A la luz del Evangelio, IV Domingo de Adviento (A)

Mateo 1, 18  – 24

En la espera del Señor, tiene un protagonismo especial San José. Hoy, cuarto Domingo de Adviento, el evangelista Mateo nos presenta una anunciación diferente a la de San Lucas, la anunciación del nacimiento de Cristo a San José. Entre los custodios de la espera de Israel, está también S. José. En el evangelio aparecen dos hombres importantes de los que no se recoge ni una sola palabra: uno, con prioridad sobre el otro, es S. José, el esposo de María, que será para todos sus paisanos, el padre de Jesús, El otro es Lázaro, al que Jesús resucita. El silencio de uno y otro, es también silencio sobre uno y otro.

San José, según la genealogía que presenta S. Mateo, es el último patriarca de Israel, finalista de una historia preñada de contradicciones y de promesas, una historia no siempre lineal. Como su antepasado, el patriarca Jacob y su hijo José, es un hombre de sueños. A José, el hijo de Jacob, sus hermanos le llamaban “el soñador”: ahí viene el “soñador” decían, antes de deshacerse de él.
La historia de José, el esposo de María, es conmovedora: Sus sueños narran una historia de amor, de dudas y su corazón, herido son las pruebas de su ansiedad ante lo que no entiende, nos hablan de sus crisis. “Antes de convivir juntos, resultó que María esperaba un hijo… Y José decide repudiarla en secreto”. De la forma más discreta posible. Es la única salida que se le ocurre para salvar a María de la lapidación pública, y, todo, porque la ama. No entiende nada, pero María ha ocupado y ocupa su corazón, incluso sus sueños y no quiere hacerle daño.

Parémonos ante este hombre, merece toda nuestra atención, un hombre que es capaz de poner a la persona por encima de las normas. Pero, parémonos también ante Dios, que rompe todos los esquemas: Un Dios inesperado, que hace posible lo imposible… ¿Cómo, si no, a José se le hubiera ocurrido escamotear el escándalo que le sobrevenía a María? De José no conservamos ni una palabra, pero ¿cómo hubiera podido Jesús saborear la palabra “papá” y trasmitirla como algo identificativo del cristiano, si no la hubiera pronunciado y saboreado previamente, ante aquel hombre de ojos profundos y manos callosas? ¿Cómo habría hablado de Dios, como Padre, con tanta ternura, si no lo hubiera vivido en su propia casa de Nazaret? “Abba”, “papá”…Llamando así a José, Jesús desde niño, ha podido experimentar lo que esta palabra significa, la ternura infinita que encierra y ponérnosla en nuestros labios cuando hablamos con Dios.

S. José es un hombre silencioso y valiente, concreto y libre, un hombre de decisiones. Es también un hombre que “sueña”. De hecho, la suerte de nuestro mundo, hecha carne en la carne del niño, está condicionada a sus sueños. Porque el hombre “justo” coincide en sus sueños con los sueños de Dios. Al nombre de “Jesús” que es el nombre que María escucha de boca del ángel, José añadirá el de Enmanuel, en referencia a Isaías: “Jesús” y “Enmanuel”. El primer nombre, Jesús, significa “Dios salva”, es un nombre de gran significado, pero común; el segundo nombre, Enmanuel, clarifica “cómo” salva Dios: Estando, viviendo, caminando con nosotros… Jesús mismo nos lo dirá al final de su vida: “Estaré con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”.

Se necesita valor para “soñar”, no sólo fantasías e imaginar un mundo diferente. Soñar significa no contentarse con el mundo tal como lo hemos heredado y tratar de mejorarlo. “Los sueños están hechos de esperanza,” (Shakespeare). El evangelio nos narra cuatro sueños de José. Son sueños de palabras y, siempre son sueños incompletos, demasiado cortos…Pero lo suficientemente claros por las circunstancias que los rodean. Son sueños que movilizan, que ayudan a discernir y a ponerse en camino…Es la vía imperfecta de los “justos y de los profetas”… Diría que es la vía de todos los creyentes: Basta un primer paso, incluso imperfecto, y ya es suficiente…Todo se pone en movimiento. “Aunque la noche sea oscura y esté lejos de casa, Tú me conducirás y sostendrás mis pasos vacilantes…” (J.H. Newman).

Pronto será Navidad. Soñemos. El Niño que va a nacer es resultado del sueño de Dios. Soñemos, no con fantasías, sí con esperanza: “Es posible, lo imposible”. Es posible un mundo más en armonía, es posible un mayor equilibrio ecológico, es posible lo imposible, pero necesario…Es posible que “en el desierto broten ríos y en la estepa crezcan acacias, es posible que el león paste con el cordero y las lanzas se conviertan en arados…” Es posible hacer el bien, aportar luz en las tinieblas del momento, es posible la paz. Es posible una sociedad más humana…Necesitamos “soñadores en el mundo y en la Iglesia. Gracias a los hombres “soñadores”, el mundo ha mejorado…Si damos el primer paso, el coraje se renueva y el valor que nos impulsó a superar la primera noche, volverá al atardecer.

Atrevámonos a soñar y demos el primer paso. En este reto, S. José de manos callosas y corazón soñador, es maestro…Primero decide y actúa con libertad, luego sueña: Primero, “decidió repudiarla”…Luego “sueña”…Después del conflicto emocional y espiritual que vive en su interior al verse traicionado por su novia que arriesga su vida como “adúltera”, José tiene un sueño que viene a abrirle a una respuesta nueva Ese sueño se resume así:”¡No tengas miedo de amar a tu novia!”.

Dios no le resuelve a José mágicamente los problemas, todo lo contrario, José sufre y se angustia. Pero Dios camina con él, está en el corazón de los problemas. Y es ahí, en el corazón del conflicto, donde le revela a José la única salida posible: “Proteger vidas con la propia vida”.

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