Seguimos en la llanura a la que nos ha conducido Lucas para escuchar las Bienaventuranzas. Este texto es continuación de los que ya hemos proclamado en domingos anteriores. Como decíamos el pasado domingo, desde la llanura, un lugar a menudo escondido, Jesús proyecta sobre la estepa del mundo su sueño.
En el evangelio, Jesús aparece a menudo como un gran observador de la naturaleza y nos propone mirarnos en ella: Habla de las semillas, de la vid, de los árboles…Las leyes profundas que rigen la naturaleza son las que deben regir nuestra espiritualidad: El corazón de la naturaleza no trabaja para acumular, ni sólo para perpetuarse, sino sobre todo, trabaja para dar. Cada verano nos encantan los árboles cargados de frutos, exuberantes, excesivos. Un desperdicio decimos a veces, pero esas frutas que caen por su peso a tierra son comida para otros seres, para los pájaros, para los insectos; son abono para otras plantas, son semillas que están ahí para dar vida. Esa es la ley de la naturaleza: crecer, florecer, dar fruto, darse. «Aprendan”, nos dice Jesús.
«Un árbol bueno, da frutos buenos!. El buen hombre, también ha de actuar así; del tesoro de su corazón debe sacar el bien. ¡Qué hermosa definición de nuestra intimidad! Todos llevamos en nuestro interior, en lo mejor de nosotros mismos, oro para repartir, un corazón para dar… Pero lo llevamos en vasos de barro. Decía Gandhi: “Un hombre vale lo que vale su corazón” y, nosotros, cuando queremos poner de relieve a una persona generosa, afectuosa y servicial, decimos: “Es una persona con un gran corazón, tiene un corazón de oro”. Es esto lo que afirma Jesús.
Tratemos de observar, tratemos de aprender: La primera ley de un buen árbol es la fecundidad, dar fruto, y es la misma dinámica que inspira la moral evangélica, la ética del buen fruto, de la fecundidad creativa…El fruto del gesto y de la palabra que verdaderamente consuela y sana. En el juicio final el drama no será nuestras manos sucias, sino nuestras manos vacías, nuestras manos cerradas siempre sobre sí mismas, incapaces de abrirse a las necesidades ajenas.
Y es que esta ley natural de entendernos como “seres para los demás y con los demás”, tropieza con nuestro egoísmo. Tropieza con nuestra mirada sobre el otro, porque es incapaz de concentrarse primero sobre su propio corazón. Pretendemos ser maestros sin aprender a ser discípulos. Hay gente que se pasa la vida acusando a los otros. “Ciegos, guías de ciegos,” dice Jesús…Y sus discípulos entienden que también lo dice por ellos, incapaces de ver lo que sucede en su entorno, lo que pasa bajo su misma mirada… ¡El evangelio siempre actual!… ¡Cómo nos enfrenta, incluso, a la realidad eclesial del momento!
El que no ve, es el que, antes de emitir un juicio sobre el otro, no piensa, no mira sus profundidades y se reconcilia con ellas: No reflexiona, ni decide previamente sobre lo que él lleva dentro de su propio corazón. Estamos llamados a confrontarnos permanentemente con nosotros mismos, no sólo como individuos, también como grupos y colectivos, como seres relacionales que somos. La dinámica de la fecundidad es la ley de la naturaleza y también la ley del espíritu. ¿Por qué miras el hilo que recorre la mirada de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en tu ojo? ¿Por qué te sitúas como maestro frente al otro y no reparas en que tú, como todos, siempre serás discípulo y tendrás siempre que aprender? El ciego que quiera guiar al otro y no se mira a sí mismo o a su grupo, haciendo autocrítica, pretendiendo por encima de todo juzgar, enseñar al otro lo que tiene que hacer, no sólo es un intolerable hipócrita, sino que con frecuencia se mueve en una auto-complacencia inadmisible. Es el clásico que todo lo ve mal, a todo le pone “peros”, menos a lo suyo y a lo que sale de él o a aquello con lo que él se identifica: su grupo, su colectivo, su partido.
El evangelio, con llamativas imágenes conectadas con la vista, como la primera lectura hacía con la palabra, nos llama a purificar nuestra visión. Hay ojos ciegos, ojos bloqueados por cuerpos extraños que deben recuperar la mirada nítida, la capacidad de observar, como hay palabras huecas, malintencionadas, mentiras mil veces repetidas, que los interesados, pretenden convertirlas en verdades a base de repetirlas.
Es urgente liberar la mirada de aquello que nos la nubla, pero sobre todo, dice Lucas, es urgente liberar nuestro corazón…

