A la luz del Evangelio. Festividad de la Santa Cruz

San Juan 3, 13-17

Celebramos hoy la fiesta de la Exaltación de la Cruz. La liturgia propia de este domingo 24 del llamado tiempo Ordinario cede el paso a esta fiesta del Señor, la Cruz, que muchos identifican con las cruces de Mayo, pero que desde antiguo se ha celebrado en este día de septiembre en el que, según la tradición, Santa Elena, madre del emperador, encontró y rescató entre las ruinas de una antigua basílica en Jerusalén, la Cruz en la que fue ejecutado Jesús.

Lo primero que habría que decir en relación a esta fiesta es que para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado, esta fiesta es incomprensible y hasta disparatada…¿Cómo se puede exaltar un instrumento de dolor y de muerte, como es la cruz, o celebrar aquello que todos entendemos por cruz: el sufrimiento, el dolor, la muerte…? En una sociedad que, por encima de todo, busca el confort, el bienestar, la comodidad, ¿qué sentido puede tener hacer fiesta de una cruz? ¿No ha quedado desterrada para siempre esa forma morbosa de vivir alimentando el dolor, exaltando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la Cruz y en las llagas del Crucificado?

Todas estas preguntas no dejan de ser razonables y, sin duda requieren una respuesta clara. Cuando los cristianos miramos al crucificado no exaltamos el dolor y la sangre. Lo que nos ha salvado no es la sangre y el dolor, sino el amor hasta el dolor y la sangre. Lo que nos salva es el amor y el Crucificado es el símbolo patente y rotundo de la solidaridad de Dios con nosotros, de su amor hasta el extremo.Descubrir la grandeza de la Cruz es esto: Descubrir el amor insondable de Dios, que limpia nuestro pecado y nos acoge como hijos, aunque para ello tenga que pasar por el sufrimiento y la tortura, aunque tenga que pasar por la muerte.

La Cruz era en otro tiempos un signo sacralizado, presente en las cabeceras de las camas, en las montañas o en las entradas de la ciudad o del pueblo; hoy no encuentra sitio en la mayoría de los ámbitos administrativos y la mayoría de las veces, se ha convertido en un bien de consumo en forma de joya; sin embargo para nosotros los cristianos esos brazos que ya no pueden abrazar a los niños y esas manos que no pueden acoger a los enfermos o limpiar a los leprosos nos remiten a un Dios con sus brazos abiertos para acoger, para abrazar y para sostener nuestras pobres vidas.

“Mirarán al que atravesaron”, dice Juan en su evangelio. Como aquella serpiente que en desierto se convirtió en un antídoto contra las mordeduras venenosas que transmitían la muerte, MIRAR al Crucificado nos revela su amor por el hombre, su amor por todos. Ese rostro apagado por la muerte, esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos, es un grito permanente frente a las injusticias, contra el dolor gratuito, contra la muerte infringida a los crucificados de hoy.

Ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir con Cristo en una actitud permanente de donación, de entrega, aceptando incluso, si fuera necesario, el sufrimiento y la cruz. Una vida así, una vida entregada, no es una vida derrotada, dolorista, sino esperanzada. A una vida “crucificada” por amor, vivida como Cristo la vivió, no le espera sino la resurrección.

Gracias a Dios todavía hoy tenemos referencias y testimonios de lo que esto supone. En medio de tanta superficialidad y vacío, conocemos a personas que, por el Evangelio, lo dan todo…

¿Quién no se queda estupefacto ante un hombre como S. Maximiliano Kolbe, que en un campo de concentración, murió en lugar de otro prisionero, al que sustituyó libremente para que aquel, padre de familia, pudiera continuar velando por los suyos en aquel centro de muerte? ¿Quién no ha oído hablar de Teresa de Calcuta, entregada a los últimos hasta el final de su vida, y todo ello en medio de una crisis de fe brutal, en una soledad infinita frente a un Dios que guardaba silencio ante su corazón habitado por las dudas?

Son muchos los hombres y mujeres, que, como María, viven de pie junto a la Cruz, gastándose por los otros hasta el límite…A pesar del desconcierto y el desamparo de la Cruz, que el mismo Cristo experimentó…”¿Por qué me has abandonado? “…

Esto no se improvisa… Es fruto de la Cruz contemplada y de lo que esta Cruz significa para el cristiano…Una vida gastada y crucificada por amor, merece ser resucitada.

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