Lucas 17, 5-10
Los discípulos comparten el día a día con Jesús, le ven actuar, vivir…Y, ellos ven, que no están a su altura…Vienen incluso, de una propuesta de Jesús que les parece imposible…Perdonar…Hasta setenta veces siete… Y de ahí su súplica, su petición espontánea, clara.
¡“Acrecienta nuestra fe”! Es la oración eterna en labios de todo discípulo… que, aparentemente Jesús no atiende, porque no toca a Dios aumentar la fe. La fe no es un regalo que nos viene de fuera, sino que nace de la libre respuesta del hombre a la propuesta de Dios, al cortejo amoroso de Dios. Y además, con poca fe, menos que “poca”, se puede conseguir grandes resultados… ”Si tuvieran fe como un granito de mostaza, podrían decir a esta morera, arráncate y plántate en el mar y les obedecería…”
En este relato aparece, una vez más, uno de los rasgos característico del mesage de Jesús: “Lo grande se revela en lo pequeño”.
Jesús habla del mundo interior, del misterioso mundo de la fe, usando palabras ordinarias, palabras familiares. Como siempre, Jesús trata de revelar el rostro de Dios, cómo actúa Dios en la historia, con imágenes modestas: “Un poco de levadura”, “los brotes de una higuera”, “un vaso de agua,” “un niño en medio de adultos”.
Es la lógica de la encarnación que continúa; la lógica escandalosa de un Dios Omnipotente que se manifiesta en un niño acostado en un pesebre, en un peregrino que no tiene donde reclinar la cabeza o, en un sentenciado a muerte que cuelga de una Cruz…El Omnipotente se hace fragilidad, el Eterno se manifiesta en la caducidad de los días.
La fe se manifiesta como lo más pequeño de lo pequeño, ligera y fuerte al mismo tiempo. Tiene la fuerza de arrancar moreras de raíz y hacer volar, como una bandada de pájaros, bosques enteros hasta alta mar. ¡Detengámonos por un instante en la fuerza imaginativa del lenguaje de Jesús! ¡Qué belleza!
¡Y cuantos mares llenos de moreras…! Las hemos visto: Hemos visto cómo un misionero discípulo de Jesús salva a miles de niños soldados de una violencia absurda; hemos visto cómo padres y madres se levantan de nuevo y reconstruyen sus familias después de largos y atroces sufrimientos, incluso de muerte de un hijo; hemos visto cómo una insignificante monja albanesa, como la madre Teresa de Calcuta, ha sido capaz de romper el tabú milenario de las castas en la India; hemos visto cómo una mujer deja su casa y se va a rescatar niños de la calle a un país inseguro como Haití y cae acribillada en plena calle; hemos visto a gente, hombres y mujeres normalitos, sencillos, que participan como nosotros en la Eucaristía y, a pesar de su trabajo, de su dedicación a su familia, tienen tiempo para servir a los más pobres en el equipo de Caritas o en otros servicios de la comunidad…Y todo de forma gratuita, generosamente… Y así miles de casos: miles de moreras volando.
La fe es como un “grano”…No algo seguro y sin riesgos, sino un granito frágil. Un granito que, por su pequeñez, necesita confiar más en la fuerza del Señor que en su propia fuerza.
El texto que proclamamos concluye con una pequeña parábola sobre las relaciones entre el patrón y el siervo. Las palabras de Jesús nos sacuden como siempre…Van contra corriente: “Cuando hayan realizado todo lo que debían hacer, digan siervos inútiles somos”.
Entendamos bien. El evangelio no dice que lo que hacemos no sirve para nada o que cualquier servicio a la sociedad es inútil. No. Lo que dice, yendo a la raíz de la palabra, es: Cuando trabajemos, como todo “siervo”, seamos conscientes de que no buscamos nuestra utilidad, nuestro propio beneficio; somos hombres y mujeres que servimos a la vida, sin pretensiones, gratis…Nuestro mayor premio está en “ servir desinteresadamente”…”servir sin más”… Esta es la clave, la única forma de crear un mundo nuevo; esta es la propuesta del Evangelio a la hora de escribir la historia, una historia que humanice, que libere, una historia capaz de plantar árboles que dan vida en el desierto o en el mar.
Hoy, ¿Alguien entiende esto?…Posiblemente, muy pocos y sin embargo, cómo presentimos su necesidad, su urgencia…Ya los revolucionarios de Mayo del 68, lo expresaban, a su manera, en uno de aquellos grafitis que dejaron escritos en los muros de Universidad de la Sorbona: “¡Hagamos posible lo imposible!”…¡Que falta nos hace soñadores así en todos los ámbitos: En la política, en la Iglesia. En la sociedad…!
Somos siervos inútiles, porque no buscamos nuestra utilidad egoísta, pero también porque la energía que convierte, que cambia, no viene de nosotros_ La fuerza que arranca y transporta a los árboles no viene del predicador, está en la Palabra… Está en la Palabra que nos pone en marcha, que nos compromete en nuestro quehacer diario.
No lo olvidemos: ¡Nosotros no somos más que la flauta, el que sopla es el Señor!.

