Lucas 12, 49-53
Estamos en verano. Uno de los veranos más caluros de la historia. Los incendios, muchos de ellos todavía en activo, han recorrido y siguen recorriendo toda la geografía conocida… Por eso, escuchar hoy una frase como ésta: “He venido a traer fuego a la tierra y sólo quiero que arda…” parece todo un despropósito. Pero no es así…Evidentemente no es una invitación a incendiar el campo lo que hemos escuchado, sino una invitación,- casi un desafío -, a ponernos manos a la obra; una invitación a tomar decisiones y a vivir nuestra fe como una experiencia generadora de futuro. Se ha acusado con frecuencia a la religión de ser el opio del pueblo, de aturdir e ilusionar a la gente con sueños imposibles. Sin embargo en la mente de Jesús, el Evangelio es la “adrenalina” de los pueblos, ese plus que nos hace verdaderamente eficaces, creativos, valientes.
“¿Piensan que he venido a traer la paz? No, he venido a traer la división…” Evangelio dramático y duro el que acabamos de escuchar y al mismo tiempo, grandioso y bello.
Un texto desconcertante, escrito entre ruidos de sables y conmoción, ante la primera persecución masiva contra la primera comunidad cristiana de Palestina. Una comunidad, toda ella formada por judíos que habían sido expulsados de la Sinagoga y, por lo mismo, excomulgados y perseguidos con prisión y muerte. Un hecho terrible que prendió el fuego y la división en las propias familias a las que pertenecían aquellos primeros cristianos.
Es en este contexto, concreto como la vida misma, en el que hay que leer estas palabras, que nos remiten inexorablemente al escándalo de la Cruz. Evidentemente, Dios no es neutral; ante El no es lo mismo ser víctima que verdugo: Entre ricos y pobres Jesús no duda en ponerse de parte de los pobres; Dios arriesga y manifiesta abiertamente sus preferencias y esto le hace militar en el grupo de los opositores a la tiranía y a la injusticia establecida.
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El Dios que se manifiesta en la Biblia no trae consigo una paz falsa, neutral, de componendas, sino que “oye” el gemido y el lamento” de los que sufren y se enfrenta a los faraones de todas las épocas. La división de la que habla es el resultado de su lucha contra el mal. “Porque se mata, hasta mirando desde la ventana”, contemplando mudos el grito de los pobres o de la madre tierra, mirando para otro lado mientras se levantan muros o avanza la corrupción. No se puede estar tranquilamente contemplando el espectáculo de la vida y no gritar contra la muerte que se desata a nuestro lado, cualquier tipo de muerte. Esa forma de actuar, volviendo la cara, mirando para otro lado, es lo que hace a la muerte arrogante e incluso la legítima.
“He venido a traer fuego”: es decir he venido a instaurar la alta temperatura de unos valores morales que son los que hacen posibles los verdaderos cambios en el corazón y en la historia. ¡Y cómo querría que esto prendiera en todos! El fuego es un símbolo en el que se resumen el resto de los símbolos de Dios. Es aquella llama que, según el libro de los Hechos de los Apóstoles, se posó sobre cada uno de ellos y desató en ellos una originalidad propia, una genialidad diferente. Es el fuego que ardía en la cima del monte Horeb y no se consumía y fue el inicio de un éxodo liberador para el pueblo de Israel…El fuego en la Biblia, como en la cultura humana, es un símbolo del paso de Dios, como también es un paso gigante en el desarrollo de la cultura humana…Tenemos necesidad de esto: De hombres y mujeres convencidos, fogosos, entusiastas, apasionados… Necesitamos testigos capaces de transmitir, de atraer, de despertar pasión.
El Papa Francisco en la “Evangelii Gaudium” afirma que los creyentes, tenemos que ser creativos en la misión, en la evangelización, en la pastoral, en el lenguaje. Y para animar a ello alude, no a la obediencia, sino a la originalidad propia de los cristianos; incluso sugiere no temer los conflictos que esa forma de entender el cristianismo pueda suscitar, porque sin conflictos no hay apasionamiento. “Creer – decía un gran pensador moderno – es entrar en conflicto…” La paz, la alta temperatura moral en la que crecen las verdaderas revoluciones, no viene como una lotería o una repentina plenitud, sino como una conquista, una lucha atravesada por heridas y escrita casi siempre con sangre. Quizás sea éste el punto más difícil de aceptar de las promesas del Evangelio, que tienen en Cristo el signo de contradicción más extraordinario que no es otro que la Cruz.
Como ven, la fe del Evangelio es una fe desafiante. Es una invitación llena de energía. “He venido a traer fuego”…No he venido a adormecer a nadie. No confundamos el Evangelio con un tranquilizante. Dios nos invita, una vez más, a poner en movimiento lo mejor de nosotros. Jesús, su Evangelio,” no nos invita a custodiar y a venerar las cenizas, sino a cuidar y a calentar el ardor del fuego”, a movilizar hacia lo que nos hace cada día más humanos, esa parte del mundo en la que nos movemos.
Los discípulos de Jesús, somos un puñado de fuego y de brasas arrojado a la cara de la tierra, no para arrasar o destruir, sino para iluminar y sacudir las falsas conciencias…»Perdonar», «no aferrarnos al dinero», «no acumular», «no buscar el poder para dominar al otro, sino hacer de nuestra vida un servicio», «abrirnos al que es diferente», «acoger en nuestra casa al que es distinto…» Traerá necesariamente conflictos, tensiones con los que piensan todo lo contrario…Por eso, es clave PENSAR, ser cristianos adultos, discernir…Convertir en fuego, en resistencia, nuestra fe.
¿Vivimos la fe con pasión? ¿Nuestra fe es una fe que nos moviliza? ¿Es fuego, es búsqueda?… ¿Nuestra fe es también provocación, profetismo, es energía que nos mueve a salir a la intemperie del mundo o todo lo reducimos a intimismo, a falsa búsqueda de nosotros mismos, a refugio o a huida ante lo que nos supone lucha o respuestas comprometidas? «He venido a traer fuego…Y lo que quiero es que arda.»

