A la luz del Evangelio.Domingo XXI del T. Ordinario (C): La puerta estrecha

Lc 13, 22-30.

Jesús camina hacia Jerusalén, la ciudad donde los profetas son asesinados. Va recorriendo pueblos y aldeas; en un momento determinado, se le acerca una persona anónima y le pregunta sobre la salvación: La salvación de Jerusalén y la salvación de todos. Se nota ansiedad en la pregunta de aquel hombre e incluso miedo: ¿Son muchos los que se salvan? Jesús le responde pensándose las palabras: habrá salvación, pero no será fácil, viene a decirle. Y, para explicarlo mejor, recurre como es frecuente en su enseñanza, a una comparación, a la parábola de la puerta estrecha.

“Estrecha”, es un adjetivo que nos inquieta, porque nos sugiere fatiga y dificultad. Pero el Evangelio no es un obituario. No es fuente de malas noticias, todo lo contrario: La puerta es “estrecha”, es decir pequeña, como son pequeños los niños, las personas sencillas, los pobres que están llamados a ser príncipes en el Reino de Dios. Es “estrecha”, pero a medida del hombre, de un hombre que intenta atravesarla desnudo o simplemente con lo esencial. Es una puerta a la medida del hombre que ha dejado atrás todo aquello que le hincha y le engríe: Sus títulos, lo superfluo, las cuentas corrientes, sus méritos, sus prisas…Todo aquello que lo infla y le impide ajustarse a las medidas requeridas. La puerta es “estrecha, pero está abierta”. Es cuestión de ajuste. La enseñanza es clarísima: Hazte pequeño y la puerta se hará grande, quítate de arriba lo que te estorba y podrás entrar sin dificultad.

Pero muchos no están por la labor…Y cuando el patrón de la casa cierra la puerta, muchos quedaran fuera…Y, entonces, tocarán y empujarán la puerta para que les abra…Gritarán: ¡Señor ábrenos! Pero el dueño de la casa les dirá: ¡No sé quiénes son ustedes, ni de dónde vienen! Traen falsas credenciales, las claves de las tarjetas con las que intentan abrir desde fuera y las claves de la puerta no coinciden. ¡No les conozco!…

Palabras duras…Si llevamos esta imagen a nuestra vida actual, a nuestra experiencia religiosa o a nuestra vida de fe…¿Cómo habría que escenificar esta página del Evangelio?… Podríamos traducirla así: “Señor, somos nosotros los que estamos golpeando la puerta, Tú nos conoces. Venimos todos los domingos a misa, comulgamos con frecuencia, incluso confesamos de tarde en tarde, cuando ya nadie se confiesa. Hemos escuchado muchos sermones y hasta hemos hecho ejercicios espirituales Somos hombres y mujeres cumplidores… ¿Por qué no nos abres? ¿Por qué eres tan duro?

Observen: Los que golpean la puerta y pretenden entrar son hombres y mujeres devotos, practicantes…Pero el billete de entrada carece de la clave correcta para abrir la puerta. Porque esa puerta sólo puede abrirse desde fuera. Los que tocan han hecho o creen haber hecho muchas cosas para Dios, pero no han hecho nada significante para sus hermanos. Sus vidas están llenas de egoísmo, de ritualismo, de palabrerío, de intimismo, pero huecas y vacías por dentro, llenas de formalismos, carentes de hondura: Comulgan, pero sus vidas no se convierten en pan partido y compartido para los otros. Confiesan su fe en la presencia de Jesús en la Eucaristía, se arrodillan, se dan golpes de pecho, luchan por un rito digno a la hora de comulgar con el sacramento, pero sus vidas no se traducen en servicio desinteresado a los demás. Vienen a la Liturgia, pero la Liturgia no les afecta ni les interpela, ni se prolonga en sus existencias…Y el Señor, desde dentro, les responde “¡ No les conozco!”

Termino con estas palabras de una cristiana atípica y honesta del siglo XX, Simone Weill, que pueden ayudarnos a pensar y a dejarnos cuestionar por este evangelio proclamado, decía:

“No entiendo a Dios cuando alguien me habla con palabras bellas del cielo, sino entiendo a Dios, cuando alguien me habla y le veo cómo se sirve de las cosas de esta tierra”.

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