(Lucas 9, 28b-36)
Hay que subir y bajar de la montaña…El relato de la transfiguración se inserta muy bien en el camino de conversión que nos propone la Cuaresma: El rostro resplandeciente, los vestidos blancos, la nube y la voz del cielo, manifiestan que el camino de Jesús hacia la Cruz esconde un significado pascual. Este hombre que se encamina hacia la Cruz es en realidad el Señor, muerto y resucitado. Lo que sucede en el Tabor tiene una finalidad concreta: revelar a unos hombres desorientados el sentido oculto y desconocido del camino de Jesús.
Estos hombres ya se han dado cuenta que Jesús es el Mesías y ven cómo el camino que ha elegido le va llevando inevitablemente a la muerte, pero no han entendido el sentido, la fuerza de esa Cruz. Por ello necesitan una experiencia que les ayude a descubrirlo. Una experiencia, sin duda fugaz y provisional, pero necesitan que el velo que cubre su mirada sobre Jesús se corra un instante, para ver quien es en realidad ese hombre a quien han decidido seguir y que les ha seducido. Dios concede a sus discípulos por un momento, contemplar la gloria del Hijo, anticipar la Pascua, comprender que el camino de la Cruz, el camino de Dios, el sufrimiento y el esfuerzo, no son caminos cerrados, no son circuitos sin salida. El camino de Dios siempre es un camino abierto. Así es la experiencia de fe que vivimos todos nosotros, el camino de conversión que hemos emprendido y que hemos de recorrer día a día.
En es recorrido no faltarán momentos de desánimo, pero también existirán momentos claros. En el camino de la vida también existen momentos gratificantes en medio de la fatiga. Es importante detectar y valorar esos momentos, esas experiencias bonitas de fe. Es importante saber leerlas, pero sin olvidar que tienen un carácter provisional y fugaz. El camino continúa y sigue siendo fatigoso, sigue siendo un vía crucis.
Dice el evangelio que Jesús subió a lo alto de la montaña para rezar. Las montañas son como índices que apuntan al cielo. La oración es un viaje hacia lo alto, un viaje hacia dentro de nosotros y hacia los demás. Y, mientras rezaba, su rostro se transformó: La oración, la verdadera oración, cambia, transforma. La oración, cuando es de verdad, nos va identificando con aquello que contemplamos, escuchamos, amamos. Y, también a nosotros nos sucede lo que a Pedro. Tocados por la dulzura y la gloria de Dios, deseamos apoderarnos de ese momento de éxtasis y decir: ¡Qué bien se está aquí!. ¡Qué hermoso sería permanecer en este estado y construir aquí nuestras tiendas!… Ciertamente es bello y fascinante ser hombres y vivir con pasión este reto que el Señor nos presenta: Una humanidad que poco a poco se libera, crece, asciende…En realidad la palabra de Pedro nos transmite algo que no debemos olvidar: Dios es belleza y estar junto a El siempre nos llenará de entusiasmo, siempre será fascinante. Es clave en nuestra vida cristiana, sentir y vivir la fe de forma gratificante…
Pero, esa constatación o experiencia puntual, puede convertirse en una trampa, podría convertirse en una tentación en la que podríamos quedar atrapados, incluso sin darnos cuenta…Y ¿Cuál es la trampa?… Hacer de lo que es viático para el camino, de lo que debe ser fuente y energía para avanzar hasta la Pascua, el final, la meta. En el camino hacia nuestra identificación con Cristo nos puede acechar el intimismo, la oración como huida, la oración autocomplaciente como zona de confort; confundir lo que es una experiencia de gracia puntual con el final y ahí detenernos porque nos resulta cómodo, menos arriesgado; quedarnos en los caramelos de Dios, en lugar de buscar al Dios de los caramelos, en frase que se atribuye a Santa Teresa. Olvidamos con frecuencia de dónde venimos, como nos lo recordaba la primera lectura: «Mi padre fue un arameo errante».
No, la transfiguración no es el final. El final es la Pascua…Es final es nuestra identificación con Cristo. Mientras, hay que seguir remando, dando testimonio de lo que hemos visto y oído: Lo contemplado, lo orado, hay que llevarlo a los demás. La montaña, el silencio, el desierto es un lugar propicio para encontrarnos con Dios, pero también desde la montaña, desde el encuentro con Dios en la oración, podemos descubrir el mundo de otra forma. Desde la montaña se contempla el valle de otra manera y, por ello, hay que bajar e implicarse. Pero, bajar con la lección aprendida: Para encontrarnos con Dios y comprometernos con el mundo es necesario el silencio, es necesario escuchar, ¡Escúchenlo! Lo que caracteriza al discípulo no es su originalidad, sino su fidelidad a la verdad, su capacidad de escucha a la Palabra con mayúscula y para eso hay que descubrir la acción del Espíritu que actúa en la historia, hay que saber interpretar los signos de los tiempos… Hay que orar, hay que encontrarse con el silencio, hay que contemplar.
Animo y a seguir «transitando»: Del desierto a la montaña, de la oscuridad a la luz, de la Cruz a la Resurrección, de la muerte a la vida… Sabiendo que lo último no es la sed, ni la noche, ni la conmoción emocional de una experiencia religiosa… Lo último, es Dios que es belleza, que es luz para todos, que es transfiguración definitiva de cada uno de nosotros y del mundo en el que vivimos.
Sigamos, pues, adelante, fortalecidos por la escucha de la Palabra, con ganas, con esperanza… ¡El camino merece la pena!

