelista recurre a imágenes y verbos – Jesús “subió”, “fue elevado”, “ascendió al cielo”, “a lo alto” – para decirnos que Jesús está ahora en la gloria con el Padre, que ha entrado en la intimidad de Dios y, al mismo tiempo, ayudarnos a entender, que las cosas no desaparecen con la puesta del sol.

La Ascensión es la exaltación definitiva de Jesús, garantiza la realización de la promesa del Espíritu y demuestra que nuestro amor no es inútil: Ninguna fatigosa paciencia, ningún generoso esfuerzo, quedarán estériles. Nada que lleve la impronta del amor, ni siquiera un vaso de agua dado al sediento, se perderá para siempre.

La Ascensión nos recuerda que la vida, nuestra vida en todas sus formas, es una permanente subida, un camino en progresión, una carrera de fondo siempre mirando al futuro…Un reto permanente hasta alcanzar la plenitud.

Un teólogo de nuestros días (G. Vannucci) lo dice con estas palabras: “Todo el camino espiritual se resume en ser cada día más consciente de lo que soy y de lo que vivo con los demás, en hacerme más libre y en amar más. La existencia entera del cosmos está marcada por estas tres directrices: más consciencia, más amor, más libertad”. El cristiano es el hombre que vive en esta tensión progresiva, constante.

Contemplemos los tres gestos últimos de Jesús: “Envía, bendice y desaparece”. A partir de ese momento comienza la Iglesia “en salida”. Y empieza con un ENVIO que exige a aquellos hombres encerrados en su pequeño mundo, limitados por sus miradas egoístas, un cambio radical. Deben pasar de una comunidad, de un grupo autorreferencial, centrado en sí mismo, aislado, a una iglesia centrífuga, “en salida”, a una iglesia que no pone el foco sobre sí misma, sino sobre el camino ascensional del mundo, del hombre, de la cultura, de la casa común, de las nuevas generaciones, con la finalidad de hacer emerger en todos los ámbitos las fuerzas mejores, las más bellas, las más humanas.

Es a este crucero alrededor del mundo al que Jesús nos invita a todos. A salir de nuestros circuitos cerrados, nuestro pequeño mundo con el que nos identificamos y a mirar lejos. “El mundo es de ustedes” nos viene a decir, “vayan y sanen la vida”, contagien el bien que han recibido…Sean testigos convincentes de lo que anuncian.

Después sacándolos de Betania los BENDIJO, un gesto litúrgico. Una bendición suspendida entre el cielo y la tierra. El último gesto de Jesús sobre el mundo es, una bendición. El mundo lo había rechazado, asesinado y El lo bendice. Como te bendice a ti y a mí, con tus amarguras y tus pobrezas, con tus dudas y tu fatiga.

Y, mientras los bendecía, SE SEPARÓ de ellos. De ese “cuerpo que se ausenta” nace la Iglesia. Porque Jesús no abandona a los suyos. El no se va a lo remoto e inaccesible del cosmos, entra en la intimidad y en lo más nuclear de nuestra vida: No ha subido por encima de las nubes, sino que ha bajado a lo más profundo de nosotros y ha encendido la zarza que arde en cada uno: Está “dentro de mí, más que yo mismo” (S.Agustín).

El evangelista Marcos lo expresa con esta frase: “Actuaba con ellos y acompañaba la Palabra que predicaban con signos.” El Papa Benedicto XVI lo afirma con un lenguaje más actual, cuando dice: “La Ascensión no es una carrera espacial sino una navegación del corazón que nos lleva de la cerrazón sobre sí mismo al amor que abraza al universo entero”.

Jesús no se ha ido a otro lado, sino que a partir de ahora, hay que buscarlo más allá de las formas: Si antes andaba junto a sus discípulos, ahora entra dentro de ellos, dentro de cada uno de nosotros. Y entra como una fuerza que nos empuja a ascender, a ir cada día un poco más allá, a progresar en todo lo bueno, en todo lo bello, en todo aquello que construye fraternidad, que sana; en todo aquello que hace este mundo más humano.

Para realizar esta tarea, Jesús confía en nosotros, a pesar de que también nosotros, como aquellos discípulos, entendamos poco. Se fía de mí y de ti a pesar de lo que somos; confía en nosotros y a cada uno le asegura la fuerza de lo alto, su Espíritu. ¿Quién puede resistirse a este envite? ¿Cómo voy a decepcionar a quien cree en mi, más que yo mismo? Ha llegado el momento …¡Pongámonos en marcha!.

No abandonemos. Disfrutemos de que el Señor quiera contar con nosotros a pesar de nuestra fragilidad…Incorporémonos a este cortejo de seguidores, todos tenemos posibilidades…Y volvamos sobre el final del texto que hemos proclamado…Agradezcamos nuestra suerte y dejémonos habitar por el gozo…Escuchemos: ”Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban en el templo bendiciendo a Dios.”

Jesús, »vino y se fue», dejándonos a nosotros una hermosa tarea: Reiterar sus palabras y sus hechos a los hombre de hoy.

¡Ojalá seamos siempre, en el ámbito en el que nos movemos, portadores de bendiciones!

Imágenes Relacionadas:

Escrito por

es_ESSpanish